Futuro de la Iglesia

EL FUTURO DE LA IGLESIA

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La Iglesia es una familia, y una familia no puede ignorar lo que corre dentro de sus venas.

Cuando miramos el futuro desde una situación, como muchos están mirando a la Iglesia católica hoy, tendemos a encontrarnos con dos opciones. La primera opción es conservar lo que ha funcionado en el pasado sin tener en cuenta la realidad del presente. El segundo es avanzar más allá del presente sin tener en cuenta lo que realmente ha funcionado en el pasado. Realmente no hay mucha diferencia entre las dos opciones. Conservar el sueño de la historia cuando las cosas parecían correctas en el mundo es olvidar que ese sueño era solo una realidad para un número limitado de personas. Avanzar sin mirar al pasado es ser capitán de un barco sin timón que terminará con el dulce sonido de las sirenas esperando en las rocas. Me parece que la mejor manera de avanzar es el tipo de conservación progresiva de ser «un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo» (Mt 13,52).

La mayoría podemos señalar en nuestro árbol genealógico a alguien que causa un poco de tristeza o de dolor de estómago. Ese padre o abuelo que fue a por tabaco y abandonó a su familia; ese hermano que quedó atrapado en el mundo del alcohol o de la droga; ese tatarabuelo que fue un ladrón o dejó al mundo gritando blasfemias a sus verdugos. En lugar de orgullo, hay una especie de vergüenza en una parte de nuestro patrimonio. 

Pero, a medida que avanzamos con el linaje y crecemos ramas nuevas del árbol, cada niño traído al mundo ofrece nuevas posibilidades. El gran árbol familiar ofrece la oportunidad de un nuevo orgullo. Hay una voz de los antepasados que habla a las nuevas generaciones diciéndoles: «Hazlo mejor que yo».

Es importante conocer nuestro historial familiar: moratones, rasguños, quemaduras y todo. Conocemos a personas a las que realmente no les importa de dónde o de quién vienen. Y a otros que solo hablan de luces brillantes de su árbol genealógico y obvian las ramas rotas. El problema de descuidar o negar francamente cualquier parte de lo que te ha dado la vida es que no puedes aprender de los errores ni de las victorias. Sin conocer al abuelo ladrón, no puedes realmente alabar al tío doctor. Sin conocer el abismo potencial, no se puede entender por qué es tan importante subir el nivel.

Por eso los padres deben hablar con sus hijos sobre sus antepasados ​​y de dónde vienen. Esta es también la razón por la cual un buen padre reconoce los errores y las victorias de sus padres y de sus abuelos. Avanzan y hacen los cambios necesarios para ser mejores que las generaciones anteriores. Conservan las virtudes del pasado y se alejan de sus vicios. Los niños necesitan escuchar sobre el abuelo que salvó a una mujer y un niño en un embarazo de crisis para admirar el heroísmo dentro de su sangre. También necesitan escuchar acerca del ladrón de caballos para recordar el potencial del pecado en esas mismas venas. Ignorar el problema no hace que desaparezca; en realidad podría ser la razón por la que se repite.

La Iglesia es una familia de familias. Tenemos nuestra historia de criminales y héroes, de bien y maldad, de demonios y santos. Junto con los cobardes Borgias, tenemos a Santa Clara de Asís. Mientras Aarón estaba recogiendo el oro para construir un becerro de oro para adorarlo, Moisés estaba conversando en el monte Horeb con el único Dios verdadero. Nuestra familia es mística porque está unida, como un Cuerpo, a Cristo, la Cabeza. También es mística en el sentido de que ha sobrevivido. Nuestro árbol genealógico ha florecido y crecido durante 20 siglos. 

Hoy, todavía tenemos a quienes obstinados desean la conservación (ignorando la fealdad de los Borgia) o una progresión insensata (ignorando la belleza de Santa Clara). Lo que necesitamos hoy y de lo que dependerá el futuro de la Iglesia, es el estilo de educación que demos a nuestros hijos. No podemos ignorar lo que muchos criminales han hecho a tantos inocentes de nuestra familia. Sin embargo, tampoco debemos olvidar a los héroes dentro de nuestra sangre espiritual. Podemos y debemos avanzar en la medida que aceptamos nuestra realidad presente. También debemos conservar los mejores momentos y virtudes del pasado.

Los buenos padres son aquellos con visión. Ellos ven en quién quieren que se conviertan sus hijos, no solo en el sentido mundano (que es temporal) sino en el sentido sustancial de la eternidad. Su visión no se limita a las generaciones anteriores a ellos; sin embargo, no son tan tontos como para ignorar lo que hicieron bien. Los buenos padres también son aquellos que se dan cuenta cuando cometen un error, y están más que dispuestos a rogar el perdón de sus hijos y hacer las paces rectificando y cambiando sus maneras. Al igual que san Dimas, el buen ladrón crucificado junto a Cristo, un buen padre no niega un error, sino que desea avanzar; y la única virtud que se requiere es la humildad. 

El futuro de la Iglesia son los niños. Y lo que necesitamos ahora, tanto en la iglesia doméstica como en la mística, son buenos padres que han de salvaguardar la historia de su familia para no obligarles a repetirla. 

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