Galletas con leche

La fe y la razón, como la leche y las galletas, están mejor juntas

15 DE JULIO DE 2021 POR EL P. KENNETH G. DAVIS, OFM CONV.

La vieja serie de comedia «Get Smart» (Ser inteligente) presentaba un artilugio llamado el cono del silencio. Era un silo o compartimento de vidrio que descendía sobre un grupo que quería tener una conversación privada. Nunca funcionó muy bien. Los silos de información en los que la tecnología quiere mantenernos a todos encarcelados también serían ridículos, si las consecuencias no fueran tan terribles. Cuando nos dejamos atrapar en un cono de silencio, una cámara de resonancia, donde todas nuestras opiniones se refuerzan y nuestro intelecto nunca es desafiado, nos convertimos en tribus ideológicas en lugar de comunidades católicas.

Este no es el lugar para analizar cómo la naturaleza humana y la tecnología, las fake news y los medios manipulados han reforzado tales conos de complacencia que hacen que los que tenemos algunas arrugas anhelemos los días de Walter Cronkite, cuando todos recibimos las mismas noticias respaldadas por hechos comunes. Más bien, este es un espacio para sugerir simplemente que recordemos nuestra propia herencia católica que insiste en que nuestra fe está servida por la razón. Y podemos pecar contra nuestra razón como podemos pecar contra nuestra sexualidad.

Fe y Razón

La organización secular llamada «La Fundación para el Pensamiento Crítico» enumera ocho hábitos valiosos de la vida intelectual. Curiosamente, la Iglesia Católica también considera estos mismos hábitos valiosos en la búsqueda de la santidad. Tal similitud entre lo secular y lo sagrado es posible porque la vida intelectual y espiritual se apoyan en lugar de oponerse. Como enseña San Atanasio, «Si el movimiento del universo fuera irracional, y… aleatorio… uno estaría justificado al no creer… Pero si el mundo se basa en la razón, la sabiduría y la ciencia… entonces debe su origen y orden nada menos que a… Dios».

El mismo Dios que puso orden en el caos nos dio una razón para poner orden en el caos de nuestra concupiscencia. Por lo tanto, lo intelectual y lo espiritual, como la ciencia y la religión, deben apoyarse mutuamente. La razón sirve a la fe y la fe santifica a la razón. Sin embargo, a menudo actuamos como si lo intelectual y lo espiritual no se reforzaran necesaria y mutuamente. Por lo tanto, hacemos bien en arrepentirnos de nuestro pecado de omisión por no hacer uso de las ocho formas que usamos en nuestro intelecto y no en la búsqueda de la santidad.

1.- Humildad

La humildad reconoce los límites del entendimiento humano. Un hombre humilde sabe que, debido a nuestra naturaleza caída, todos tendemos al egocentrismo, al autoengaño, al sesgo y al prejuicio. Un hombre orgulloso, sin embargo, presume que su experiencia es universal y, por lo tanto, la norma utilizada para juzgar todas las demás experiencias humanas.

Sin embargo, las Escrituras inspiran humildad. ¿Recuerda la oposición de San Pablo a aquellos que insistían en que los gentiles aceptaran la ley mosaica? Sus oponentes insistieron con orgullo en que su cultura debería ser la norma para todas las demás culturas. Pero ninguna cultura, lengua o raza es más santa que otra. ¿Cómo reconocemos humildemente los prejuicios y los puntos ciegos culturales que todos tenemos? ¿Estamos abiertos a nuevos conocimientos de otras culturas, tanto del pasado como del presente? ¿Nos asociamos siquiera con personas de una raza, cultura o idioma diferente en nuestro trabajo, entre nuestros vecinos o en la parroquia?

2.- Coraje

El coraje se enfrenta a hechos y perspectivas que nos desafían no solo intelectualmente, sino también emocionalmente. Un hombre valiente acepta ese desafío; un cobarde, sin embargo, se limita a llevarse bien. Al grupo al que pertenezca, ya sea una empresa o una parroquia, el deseo del cobarde de conformarse le hace ceder para sentirse aceptado.

Sin embargo, las Escrituras inspiran valor, coraje. ¿Recuerda cómo, a diferencia del valiente San Pablo, San Pedro cedió ante aquellos compatriotas que querían imponer sus tradiciones a los nuevos cristianos? Es cobarde ceder en lugar de enfrentar decisiones y acciones que sabemos que son pecaminosas solo para que nos acepten. ¿Cómo nos conformamos con los rumores o las quejas en lugar de defender hechos y perspectivas que podrían desafiar tales rumores y quejas? ¿Tenemos el valor de enfrentar chismes o comentarios y bromas inapropiados?

3.- Empatía

La empatía escucha tan bien los puntos de vista y el razonamiento de los demás que podemos representarlos con precisión incluso cuando difieren de nuestras propias premisas, suposiciones e ideas. Un hombre empático no está de acuerdo sin dejar ser agradable. Un narcisista, sin embargo, está tan absorto en sí mismo que se ve amenazado por cualquier punto de vista contrario al suyo.

Sin embargo, las Escrituras inspiran empatía. ¿Recuerdas el paseo a Emaús? Los discípulos estaban equivocados en todo, pero debido a que Jesús reaccionó con empatía, lo invitaron a una relación que finalmente lo reveló a ellos. Es poco probable que el desprecio en lugar de la compasión por nuestros oponentes les revele a Dios. ¿Podemos entender la opinión de un partido político diferente con el que no estamos de acuerdo, o apreciar la humanidad de los oponentes políticos en lugar de demonizarlos?

4.- Autonomía

En este contexto, la autonomía significa el dominio de nuestros procesos de pensamiento. Tenemos derecho a nuestros pensamientos y sentimientos, pero somos más que nuestros pensamientos y sentimientos. Un hombre autónomo se siente libre para cuestionar y analizar sus pensamientos y sentimientos. Un hombre inmaduro, sin embargo, depende tanto de la forma en que siempre se han hecho las cosas que no puede promover la expansión de nuevos conocimientos ni mejores aplicaciones y articulaciones del conocimiento recibido.

Sin embargo, las Escrituras inspiran autonomía o autodominio. ¿Recuerdan el consejo de Gamaliel al Sanedrín cuando querían castigar a los apóstoles? Solo él tenía la autonomía para aconsejar esperar lo que parecía poco ortodoxo: si es puramente humano, fracasará. ¿Podemos dominar nuestros pensamientos y sentimientos para que, como Gamaliel, no sigamos lo políticamente correcto incluso cuando parece que se cuestiona la ortodoxia? Por ejemplo, ¿cómo reaccionamos cuando otros cuestionan creencias litúrgicas que nos son queridas? ¿No sería más útil la razón que la rabia? Como nos recuerda el obispo Sheen, «nuestro objetivo no es ganar discusiones, sino almas».

5.- Integridad

La integridad consiste en actuar sobre lo que sabemos que es verdad una vez que hemos probado esas creencias con la misma precisión con la que hacemos responsables a nuestros oponentes. Un hombre íntegro admite sus inconsistencias para evitar la hipocresía. Un hipócrita, sin embargo, no se hace responsable porque dice una cosa, pero hace lo contrario.

Sin embargo, las Escrituras inspiran integridad. Recordemos la integridad de Nicodemo, quien responsabilizó al Sanedrín ante su propia ley cuando juzgaron a Jesús: «¿Desde cuándo nuestra ley condena a un hombre sin haberlo escuchado primero?». La integridad de Nicodemo, su insistencia en hacerse responsable de la misma ley que aplicaba a los demás, es lo que le permitió evitar la hipocresía de muchos otros fariseos.

Todos valoramos la lógica y la evidencia, pero ¿cómo nos recordamos unos a otros que somos responsables de la misma lógica y evidencia con las que responsabilizamos a nuestros oponentes? ¿Admitimos nuestras inconsistencias y aprendemos de nuestros errores, o jugamos rápido y relajado con los hechos y la lógica para salvar las apariencias o ganar una discusión?

6.- Perseverancia

La perseverancia es requerida tanto por la fe como por la razón incluso cuando el proceso requiere mucho tiempo, es ambiguo, confuso y difícil o con la oposición de otros. Así es como un hombre perseverante aprende a tener paciencia con los demás cuando también les resulta difícil llegar a la verdad. Sin embargo, un hombre de holgazanería intelectual no puede llevar a nadie a una apreciación más profunda de la fe.

Las Escrituras inspiran perseverancia a través de Job, quien luchó con la ambigüedad, la confusión, la dificultad y la oposición de los demás sobre la gran pregunta de por qué le suceden cosas malas a la gente buena. Jonás, sin embargo, se impacientó cuando le sucedían cosas buenas a los ninivitas, aun siendo malos. Cuando alguien obtiene un ascenso o un aumento que creemos que no se merece, ¿somos, como Jonás, reacios a pensar las cosas y, en cambio, nos recocemos en la irritación?

7.- Confianza

La confianza es la creencia de que la razón, más que las suposiciones y las ideologías, sirven al bien común. Los monjes confiados mantuvieron bibliotecas durante la Edad Media y los medievales fundaron universidades porque creían que los humanos pueden pensar con claridad y lógica a pesar de la concupiscencia que nubla nuestra razón. Los fundamentalistas, sin embargo, desconfían de la razón humana.

Sin embargo, las Escrituras inspiran tal confianza a través del ejemplo del profeta Natán. ¡Consideremos la confianza necesaria para enfrentarse a su rey, que ya se ha mostrado capaz de asesinar! Recordemos cómo Natán llevó a David a arrepentirse no mediante críticas, sino a través de preguntas e historias que llevaron a David a razonar hasta sus propias conclusiones. ¿Dominamos las conversaciones en la mesa o en línea como si fuéramos mejor informados, más inteligentes e infalibles que nuestros compañeros? ¿No surgiría una discusión más profunda y un consenso más fuerte si demostráramos confianza en que ¡donde dos o tres se reúnen en el nombre de Jesús!, prevalecerá su sabiduría?

8.- Imparcialidad

La imparcialidad trata a todas las personas y sus puntos de vista con justicia a pesar de nuestros propios sentimientos e intereses creados o de los sentimientos e intereses de la camarilla a la que pertenecemos. La imparcialidad es la adherencia imparcial a los estándares intelectuales sin tener en cuenta nuestra ventaja o la de nuestro grupo. Un hombre injusto, sin embargo, engaña deliberadamente al sacar las cosas de contexto o asumiendo la mala voluntad de sus oponentes.

Sin embargo, las Escrituras dan testimonio de las consecuencias de aquellos que no fueron justos: ¿Recordemos cuando un grupo siguió sus sentimientos e intereses creados para citar a Cristo fuera de contexto y acusarlo de conspiraciones contra el gobierno y la religión? ¿Cómo nos manipulan las redes sociales que no representan de manera justa a todas las partes? ¿Cómo evitamos una burbuja tecnológica que promueve una agenda tan sesgada? ¿Consumimos medios que dan la interpretación menos caritativa a los motivos de los demás? ¿Son nuestras publicaciones de Facebook y otras publicaciones consideradas y justas con nuestros oponentes?

Conclusión

Cuando reconocemos nuestro orgullo intelectual, cobardía, narcisismo, inmadurez, hipocresía, pereza, desconfianza e injusticia, podemos rezar con San Ignacio de Antioquía para que no “perezcamos en nuestra estupidez”. O como decía mi abuela: ¡Usa tu cabeza para más que piojos o el diablo la usará para la miseria y el vicio!

 

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