La formación del discípulo

La formación del discípulo

Omar Olaya Gámez

La actividad ministerial que Jesús ha realizado ante unte un público diverso, ha llegado a su fin, como desenlace ante la constante obstinación de incredulidad (12,37-40) manifestada principalmente por los dirigentes religiosos, para quienes queda cerrada la revelación (12,36b). Lo cual obedece a la dinámica de rechazo y acogida a las palabras de Jesús (1,11- 12). Rechazo por las obras que Jesús realizaba, pero, fundamentalmente porque “llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose así mismo igual a Dios” (5,18). Y acogida por parte de quienes creyeron en sus palabras, dándoles así el poder de hacerse hijos de Dios (1,12).

El cambio de situación que señala el evangelista, entre el ministerio de Jesús (libro de los signos 1,19-12,50) y el encuentro con sus discípulos (libro de la gloria 13,1-20,31), se da a partir de la transición que se evidencia entre el final del capítulo 12 y el inicio del capítulo 13, donde el anuncio de Jesús deja de estar dirigido a todo tipo de personas, para ser exclusivo de sus discípulos.

El inicio de esta segunda parte, se da en torno a la inminente llegada de la hora de Jesús (13,1); la hora de enfrentar su pasión y muerte (c. 18-19), que se constituye en la vuelta al Padre, la hora de que sea glorificado el hijo del hombre (12,23b). Ante la proximidad de su partida, Jesús decide compartir con los suyos (13,1) una cena de despedida antes de la fiesta de la pascua (13,1-2), pues la partida de Jesús podría generar un gran vació en la fe de sus seguidores, razón por la cual les advierte todo lo que pronto sucederá para que cuando suceda lo puedan entender, y así sea motivo de fe y no de increencia (13,19). No obstante, hay que decir que todo lo que vivieron junto a Jesús y lo que les enseñó hasta el final de su vida, sólo lo llegarían a entender después de su muerte, con la resurrección (2,22; 13,7). 

El encuentro en torno a la cena antes de la fiesta de pascua, se articula en dos secciones principales: la cena (13,2-14,31) y los discursos de despedida (15,1-17,26), temas que se desarrollan en una sola noche, en un único episodio.

Como primer momento, durante la cena Jesús les manifiesta mediante el lavatorio de los pies, el servicio como constitutivo de la comunidad que deberán imitar (13,4-15). En un segundo momento, desarrolla dos discursos de despedida (14,1-31, 15,1-16,33) que articulan y explicitan todo lo que pronto le sucederá: su pasión, su muerte, resurrección y su glorificación. Discursos cuyo contenido fundamental está dado a partir de algunas enseñanzas que deberán configurar a la comunidad y por las cuales les reconocerán (13,35). El mandamiento del amor recíproco entre los discípulos (13,34-35; 15,12.17), como signo del amor entre el Padre y el Hijo (15,9); la exigencia de permanecer unidos en la fe en Jesús, única forma que el seguimiento dará verdaderos frutos (15,5.10), enseñanzas que permitirán a los discípulos hacer frente a los riesgos a que se verán enfrentados (15,18-27).

Los anteriores elementos formativos trasmitidos a los discípulos, se constituyen en mandatos que deberán vivir después de su partida, sin embargo para su cumplimiento Jesús mismo pedirá al Padre la presencia del Paráclito (14,15-18; 16,7-15). Petición que “anticipa el tiempo en que vendrá el Espíritu Santo como el otro paráclito”, quien estará siempre en medio de la comunidad para manifestar la comunión entre Jesús y sus discípulos después de su partida. Quien les recordará todo lo que Jesús les había manifestado (14,26) y les enseñará toda la verdad, como presencia del Padre y Jesús, en aquellos en quienes le aman (14,23).

1.- El servicio como realización del discipulado

El encuentro que tiene Jesús con sus discípulos, surge como iniciativa suya apartándose de la multitud, para dedicarse de manera exclusiva a quienes le han acompañado a lo largo de su ministerio. Él sabe el destino que le espera, por ello antes de que suceda decide transmitirle a sus discípulos algunas enseñanzas que fundamentarán la vida en comunidad después de su partida, por las cuales les reconocerán (13,35). Éstas sintetizan todo lo que ha hecho por ellos a lo largo de su ministerio, siendo así preludio del amor extremo que les manifestará en la cruz (13,1b).

Ahora bien, el discipulado en el Nuevo Testamento se caracteriza de diversas maneras pero, específicamente en el Evangelio de Juan adquiere una connotación particular. A partir del gesto que realiza Jesús con sus discípulos de lavarles los pies (13,4-12) durante la cena. Este gesto que en el contexto de la cena de despedida, ha sido entendido como sustitución de la Eucaristía, claro está que dicha tesis no posee suficientes argumentos que la respalden . También ha sido entendido como referencia simbólica a la muerte de Jesús, como acción ritual que anticipa lo que pronto sucederá. Por otra parte, expresa una nueva manera de relacionarse en la comunidad, un nuevo modelo que deberá constituirse en norma de vida entre los discípulos, a ejemplo del Maestro quien ha entregado su vida por ellos.

Además de la importancia que adquiere el gesto al ser realizado por Jesús, también es de resaltar su ubicación dentro de la cena, ya que el evangelista lo sitúa durante el desarrollo de ésta y no al inicio como era lo habitual. Quiere esto decir, que cambia significativamente su sentido, de modo que se constituye en rito introductorio de los discursos formativos que desarrollará a continuación. 

Durante el transcurso de la cena, Jesús se dispone a la realización del gesto que se constituye básicamente en el lavado de los pies de cada uno de los asistentes, asumiendo una postura inferior frente a sus discípulos, la cual es causa de indignación para Pedro. Reacción que puede entenderse como gesto de respeto a su Maestro, pero fundamentalmente evidencia la incomprensión sobre el significado del gesto, por ello sólo lo entenderá más adelante (13,7). La respuesta de Jesús ante la objeción de Pedro, hace que el gesto se constituya en una exigencia para los demás discípulos, pues al igual que Pedro, si no se dejan lavar los pies, no tendrán parte con Él (13,8), quedando así excluidos de la propuesta que les está haciendo.

Ahora bien, la comprensión de Pedro se da en cuanto lo entiende meramente desde un sentido temporal, de ahí que rápidamente se opone a que Jesús realice el gesto, pues le parece ilógico que su Maestro se rebaje a tal condición de siervo. Lo habitual sería que un esclavo les lavara los pies a los invitados, o el señor de la casa, como lo manifiesta el Evangelio de Lucas (7,44). Así mismo, la incomprensión e increencia se manifiesta en la afirmación primaria de estar dispuesto a dar la vida por Él (13,37), que rápidamente es desmentida por Jesús, al profetizar que pronto le negara afirmando no conocerle (13,38).

La incapacidad para comprender a Jesús que se extiende a otros discípulos (13,21b; 14,5; 14,8), contrasta con todo lo que Jesús les ha enseñado. Sin embargo, esta realidad se constituye en el rechazo de las tinieblas que se oponen a la luz, que sólo será superada mediante la venida del Espíritu Santo, quien les daría a comprender todo lo que Jesús les enseñó y lo que debía sucederle (14,26; 16,12s.25.29-32).

Ahora bien, resulta pertinente indagar sobre cuál es el sentido del gesto. Es claro que no se trata solamente de una simple inversión de estatus transitorio como lo entendió Pedro, donde Jesús asume un rol de inferioridad frente a sus discípulos. Dado que el sentido de la acción de lavarles los pies no recae sobre Pedro sino sobre Jesús, pues no se dice “Si no te dejas lavar los pies”; sino “Si yo no te lavo los pies”, lo cual supone una acción salvífica de parte de Jesús y un ejemplo a imitar. De esta manera debe entenderse en el sentido literal,  pues el valor no recae sobre la repetición material de éste, sino sobre el valor de servicio y entrega por amor a los demás.

Ahora los discípulos deben hacer lo mismo con los demás (13,14); pues se trata de “imitar la auto-donación; norma de vida y comportamiento para la comunidad”. Así mismo, éste gesto se constituye en un rito que introduce a los discípulos en la comunidad, a partir del vínculo profundo entre Jesús y sus discípulos, y por consiguiente entre los miembros de la comunidad donde se debe vivir el amor entre los hermanos. Ya que significa el mayor acto de amor oblativo de Jesús, al entregar su vida en la cruz por amor a los suyos (1,13), que permitirá que estén en el mismo lugar donde Él estará (12,26; 14,3; 17,24) y así llegarán a ser partícipes de su gloria (17,22.24).

En consecuencia, el gesto comporta unos efectos que deberán vivirse en medio de la comunidad. Ahora el discípulo está capacitado para asumir un compromiso de entrega y servicio a ejemplo de su Maestro. Además, da fundamento a la experiencia discipular no ya desde una condición de subordinación entre esclavo y señor, pues el esclavo no sabe lo que hace su señor, quedando así abolida toda condición servil que podría tener un discípulo. Ahora sus discípulos saben quién es su Maestro y qué es lo que hace; configurándose así una nueva relación desde la amistad (15,15).

Finalmente, el gesto de lavarle los pies sintetiza la realización del discipulado en tanto que cada discípulo entra a hacer parte de la comunidad de seguidores, llamados a ser servidores de los demás según el mandato que Jesús les ha hecho “también vosotros haced como yo he hecho con vosotros” (13,15).

2.- Permanecer en Jesús

Una de las características particulares que menciona el evangelista y que se resaltan en el desarrollo de la cena, es la intervención negativa de algunos discípulos en particular. Reacción que evidencia el debilitamiento en la fe, por la incomprensión y traición sobre Jesús. Ante esta situación se presentan los discursos que desarrolla a continuación buscando reanimar y fortalecer la fe de sus seguidores.

El inicio de su discurso, luego del anuncio de la traición de Judas y las falsas promesas de Pedro, tiene como objetivo el fortalecer una fe que aún presenta grandes vacíos tal vez por la misma cerrazón de los discípulos al igual que muchos judíos. En este sentido, la primera exhortación gira en torno a hacerles entender que si en verdad creen en Dios, también deberían creer en Jesús (14,1). Señalamiento que deja entrever a una comunidad discípula débil y frágil en su fe.

Durante el transcurso de la cena, resulta desconcertante la reacción de oposición e incomprensión por parte de algunos de sus discípulos (13,6; 13,21b.26; 14,5-7; 14,8-10) ante sus palabras. Pedro, quien ante el signo que pretende realizar Jesús de lavarles los pies, se niega a dejárselos lavar, pues no logra comprender el sentido de éste (13,6); Judas Iscariote, revelado como el traidor pues entregará a su Maestro para ser condenado en la cruz (13,21b.26); Tomás, quien después de todo un proceso de seguimiento junto a su Maestro, no comprende a dónde va Jesús, pero tampoco ha logrado entenderle como único camino para ir al Padre (14,5-6). Finalmente está Felipe, dejando en claro por sus palabras que aún desconoce quién es Jesús, pues le exige un signo para poder creer en él (14,8).

Las anteriores reacciones y comportamientos en algunos de sus seguidores, resultan decepcionantes para su Maestro, por ello les reprocha ya que si no creen en sus palabras, al menos deberían creer en la obras que ha realizado (14,11b). De esta manera, hay una imposibilidad de ver la presencia de Dios en el Jesús terreno, y esto se debe fundamental mente a la manera como creen en Jesús, pues “para ver al Padre en Jesús, se necesita también la mirada contemplativa de la fe”. 

La mención que hace el evangelista sobre estos discípulos en particular, deja entrever la concepción que tenían de Jesús antes de su pasión. Ya desde el inicio del Evangelio, se deja en claro que los discípulos sólo llegaron a creer en Jesús verdaderamente después de su muerte, con la resurrección (2,22; 12,16). Pues, sólo la presencia del Espíritu Santo, les ayudaría a entender todo lo que Jesús ha hecho (14, 26; 16,12.25.29-32). No obstante, esto es posible entenderlo, a partir de la comunidad joánica a la cual está dirigido el Evangelio; una comunidad que se ubica sesenta años después de la muerte de su maestro, de unos creyentes que no comprenden su seguimiento, fuera de la referencia a Jesús.

El capítulo catorce es aún más claro en señalar esta realidad de increencia, pues en repetidas ocasiones se reitera la urgente necesidad de creer en Jesús. Es claro que los discípulos podrían estar turbados en su corazón (14,1) por lo que pronto sucedería, pero más que necesitar un acto de consolación, Jesús les hace un reproche ya que si dicen creer en Dios, también deberían creer en Él (14,1b), puesto que Él está en el Padre y el Padre está en Él (14,11). Ya que el Padre que permanece en Jesús es quien realiza las obras (14,10), por las cuales al menos deberían creer (14,11). Resulta diciente, que sea el mismo reproche que anteriormente había hecho a los judíos a lo largo de su ministerio, porque no creían en Él (10,37).

Jesús les aclara con anticipación para que comprendan todo lo que tendrá que padecer y así cuando suceda no se desanimen, ni se acobarden (14,1.27b) y caigan en la infidelidad. Por el contrario, el desenlace de la vida de Jesús, deberá ser medio para llegar a creer aun más (14,29) apoyados en la promesa de su pronto retorno (14,3.18-20.23.28). Pues, su partida constituye “el comienzo del tiempo del Paráclito”, por petición del mismo Jesús ante el Padre (14,16-17), quien acompañará a la comunidad por siempre.

Ahora bien, dado que la fe de los seguidores puede derrumbarse, Jesús les invita a dirigir su mirada a Dios, para que se abandonen en Él y sólo así podrán afianzar la fe en Él. Sin embargo, la fe en Dios sólo puede darse a través de su Hijo, en tanto que es el camino, la verdad y la vida, y nadie puede ir al Padre, sino por medio suyo (14,6-7). El único camino que tienen los discípulos para ir y conocer al Padre, en tanto que quien le ha visto, ha visto al Padre (14,9). De esta manera deja en claro la simultaneidad que debe darse en la fe, pues creer en Dios implica creer en Jesús y creer en Jesús implica creer en el Padre.

El creer en Jesús, se concretiza en la experiencia del amor, tema que constituye la segunda parte de este capítulo, donde el amar a Jesús y cumplir sus mandamientos, comporta una promesa: la petición del Espíritu Santo, como presencia divina que habitará en la comunidad de seguidores. Nueva presencia de Jesús, quien como el otro paráclito (14,17- 21), habitarán Junto con el Padre en la comunidad de discípulos (22-24).

Aunque el punto de partida del seguimiento exige la fe en Jesús, no basta con decir que se cree en Él. En este sentido, el discurso del capítulo quince viene a hacer énfasis en la necesidad de permanecer en Jesús (15,4(3x) .5.6.7) y en su amor (15,9.10). El verbo me,wo=méno, que significa permanecer, o habitar o morar permanentemente, de gran importancia para el Cuarto Evangelio, ya que de las 118 veces que aparece en el N.T., 40 se encuentran en el Evangelio de Juan. Tema que es desarrollado ampliamente mediante la alegoría de la vid y los sarmientos (15,1-17), donde se manifiesta la relación permanente entre el Padre y el Hijo, y por consiguiente se constituye en exigencia fundamental para el discípulo, llamado a permanecer en Jesús. De esta manera se señala un estilo de vida particular caracterizado por el vínculo que debe existir entre los discípulos y Jesús, como vínculo fundamental para que el seguimiento de verdadero frutos.

Entonces, vemos cómo la imagen de la vid que utiliza Jesús para trasmitir esta enseñanza, se relaciona directamente con la imagen veterotestamentaria de la vid como figura del pueblo de Israel (Os 10,1ss; Is 5,1-7; 28,2-5; Jr 2,21s; Ez 15,1-8…). Sin embargo, en este contexto adquiere una connotación nueva y desafiante. Jesús, en sentido metafórico se postula como la nueva vid, pero con un adjetivo particular que le da un énfasis más fuerte a la comparación, “yo soy la vid verdadera” (15,1). Es clara la diferencia con la antigua vid, el pueblo de Israel, de tal manera que no admite comparación. No es otra vid, Él es la verdadera y auténtica, sustituyendo así al pueblo de Israel de manera definitiva como la antigua vid. Esta sustitución tiene su origen a partir de la situación de infidelidad del pueblo de Israel, mientras que Jesús se mantendrá fiel a su Padre hasta la cruz.

Jesús ahora es la nueva vid, en la cual deberán permanecer que se constituye en la comunión: “realidad invisible que se expresa en la vivencia del amor mutuo entre los discípulos, quienes están llamados a caracterizar la verdadera vid, después de su partida: la Iglesia” . Así la comunión, se constituye en característica particular que le da identidad al discipulado.

La metáfora de la vid, de igual manera viene a señalar la realidad de fidelidad e infidelidad que puede darse en la comunidad. Por ello, quienes permanezcan unidos a Jesús deberán ser sometidos a la poda (15,2b), como acción que buscará afianzar la fe. Por otra parte, están quienes han caído en la infidelidad por su increencia, los cuales corren el destino fatal de ser cortados definitivamente como la vid del sarmiento, que significa ser separados de la comunidad (15,2a). Lo anterior manifiesta el “juicio que provoca contra sí mismo el discípulo que se separa de Cristo”.

Ahora bien, a pesar que los discípulos están limpios por la palabra que han escuchado de su Maestro (15,3), necesitan permanecer en Jesús, para que el seguimiento dé verdaderos frutos. La permanencia en la vid, se constituye en la sabia fundamental que alimenta el discipulado, de esta manera la fecundidad de los discípulos se da sólo en virtud de la unidad y fidelidad en la comunión íntima con Cristo.

Por otra parte, la permanencia en Jesús tiene como objetivo el manifestar el tipo de relación que existe entre el Padre y el Hijo, y el Hijo y los discípulos. Por ello, “quien desee seguir a Jesús (12,26) debe renunciar a la propia voluntad, escuchar la palabra del Maestro (13,36ss) y dejarse conducir incluso a donde no quiere (21,28)”. En este sentido, el permanecer unidos a la vid, se constituye en un mandato para quienes decidan hacer parte de la comunidad de discípulos, que comporta a su vez la exigencia de llegar a dar frutos (15,2), pues de lo contrario el discípulo deberá asumir como consecuencia el ser separado de la comunidad (15,2a).

Por lo tanto, la no permanencia en Jesús ocasiona una ruptura con la comunidad de manera definitiva (15,2), quedando excluido abocado a su destino fatal (15,6). Mientras que la fidelidad tiene como promesa el llegar a dar fruto abundante (15,5b). Pero, además ocasionará la cohabitación mutua de Jesús en la comunidad y de ésta en Jesús, de tal manera que cuanto le pidan lo recibirán (15,7).

3.- La señal inequívoca del discipulado: el amor

Otro de los temas fundamentales que constituye la doctrina de Jesús es el mandamiento del amor, ya prefigurado en el lavatorio de los pies. El mandamiento del amor desarrollado en la segunda mitad del capítulo 15, se constituye en el fruto del discipulado que brota de la fidelidad en Jesús, que debe vivir el discípulo que ama a su Maestro (14,15).

Ya desde el inicio del libro de la gloria, el evangelista introduce todo el desarrollo de la cena a partir del tema del amor, como fundamento de todo lo que hizo Jesús por sus discípulos, pues “los amó hasta el extremo” (13,1b). Referencia que sintetiza la acción del Maestro en medio de sus discípulos y que como tal se constituye en ejemplo que deberán vivir los unos con otros (13,15). Por primera vez, el evangelista hace un señalamiento directo a imitar a Jesús, sin embargo, esta imitación no ha de entenderse como un comportamiento meramente teórico que han escuchado de Jesús y que deben repetir. Pues, la imitación se constituye a partir de una experiencia vital de la cual Él mismo es garante: la muerte de Jesús es el servicio supremo a todos los hombres: “os he dado ejemplo”. En ello está la norma de vida cristiana.

Antes de su inminente partida, Jesús les enseña un nuevo mandamiento, “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros.” (13,34-35). Precepto fundado en el amor que el Padre ya le ha expresado a su Hijo (15,9), y por consiguiente el Hijo les expresará a sus  discípulos, sus amigos (15,13). Y que el amor será la característica fundamental por la cual identificarán a los verdaderos discípulos (13,35), y que sólo es posible vivir a partir de la fidelidad a los mandamientos que les ha dado.

De esta manera, el mandamiento del amor expresa una nueva y auténtica forma de relación que se debe dar entre los discípulos, como Jesús lo ha hecho con ellos en la expresión del amor más grande de dar la vida por sus amigos (15,13). Que en efecto, parte de una nueva manera de relacionarse con ellos, aboliendo la distinción entre el maestro y discípulos para llegar a ser amigos. Relación que surge de la experiencia del amor, y que conlleva a una cercanía, a un encuentro profundo con Jesús.

En definitiva, la particularidad que presenta el Evangelio acerca del mandamiento del amor frente a las demás tradiciones donde se habla de amor al próximo (Mc 12,31; 1 Ts 4,9; Ga 5,14; Rm 13,9), se da en cuanto que el Cuarto Evangelio, está haciendo referencia al amor que debe existir al interior de la comunidad discípula. Ante la ausencia de Jesús, el amor será la expresión viva de su presencia, pues no se trata de una relación moral, sino de una nueva posibilidad de vida. Un estilo de vida que caracterizará a los seguidores de todos los tiempos, como testimonio inequívoco que de los verdaderos discípulos (13,35).

4.- Riesgos del seguimiento

La muerte de Jesús en la cruz, sintetiza las serias implicaciones que conlleva la fidelidad a Dios. Su martirio en la cruz se constituye en paradigma que manifiesta a sus seguidores las consecuencias que deberán enfrentar, incluso de arriesgar su propia integridad física por ser fieles al proyecto de Jesús (15,20; 16,2).

En relación a lo anterior, el evangelista describe los riesgos que plantea el discipulado, a lo largo de la segunda mitad del capítulo 15. Donde se hace énfasis en el odio y la oposición del mundo a la comunidad joánica (15,18-25; 17,14-16), que ocasiona el sufrimiento en los discípulos (16,16-33). El odio del mundo como respuesta de oposición a la verdad, sin embargo, esta oposición ya está presente desde el inicio del ministerio de Jesús y a lo largo de todo el Evangelio, pero que ahora se hace evidente como realidad de la cual no serán excluidos los discípulos. La elección de Jesús por sus discípulos, los separa del mundo (15,19), motivo por el cual les odia (17,14), sin embargo, estarán en medio del mundo (17,15), donde enfrentarán toda clase de adversidades (16,33b).

La respuesta adversa del mundo, puede entenderse principalmente como oposición a la revelación de Dios manifestada en Jesús. Pero, es de resaltar que allí quienes se relacionan con el mundo son los judíos, en tanto que no reconocieron a Jesús como el enviado de Dios (Cf. 8,19.27.39-47.54-55)53, a diferencia de Jesús quien está opuesto al mundo porque es de arriba (8,23), al igual que los discípulos (15,19), esto quiere decir que no pertenecen al mundo.

Ahora bien, el señalamiento que hace Jesús de los discípulos como no pertenecientes al mundo ¿de qué manera puede entenderse? La separación de los discípulos en relación al mundo, puede definirse en el sentido de que al haber sido llamados (15,19-16), tienen ahora la misión fundamental de “ser portadores de la Palabra de Dios y por ello permanecerán en oposición al mundo”, separados de toda la realidad de increencia que caracteriza la oposición del mundo frente a la presencia de Jesús. En este sentido, la misión de los discípulos se verá caracterizada por la constante rivalidad y confrontación que el mundo les presentará.

El odio como respuesta del mundo, se da en razón de que los discípulos no son ya del mundo, sino de Jesús. En efecto, el ser parte de la comunidad de seguidores se constituye en referencia de persecución, de ahí que a Pedro en el momento del prendimiento de Jesús, rápidamente lo identifican como uno de sus discípulos (18,17.25). El mundo sólo ama lo que es suyo, pero los discípulos al haber sido llamados, han sido separados de este (15,16.19).

Ahora bien, el señalamiento que hace Jesús sobre la oposición del mundo, evidencia que los discípulos no tendrán mejor suerte que la que Él afrontará camino a la cruz. Realidad de martirio que posteriormente enfrentarían no sólo los primeros discípulos, sino las siguientes generaciones de seguidores que tuvieron que enfrentar el martirio por causa del Evangelio, según los refiere la tradición de la Iglesia.

La oposición del mundo al parecer tiene origen en el desconocimiento de Dios, pues todas las acciones en contra de sus seguidores se dan en razón de que no han conocido a Dios, y por consiguiente tampoco a Jesús (8,19). Comentario que recae sobre los judíos, lo cual resulta paradójico, ya que se consideraban los más fieles conocedores de su palabra y por lo tanto fieles a Dios. La incapacidad de reconocer a Dios en Jesús, de creer en Él, hace surgir en el hombre la respuesta de oposición y rechazo contra el justo.

Por lo tanto, el ser discípulo de Jesús implica el riesgo de aceptar un compromiso que puede traer consecuencias fatales. No obstante, ante la realidad de persecución, el discípulo está llamado responder no con violencia, ni con odio, sino con el testimonio de vida, mediante el amor a sus hermanos, llevándole incluso a arriesgar su propia vida. Cruel destino que muchos de los primeros discípulos tuvieron que afrontar, así mismo de las siguientes generaciones de seguidores, y que de igual manera muchos hombres, mujeres y niños han tenido que afrontar a lo largo de la historia de la Iglesia, a causa de la verdad.

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