Carácter profético de la Dei Verbum

Carácter profético de la Dei VerbumResultado de imagen de Dei Verbum

Durante varios siglos el pueblo católico ha carecido de un contacto directo con la obra de Dios, a causa del temor que tenía la jerarquía a las interpretaciones personales libres libres por parte de los fieles. Pero antes del concilio Vaticano segundo, el movimiento bíblico de renovación había ayudado a redescubrir el valor de las escrituras. Con todo ha sido un logro importante del concilio el acercamiento de la palabra de Dios al pueblo cristiano mediante la constitución Dei Verbum (Cf. Floristan, C.; Vaticano II, un concilio pastoral. Sígueme. Salamanca 1990, 61), objeto de nuestro trabajo.

 

 

 

 

 

 

Rasgos de la Constitución Dei Verbum

a) Cristo es la cumbre y plenitud de la revelación.

La revelación se centra en el señorío de Cristo, quien la lleva hacia su plenitud (Cf. DV 2, 4 y 7).

b) Escritura y Tradición de la revelación.

La escritura tomar a como están y tomada en su conjunto, nos ofrece la palabra de Dios en tanto que inspirada. Y la tradición, considerada en bloque, tiene asistencia divina.

c) La Palabra de Dios es central en la vida cristiana.

Los fieles, dice la constitución que comentamos, han de tener fácil acceso a la Sagrada Escritura (DV 22).

d) La Escritura en la liturgia y en el ministerio de la palabra.

El concilio recomienda a los sacerdotes, diáconos y catequistas leer y estudiar asiduamente la Escritura (DV 25).

Contenido de la Constitución Dei Verbum

Esta constitución es dogmática por su carácter doctrinal. Doctrina de marcado carácter y dinamismo pastoral y se divide en seis capítulos:

1. Naturaleza de la revelación (2-6)

2. Transmisión de la revelación (7-10)

3. Inspiración e interpretación de la Escritura (11-13)

4. El antiguo testamento (14-16)

5. El nuevo testamento (17-20)

6. La Escritura en la vida de la Iglesia (21-26)

Dios revela su designio amoroso.

«Dispuso Dios en su sabiduría rebelarse asimismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza» (DV 2).

Dios, que «habita una luz inaccesible» (1Tm 6,16), quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por él, para hacer de ellos, en su hijo único, hijos adoptivos (Cf. Ef 1, 4-5). Al rebelarse asimismo, dios quiere hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerla y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas.

El designio divino de la revelación se realiza a la vez «mediante acciones y palabras», íntimamente ligadas entre sí y que se esclarece mutuamente (DV 2). Este designio comporta una «pedagogía divina» particular. Dios se comunica gradualmente al hombre, lo prepara por etapas para coger la revelación sobrenatural que hace de sí mismo y que culminará en la persona y la misión del verbo encarnado, Jesucristo.

San Ireneo de Lyon habla en varias ocasiones de esta pedagogía divina bajo la imagen de un modo acostumbrarse entre dios y el hombre: «el Verbo de Dios ha habitado en el hombre y se ha hecho hijo del hombre para acostumbrar al hombre a comprender a Dios y para acostumbrar a Dios a habitar en el hombre, según la voluntad del Padre» (Ad. Haer. 3, 20).

Cristo Jesús, mediador y plenitud.

Dios ha hablado por el Logos

«De una manera fragmentaria y de muchos modos hablo dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su hijo» (Hb 1, 1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la palabra única, perfecta e insuperable del Padre.

No habrá otra revelación.

«La economía cristiana, por ser alianza nueva y definitiva nunca, nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de Nuestro Señor Jesucristo» (DV 4). Sin embargo, aunque la revelación está acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos.

En el transcurso del tiempo ha habido revelaciones privadas, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la iglesia. Éstas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de mejorar o completar la relación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivir la más plenamente en una cierta época de la historia. Guiado por el magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles (sensus fidelium) sabe discernir y a coger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de su santos a la iglesia.

La fe cristiana no puede aceptar revelaciones que pretendan superar o corregir la revelación de la que Cristo es la plenitud. Es el caso de ciertas religiones no cristianas y también de ciertas sectas recientes que se fundan en semejantes revelaciones.

La transmisión de la revelación divina.

Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4), es decir, al conocimiento de Cristo Jesús (Cf Jn 14,6). Es preciso, pues, que Cristo sea anunciado a todos los pueblos y a todos los hombres y que así la revelación llegue a los con hasta los confines del mundo.

Dios quiere que lo que había revelado para salvación de todos los pueblos se conservará por siempre íntegro y fuera transmitido a todas las edades (DV 7). «Cristo nuestro Señor, plenitud de la revelación, mandó a los apóstoles predicar a todos los hombres el evangelio como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta, comunicándoles así los bienes divinos: el evangelio prometido por los profetas, que él mismo cumplió y promulgó con su voz».

La predicación apostólica…

La transmisión del Evangelio, según mandato del Señor, se hizo de dos maneras:

  • Oral: «los apóstoles, con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que había aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó».
  • Escrita: «los mismos apóstoles y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo».

Continuada en la sucesión apostólica

«Para que el Evangelio se conservara siempre vivo y entero en la Iglesia, los apóstoles nombraron como sucesores a los obispos. Y, dejándoles su cargo en el magisterio». En efecto, la predicación apostólica, expresada de un modo especial de los libros sagrados, sea de conservar por transmisión continua hasta el fin de los tiempos.

Esta transmisión viva, llevada a cabo en el espíritu Santo es llamada la tradición en cuanto distinta de la sagrada escritura, aunque estrechamente ligada a ella. Por ella «la iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree». «Las palabras de los santos padres atestiguan la presencia viva de esta tradición, cuyas riquezas van pasando a la práctica y a la vida de la iglesia que cree ora» (DV 8).

Así, la comunicación que el padre ha hecho de ese mismo por su verbo en el espíritu Santo sigue presente y activa en la iglesia: «Dios, que hablo en otros tiempos, sigue conversando siempre con la Esposa de su hijo amado; así el espíritu Santo, porque en la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo entero, vaya introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo» (Ibid.).

Una fuente común…

La Tradición y la Sagrada Escritura «están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin» (DV 9). Una y otra hacen presente y fecundo en la iglesia el misterio de Cristo que ha prometido estar con los suyos para siempre hasta el fin del mundo (Cf. Mt 28,20).

Dos modos de transmisión

La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo.

La Tradición recibe la Palabra de Dios, encomendada por Cristo y el Espíritu Santo a los apóstoles, y la transmiten integra a los sucesores; para que ellos, iluminados por el Espíritu de la verdad, la conserven, la expongan y la difundan fielmente en su predicación.

De ahí resulta que la iglesia, a la cual está confiada la transmisión y la interpretación de la revelación «no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Y así sean de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción» (Ibid.).

Tradición apostólica y tradiciones eclesiales.

La tradición de que hablamos aquí es la que viene de los apóstoles y transmite lo que estos recibieron de las enseñanzas y del ejemplo de Jesús y lo que aprendieron por el espíritu Santo. En efecto, la primera generación de cristianos no tenían un nuevo testamento escrito, y el nuevo testamento mismo atestigua el proceso de la tradición.

Es preciso distinguir de ella las tradiciones teológicas, disciplinares, litúrgicas o devocionales nacidas en el transcurso del tiempo en las iglesias locales. Éstas constituyen formas particulares en las que la gran tradición recibe expresiones adaptadas a los diversos lugares y a las diversas épocas. Solo a la luz, de la gran tradición, aquellas pueden ser mantenidas, modificadas o también abandonaras bajo la guía del magisterio de la Iglesia.

El Vaticano II supone la consagración de un cambio radical en la iglesia. Se restituye a la palabra de dios al puesto central que ha de ocupar en la vida eclesial. Se inculca su uso y lectura a todos los fieles y se reconoce que «el magisterio está a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido» (Ibid.).

Desde finales del siglo XVIII, pero sobre todo durante el XIX y en el pasado siglo XX, los estudios bíblicos han dado un auténtico vuelco a la visión que tenemos de la Biblia, a su conocimiento científico, su interpretación, su hermenéutica. Hoy conocemos los géneros literarios, la relación en sus distintas formas y sustratos redaccionales, los influjos sociales, el ambiente histórico… La Palabra de Dios ha de tomar más importancia en la vida eclesial. Debe embeber la teología, la predicación, la catequesis, la oración… Es absurdo dejar la Palabra de Dios al lado y coger otras revelaciones y/o de devociones.

La Palabra de Dios tiene que ocupar su puesto en el contexto de la comunidad creyente, en la tradición viva del pueblo de Dios peregrino, que es una «tradición que va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu» (DV 8).

 

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