25 aniversario

25 de junio de 1995-2020

25 aniversario

Ordenación Presbiteral de

Manuel Alfonso Pérez Galán

Homilía de la Primera Misa el día 27.06.1995

Parroquia de Ntra. Sra. de la Consolación de Lahiguera

Misa de Ntra. Sra. de la Consolación 

Is 61,1-3.10-11; Sal 88,21-22.25.27; 2Co 1,3-7; Jn 14,15-21.25-27

Al tomar la palabra en una Primera Misa, a mi parecer, lo primero que hay que hacer es, junto con el salmista, dar gracias a Dios, pues a Dios se le deben dar gracias siempre y en todas partes. Así nos lo enseñan los salmos y las cartas de San Pablo. Y nosotros, de manera especial, porque como dice san Bernardo: el Señor nos escogió; para sí y nos recibirá para servirle a Él en los con 8 nuevos sacerdotes y porque su fidelidad y misericordia nos acompañarán siempre.

En segundo lugar, también quiero agradecer a la Virgen María, Madre nuestra, Madre de todos, por ser ella la mujer que con su sí, con su confianza en las palabras del Arcángel, permitió que el mismo Dios tomara la naturaleza humana para salvarnos a todos, convirtiéndose así en Madre de la Consolación. Nadie como ella ha acogido de corazón este misterio: la dimensión verdaderamente divina de la redención.

Y si la Virgen es la Madre de la Consolación, en la primera de las lecturas que se nos ha proclamado, hemos escuchado que una de las principales tareas o misiones de los curas es la de consolar; consolar a los afligidos, dando la buena noticia a los que sufren, vendando las heridas, proclamando la amnistía a los presos, cambiando el luto por fiesta… Y ello es así para que  todos desborden de gozo y se alegren con Jesucristo, Dios y Señor nuestro. Porque con su muerte y resurrección nos ha revestido de un traje de gala y de un manto de triunfo. Así, podemos afirmar, que la tarea, el deber del sacerdote, del cura, es llevar a Cristo a todos los hombres; al agricultor y al científico; al parado y al trabajador, al niño y al anciano, al hombre y a la mujer… Porque el sacerdote tiene que ser verdadero mediador entre Dios y los hombres. Este ha de ser el ansia y el anhelo, el objetivo y la esperanza de los que han sido llamados, consagrados y enviados. Y es que esta triple dimensión ha de explicar y determinar su conducta y su estilo de vida.

Sólo así podremos ser testimonio verdadero de Aquel que nos escogió para continuar su misión. Y a este propósito valgan las palabras de San Pedro Crisólogo en uno de sus sermones: «Sé, pues, oh hombre, sacrificio y sacerdote para Dios; no pierdas aquello que te ha sido dado por el poder de Dios; revístete de la vestidura de la santidad; cíñete el cíngulo de la castidad; sea Cristo el casco de protección para tu cabeza; que la cruz se mantenga en tu frente como una defensa; pon sobre tu pecho el misterio del conocimiento de Dios; haz que arda continuamente el incienso aromático de tu oración; empuña la espada del Espíritu; haz de tu corazón un altar; y, así, pon tu confianza en Dios».

Todo esto no lo conseguiremos llevar a cabo por nuestras propias fuerzas, de forma autónoma o independiente, como si fuésemos unos superhombres. Sino que el mismo Dios nos ayuda y alienta, pues de Él nace la llamada y la misión; y a nosotros nos toca responder afirmativamente y colaborar en la misión.

Jesús, en el Evangelio, que nos ha proclamado el diácono, a punto ya de separarse del mundo visible, promete a los que permanezcan en su amor el Espíritu de la verdad.

Jesús se había designado a sí mismo como la verdad en la medida en que en Él en su vida, muerte y resurrección se revela la esencia del Padre de un modo perfecto y definitivo: sólo mediante el destino humano de Jesús se ha demostrado como verdadera la afirmación de Jesús de que Dios es amor, nada más que amor, los demás atributos no son sino formas y aspectos de su amor.

La unidad del amor entre el Padre y el Hijo, la unidad entre Cristo y los hombres que aman se entiende cuando el Espíritu Santo, Espíritu de la verdad, nos ilumina. Porque esa unidad es el mismo Espíritu, y _Él es el que la crea y anima. Y así exige a los hombres admitidos en el amor de Dios vivir totalmente, radicalmente para el Amor con mayúsculas. Pues todo don, toda gracia que nace de Dios contiene, junto con el regalo, la exigencia de acogerla y corresponderla.

En otras palabras, lo que quiero decir es que el Espíritu es el amor de Dios. Y este amor se nos comunica a nosotros. Y, al recibirlo en nuestro interior, todo se transfigura, todo cambia. Entonces comienza a realizarse en nosotros la auténtica divinización. Sólo entonces podremos llenarnos de todo consuelo para poder así consolar a nuestros hermanos, haciendo de la vida: amistad, misericordia, gracia y don.

Si experimentamos y vivimos en este amor, si dejamos que arda en nosotros este fuego, es que sabemos bien quién es el Espíritu de la verdad, el Espíritu de amor, el Espíritu de Jesucristo.

Pues que el Señor Jesús nos permita ir comprendiendo el designio de amor del Padre, y que el Espíritu Santo, en el seno de la Iglesia, nos descubra nuestra misión, nuestro ministerio y que, con amor y oblación, con entrega y donación pongamos los dones recibidos al servicio de los demás. Y que la Virgen María, la Madre de la Consolación, que supo aceptar su misión de Madre de Dios y su servicio a todos los hombres nos sirva de ejemplo y testimonio de que es posible vivir confiados a Dios. Que así sea.

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