La misión del discípulo

La misión del discípulo

Omar Olaya Gámez

A lo largo del segundo capítulo, se resaltaba el valor de la fidelidad en los seguidores de Jesús. Pues, la fidelidad en la fe daría identidad al ser del discípulo. Sin embargo, esta fidelidad se ve truncada con la muerte de Jesús, por el desconcierto y frustración que representa su partida para los seguidores, por ello el Evangelio es claro en señalar que sólo llegaron a entender todo lo relacionado con Jesús después con la resurrección (13,7; 20,9).

Ante la tristeza que representa la partida de su maestro, surgen las promesas sobre el Espíritu o el Paráclito, quien vendrá con la misión de fortalecer la fe de los discípulos, al darles a conocer quién es en verdad Jesús. Pero, también la de revelarles la continua presencia de Jesús resucitado en medio de la comunidad. En efecto, es desde la experiencia del resucitado que llegó a configurarse una misión de los discípulos como fruto de su fe.

En contraste a la falta de fe de muchos de los discípulos como ya se mencionaba, se presenta la firme fidelidad del discípulo amado, por ello, es garante de la auténtica fe, modelo de discípulo por su fidelidad, cercanía y entrega a la persona de Jesús.

Ahora bien, la experiencia del resucitado viene a ser determinante en el seguimiento y por consiguiente en la misión de los discípulos. El mismo resucitado les envía a la misión: “Como el Padre me envió, también yo os envío»” (20,21). Misión que se constituye fundamentalmente en la misma misión de Jesús, ya que sus seguidores de igual manera deberán dar testimonio del amor y la unidad que Él tiene con su Padre (15,10b; 17,11), como única garantía que les llevará a cumplir los mandatos y palabras que Jesús les enseñó (14,26), en la comunidad de discípulos.

Los seguidores deberán vivir unidos en la fe y en el amor, como signo «para que el mundo crea» (17,6-26). Por eso Jesús envía a los suyos al mundo, como Él ha sido enviado por el Padre (17,17-19), llegando a ser así partícipes de la misión de dar a conocer al Padre; de esta manera, los discípulos serán encargados de prolongar la misión de Jesús.

1.- Las promesas del Espíritu Santo y la misión de los discípulos

El retorno de Jesús al Padre, viene a ser uno de los temas en el que más se hace énfasis a lo largo del capítulo 14. En este contexto surgen las promesas del envío del Espíritu, que pueden entenderse como respuesta ante las situaciones de tristeza y de falta de fe por las que atravesaba la comunidad ante la partida de su maestro. Pues, la muerte de Jesús llegaría a significar el total fracaso y decepción del proyecto que les había manifestado.

Ante el profundo vacío que ocasionaría la partida de Jesús, les promete la presencia del Espíritu, quien vendrá a restablecer la esperanza en los discípulos. Pero, para que dicha presencia tenga su realización, los discípulos deberán cumplir una exigencia: vivir el amor unos con otros, guardando los mandamientos que Jesús les ha enseñado (14,15-16). En este sentido la venida del Paráclito se constituye en la posibilidad de la continuidad y vínculo de amor que perpetúa la presencia de Jesús en sus discípulos, y que a su vez se expresa en la vivencia de los mandamientos.

En cuanto a la presencia del Paráclito, ya desde el inicio del Evangelio, se afirma cuando se dice que descendió sobre Jesús (1,32-34); de modo que puede inferirse que el Espíritu está íntimamente unido a Jesús de manera permanente a lo largo de todo su ministerio. Esta misma realidad es la que presentan los Evangelios Sinópticos (Mt 3,16; Mc 1,10; Lc 3,22).

Desde el inicio de su ministerio, Jesús es identificado a partir del testimonio del Bautista como el que bautizará con Espíritu Santo. Eso ocurrirá cuando el Espíritu descienda sin medida sobre aquellos que creen, para que tengan vida eterna (3, 34-36). Del mismo modo, se aprecia en el contexto de las fiestas de los Tabernáculos (7,37-39), donde Jesús invita a quienes creen en Él, a beber de la verdadera agua de vida, refiriéndose al Espíritu Santo que descendería sobre la comunidad mesiánica. Promesa que se concretiza después de la resurrección, cuando el Señor resucitado sopla sobre los discípulos para que reciban el Espíritu (20,22). Presencia que se daría luego de la glorificación de Jesús (7,39), y que sería percibida sólo por los discípulos, quienes sí le conocen porque mora en ellos (14,17b); mientras que el mundo está impedido de la visión espiritual que le impide verlo.

Ahora bien, en relación a la venida del Espíritu, el Evangelio señala cinco promesas que Jesús hace a sus discípulos sobre su pronta venida (14,15-17.25-26; 15,26-27; 16,4b-11.12- 15), quien tendría una misión en medio de la comunidad de discípulos. El Espíritu de la verdad (14,17; 15,26; 16,13) que procede del Padre, enviado por Jesús, con el fin de proteger a la comunidad (15,26-27; 16,7-11). Defensor de los discípulos, en cuanto que tendrán que afrontar la rivalidad que el mundo les opondrá. Así mismo su misión estará orientada a enseñarles y recordarles cuanto Jesús les ha dicho, conservando así la actualidad de sus palabras y así conducirlos a la verdad completa. Para defender a los creyentes y condenar a los pecadores y así “dejar al descubierto a los discípulos, el pecado del mundo (16,8-11)”.

La mención que se hace en cuanto a que el Espíritu os lo enseñará todo, no se refiere a enseñar más cosas de las que Jesús enseñó, se trata más de dárselas a comprender de manera plena a los discípulos. De esta manera queda señalada la misión del Paráclito, en cuanto que les manifestará todo lo relacionado a Jesús, de aquello que en su momento no les dijo porque no lo entenderían.

También hay que decir que la misión del Paráclito no sólo está orientada a recordarles lo que Jesús realizó, su misión es la de llevar a los discípulos a una comprensión profunda de Jesús. De esta manera, les manifestará tanto a la primera generación como a las futuras generaciones de discípulos, la verdad sobre la persona de Jesús a aquellos que crean. Pues muchos de los que conocieron y estuvieron junto a Jesús, que compartieron con Él, no llegaron a creer. Esta realidad resalta el valor de la fe, que no se sustenta a partir de las acciones taumatúrgicas de Jesús, ni de las posibles revelaciones teofánicas ni del haber estado junto a Jesús. Por el contrario, la verdadera fe parte de la experiencia del resucitado, como san Pablo lo afirma “Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana” (1 Cor 15,17).

En efecto, fue la experiencia del resucitado lo que marcaría para siempre la fe de los discípulos. Auténtica garantía de que alguien llegue a considerarse discípulo de Jesús, que le llevará a asumir su misión mediante un estilo de vida particular que se sintetiza en el amor en la comunidad.

Ahora bien, ¿de qué manera se ve reflejada, la presencia del Espíritu Santo en lo que constituye la misión de los discípulos? Es claro que los discípulos después de la muerte de Jesús, se sintieron fracasados y defraudados por las expectativas que llegó a representar. No obstante, ante esta situación la acción del Paráclito fue vital en su comprensión sobre la acción reveladora de Jesús. Su presencia les consolaría y les animaría para ser testigos de la presencia del resucitado, a fin de que el mundo pueda llegar a conocer y a creer que Jesús definitivamente es el enviado del Padre (17,21-23). Pues, el Paráclito como enviado tanto por el Padre como por Jesús, busca la plena manifestación de Jesús en aquellos que crean en su palabra. Quienes lo reciban, serán los encargados de mantener la presencia viva del resucitado, mediante el testimonio de amor, por el cual los demás le reconocerán como discípulos de Jesús (13,35) y por ende a Jesús mismo.

En consecuencia, la acción del Espíritu Santo da sentido y dinamiza la misión de los discípulos. Abandonando así, la situación de segregación, separación y oscuridad para afrontar abiertamente el mundo con todas las situaciones de dificultad que ello conlleva.

Por ello, la partida de su maestro será lo que conviene a los discípulos para que así pueda revelarse el Espíritu quien manifestará plenamente a Jesús. Nueva presencia que transforma el interior de los discípulos, de ahí que llegaran a entender plenamente a Jesús. Puesto que conocer a Jesús es conocer el camino, ya que Él es el único camino para ir al Padre. Y quien ha visto a Jesús mediante la fe, ya ha visto al Padre (10,30; 17,22). Ahora los discípulos no podrán decir como Tomás que no conoce el camino (14,5) o como Felipe, muéstranos al Padre (14,8), pues ya conocen el verdadero camino y el verdadero rostro de Dios, en la persona de Jesús.

Por lo tanto, la tristeza por la partida de Jesús se convierte en motivo de alegría por la presencia del Espíritu. Los discípulos ahora participan de la comunión con Dios, a través de  la acción de Espíritu Santo, lo cual se constituye en fundamento para la consecución de la misión de los discípulos, que tiene su origen en la misma misión que el Padre le ha encomendado a Jesús, pues les ha hecho partícipes. Jesús ha dado gloria a su Padre, realizando la obra que le encomendó, ahora los discípulos glorificarán a Jesús mediante su la misión de vivir la experiencia del resucitado en la comunidad.

2.- El encuentro con el resucitado, origen de la misión

Después de la muerte de Jesús, el Cuarto Evangelio describe cuatro apariciones del resucitado a los discípulos (20,11-17: 19-23: 26-29; 21,1-22), las cuales se centran fundamentalmente en el tema de la fe. En estos se resalta la falta de fe de los discípulos, pues su preocupación está aún centrada en el cuerpo de Jesús. Es el caso de María Magdalena, quien se sorprende cuando va a la tumba y la encuentra vacía (20,1-2), inmediatamente corre a dar la trágica noticia a los demás discípulos. De igual manera, éstos van de prisa a la tumba para cerciorarse por sí mismos de lo sucedido. La desaparición del cuerpo, sumada al asesinato de Jesús aumenta el temor y la increencia, por ello deciden ocultarse por miedo a los judíos, ya que temen llegar a correr la misma suerte que su maestro (20,19).

Las apariciones pueden entenderse como respuesta ante la persistente falta de fe que aún manifiestan los discípulos. Pues resulta paradójico que el evangelista describa la decepción y tristeza en los discípulos y por otra parte se mencione la proclamación de fe de uno de ellos, “el otro discípulo, a quien Jesús quería o amaba” (20,2-4.8; 21,7.20). Teniendo en cuenta que en la misma escena de la tumba, sólo éste sí “vio y creyó” (20,8). Es más, el mismo Evangelio señala abiertamente que hasta el momento no habían comprendido lo que debía pasar con Jesús (20,9). El único discípulo que cree inmediatamente, sin haber visto la manifestación de Jesús. No obstante, para los demás se hace necesaria la manifestación física para llegar a creer, es más la exigen para poder creer (20,25).

Una de las reacciones muy humanas en lo relacionado con la fe, es la exigencia de una prueba como garantía para llegar a creer. Es el caso de los discípulos quienes necesitaron de las apariciones para llegar a creer, como lo refieren cada uno de los relatos. María Magdalena, se le aparece el resucitado pero no logra reconocerle inmediatamente, sólo cuando Jesús la llama por su nombre le reconoce (20,16). De igual manera los discípulos tuvieron que ver las manos y el costado como signo de prueba para creer que en verdad había resucitado. De esta manera se hace evidente la débil fe de los discípulos, pues necesitaron ver para poder creer.

Tomás, no cree en el testimonio de los demás discípulos que afirman haber visto al resucitado (20,24-25), ya que no se encontraba cuando se le apareció a los otros. Les exige ver y tocar para poder creer (20,24-25). Por ello, inmediatamente que accede a la invitación de Jesús de meter sus dedos en sus llagas, surge una proclamación de fe “Señor mío y Dios mío” (20,28). Finalmente está Pedro, quien no reconoce al resucitado, por ello necesita ser impulsado por la fe del discípulo quien tan pronto le ve, le reconoce “es el Señor” (21,7).

Es evidente el carácter externo y corpóreo que hacen referencia las apariciones sobre Jesús, sin embargo éstas llegarían a ser entendidas por sus seguidores como una contínua presencia de Jesús y no meramente desde lo corpóreo. Interpretación que pudo surgir de la convicción de que “el verdadero don de la etapa siguiente a la resurrección era una unión con Jesús que ya no habría de depender de su presencia corpórea”. De esta manera las apariciones llegarían a significar una experiencia profunda de su presencia. Es el mismo sentido que pretenden manifestar los signos, los cuales no buscan resaltar la acción física, sino su significación espiritual. Pues de lo contrario, las futuras generaciones de discípulos estarían en desventaja con los primeros, ya que requerirían de tales manifestaciones para poder llegar a creer.

Ahora bien, lo que sí es claro es que la experiencia del resucitado en los discípulos, llegó a ocasionar una profunda transformación interior que les llevó a salir de sí mismos, de su miedo y sus limitadas creencias, para ser testigos de una nueva y auténtica presencia. Prueba de ello, lo vemos cuando María tan pronto reconoce al resucitado sale a contarlo a los demás, “he visto al Señor” (20,18), es el resucitado el que provoca su afirmación de fe. Ya que Jesús conoce a quienes le pertenecen y los llama por su nombre y ellos reconocen su voz y le siguen (10,3ss). Por ello, ésta mujer con un gesto externo llamándole “Rabbuní”, le expresa a la vez su disposición interna y su actitud creyente de cara al resucitado. Sin embargo, para tal reconocimiento es necesaria la fe en Jesús, como lo que posibilita el encuentro del creyente con el resucitado.

La resurrección de Jesús, como victoria definitiva de Cristo sobre el mundo, es el momento significativo que posibilitó la reafirmación de la fe en la comunidad de discípulos. Después de pasar por la incertidumbre y el dolor por la muerte de su maestro, ahora gozan de un conocimiento pleno de Dios, que se da a partir de la resurrección de Cristo como manifestación definitiva del verdadero rostro de Dios. El discípulo es introducido en el mundo de Dios, o mejor en la vida misma de Dios en la persona de Jesús, sintiendo su continua presencia en el amor que el Padre les manifestará en el Espíritu.

Ahora bien, aunque la presencia del resucitado no está supeditada a ser percibida por algunos en particular, si es claro que la persona necesita cumplir dos condicionantes, la fe y el vivir la experiencia de amor en la comunidad, como precepto fundamental. El amor como constitutivo de la comunidad, mediante el cual podrán mantener vivo el espíritu de Jesús, pues, “si uno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (14, 23). De ahí que la respuesta de Jesús da ante la pregunta de Judas (14, 22), deja en claro la nueva y auténtica manera de verle: mediante el amor pero, el mundo no puede verle porque no le ama y no guarda sus palabras, por consiguiente no puede conocerle, mientras que quienes creen y viven la experiencia del amor en la comunidad, llegarán a verle.

Por ello, la misión fundamental que fue encomendada a quienes llegaron a creer en Jesús (17,18; 20,21b), se da a razón de posibilitar a las nuevas generaciones un encuentro con el resucitado, que debe manifestarse mediante el amor y la comunión con el Padre. El compromiso de la primera comunidad de discípulos, de posibilitar que muchos lleguen también a ser discípulos suyos. Pues, “el acontecimiento Cristo es por lo tanto, el inicio de ese sujeto nuevo que surge en la historia y al que llamamos discípulo”. Es de allí donde nace el nuevo discípulo que se siente llamado a ser testigo de Jesús, a ser continuador de la misión que el Padre le había encomendado a Jesús (17,18). De esta manera, el hecho de la cruz como total donación y manifestación de amor del Padre, se constituye en ejemplo del cuál ahora deberán ser testigos, pues, los discípulos le han reconocido de ante mano como el enviado de Dios, (17,6-8). De ahí que su misión estará fundada en promover la obra de Dios, de llevar la paz y la alegría recibidas de Jesús resucitado, a las generaciones posteriores.

Por lo tanto, la misión de los discípulos se basa fundamentalmente en dar a conocer a Dios, mediante el vínculo del amor. Vínculo que se expresa en la unidad en la comunidad, al igual que la unidad que existe entre el Padre y el Hijo (17,11.21). La autenticidad del seguimiento y su misión, se dará en la medida que los discípulos permanezcan en la unidad con Jesús y el Padre, mediante el vínculo del amor. Amándose unos a otros, así como Él lo ha hecho con ellos (15,12-14). Pues, sólo de esta manera se continuará dando a conocer a los hombres de todos los tiempos que Jesús es el enviado de Dios68, como expresión de comunión en el amor que Jesús les ha enseñado. Pero, es indispensable la perseverancia en la fe, para que puedan superar los diferentes riesgos de los cuales no estarán exentos los discípulos, por eso pide al Padre en su oración que los proteja del maligno (17,15). Oración en la que no sólo ruega por la presente comunidad de discípulos, su oración cubre también a las nuevas generaciones de seguidores de todos los tiempos, ya que de igual manera se verán enfrentados a una serie de contradicciones y adversidades (17,20-23). Hostilidades que sólo podrán vencer mediante la unidad con Jesús, a ejemplo de la unidad entre el Padre y el Hijo (17,21).

Concluida la misión de Jesús, con la glorificación del Padre mediante la manifestación a los hombres (2,11) y la glorificación del Paráclito a Jesús, al revelarlo plenamente a los discípulos (16,14), ahora éstos deberán dar fe de haber conocido su gloria (1,14), ya que han sido partícipes (17,22). Siendo sus testigos, no buscando la gloria que viene de los hombres que conduce a la increencia, sino la que viene de Dios (12,43) mediante la cual darán frutos y llegarán a ser verdaderamente sus discípulos (15,8).

En definitiva, la preocupación fundamental sobre la misión de los discípulos de ayer como de hoy, no deberá estar orientada a trasmitir sólo mediante palabras un conjunto de doctrinas, pues, “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. Encuentro con el resucitado que propiciará mediante la experiencia del amor y la unidad en cada comunidad, el surgimiento de auténticos discípulos en diferentes momentos y en los diversos contextos de la historia del hombre.

3.- Ser testigos: un proyecto comunitario

Digamos primeramente que detrás del Evangelio de Juan, hay una comunidad compacta que mediante un proceso de fe, ha venido evolucionando en su manera de comprender y de vivir la experiencia del resucitado, de ahí que se diga que éste Evangelio es un testimonio teológico unitario, como vivencia de una comunidad.

Comunidad que se funda a partir del sacrificio en la cruz del Hijo de Dios, pero que tuvo que aprender a vivir en la unidad a partir del reconocimiento del resucitado. De ahí que uno de los puntos fundamentales que se resaltan en la oración de Jesús al Padre, es el tema de la unidad que deberá existir en la comunidad de discípulos, y de aquellos discípulos de todos los tiempos, quienes han llegado a creer en Jesús (17,20). En su oración pide para que todos los discípulos lleguen a ser una sola comunidad, una sola Iglesia (17,21-23). No obstante, que este texto haya tenido gran importancia a la hora de argumentar la necesidad de la unidad entre las diversas iglesias cristianas.

El Evangelio, ciertamente no hace referencia a una unidad basaba en el conjunto de doctrinas que se deben tener en común. La unidad que refiere, tiene sus orígenes en la acción divina a partir de la unidad que existe entre el Padre y el Hijo (17,22). De manera que la unidad en los creyentes, brota de la unidad entre el Padre y el Hijo, la cual se constituye en modelo que los creyentes deberán seguir. En efecto, la finalidad de la oración que hace Jesús en este capítulo, está orientada a pedir por la unidad que deberá existir entre los discípulos, con el Padre y Jesús. Así, la unidad se constituye en característica de la comunidad, pero también es un reto a testimoniar por el cual el mundo llegará a creer en Jesús como el enviado de Dios (17,21). En efecto, esto fue lo que caracterizó a las primeras comunidades, como lo narran los Hechos de los Apóstoles (2,42-47; 4,14; 11,24).

Ahora bien, la unidad que garantizará la permanencia del discipulado y de la misión, deberá darse en dos sentidos: de parte de los creyentes en relación con el Padre y el Hijo, y la unidad que deberá manifestarse entre los creyentes. Unidad entre el Padre y el Hijo, no entendida desde lo espiritual o lo moral, sino desde la vida que da el Padre al Hijo, vida de la cual ahora son partícipes.

Un auténtico sentido de la unidad, se revela a partir de las alegorías del buen pastor (10,16) y de la vid (15,1-8). La imagen de un solo rebaño y de los sarmientos unidos a la vid, manifiestan claramente el sentido de la unidad y por consiguiente el de la comunidad (Koinonía). Estas enseñanzas, manifiestan los elementos claves de lo que deberá ser la verdadera unidad, como sentido para que los discípulos lleguen a dar verdaderos frutos. Pues la unidad entre la comunidad de discípulos posibilitará el testimonio para que el mundo llegue a creer en Jesús como el enviado del Padre, el Hijo de Dios. La Palabra y la Vida que vino al mundo a hacernos partícipes de la naturaleza divina (2 P 1,4) y así participarnos de su propia vida. De hacernos partícipes del inmenso amor del Padre, que quiere que seamos hijos suyos, partícipes de su misterio divino y a la vez testigos de su amor.

Por ello, uno de los retos más grandes para la comunidad de discípulos se da en relación a ser fieles en la unidad, a mantener de manera inquebrantable el vínculo de la fe que les permite configurarse como comunidad de seguidores. Testigos del resucitado, para que muchos lleguen a creer. No obstante, también será signo de contradicción en medio de un mundo orientado más al individualismo.

En definitiva, la unidad en la comunidad se constituye en la continuidad de la acción de Dios en la historia, ya que su testimonio será el germen del surgimiento de nuevas generaciones discípulos que a su vez serán los nuevos testigos. Pues, “para el cristianismo joánico, como para todo el cristianismo primitivo, no hay ninguna realización existencial cristiana sin la comunidad o fuera de ella”.

De esta manera, la fuerza del testimonio sobre Cristo sedará a partir de la unidad mediante el vínculo del amor de Dios, que lleva a una experiencia particular de vida que se manifiesta en la comunión mediante una misma celebración de la fe, el servicio y el compromiso para con los demás (Hch 2,42-47). Es desde allí donde se hace explícito el anuncio del reino de Dios, de su Palabra.

Por lo tanto, es claro que el ser testigos tiene implicaciones dentro del seguimiento así como dentro de la conformación de la comunidad. Pues, la conformación de la comunidad tiene como soporte el discipulado donde el seguimiento es la explicitación más concreta de ser discípulo y de construir comunidad eclesial. Ya que el seguimiento de Jesús, no es una experiencia personal, individualista, sino fundamentalmente comunitaria, donde se comparte la vida y se trabaja por un mismo proyecto”, el de Dios.

Ahora bien, la visión de unidad que plantea el Evangelio de Juan no debe llevar a pensar que se trata de una propuesta comunitaria cerrada. Como tampoco puede considerarse como una comunidad retrotraída del mundo, que se ha apartado para vivir una experiencia esotérica e intimista. Idea que no responde al sentido abierto y universal que ya se ha mencionado y que caracteriza al discipulado en este Evangelio. Pues, sólo desde la vivencia en la unidad, fue que el discipulado llegaría a dar verdaderos frutos configurando una comunidad fortalecida que pudo afrontar y soportar los diversos retos, desafíos y obstáculos a que se vieron afrontados.

En definitiva, ser discípulos testigos del resucitado, no puede entenderse sino a partir de una experiencia de fe en medio de una comunidad, pues es claro que la fe no es sólo una cuestión personal, sino una opción de vida que impulsa al creyente a salir al encuentro del otro.

4.- El discípulo amado como prototipo del seguidor

A lo largo de la segunda parte del Evangelio y en el epílogo, se resalta la figura de un personaje incognito, de quien se ha especulado mucho sin haberse llegado a una determinación precisa sobre su identidad. Algo particular que se menciona de este personaje, es que era el discípulo a quien Jesús amaba (13,23s; 19,25-27; 20,3-9; 21,7ss; 21,20-25); característica que no se dice de los demás discípulos ni en éste Evangelio, ni en los Sinópticos. Además es el discípulo que da testimonio de todo lo que vivió junto a Jesús (19,34-35; 21,24). La imposibilidad de llegar a una determinación sobre su identidad ha llevado a que se argumente que se trata de una figura ideal y no histórica, una creación literaria (Bultmann), o quizá un verdadero testigo como prototipo al cual debe llegar todo cristiano.

Ahora bien, uno de los argumentos fundamentales que dan a pensar que se trata de un personaje histórico, es que sobre Él se fundamenta todo el (21,24). Quién llegó a constituirse como el garante de la tradición joánica, mediante su testimonio. Pues, da a pensar que si no fuese un testigo real, su testimonio quedaría en entredicho y por consiguiente la misma comunidad joánica. Claro está que definir si es o no un personaje histórico no es el propósito de este tema, por el contrario, se trata de analizar de qué manera es posible su consideración como prototipo de discípulo.

El evangelista, describe de este discípulo diferentes rasgos esenciales de lo que debe llegar a ser un auténtico seguidor de Jesús. En la última cena se ubica al lado de su maestro, y luego se describe como recostado sobre el pecho de Jesús (13,23.25). Ubicación que lo pone en una total cercanía a Jesús.

Es también el canal de comunicación directo, entre los demás discípulos y Jesús, pues a él acuden los otros discípulos para que le pregunte al maestro sobre la identidad de quien le traicionaría (13,22-25). Después con la resurrección, éste discípulo le reconoce antes que los demás, y les comunica que es Jesús el que está compartiendo con ellos (21,7)

También es prototipo de fidelidad, pues a pesar de que los otros discípulos le han traicionado, no han creído en Jesús, lo han negado y por último lo dejan sólo en el momento más difícil de su vida, la cruz. El discípulo amado por el contrario ha mantenido firme su fe en Jesús, por ello está al lado de su maestro a lo largo de su ministerio en silencio y le ha acompañado hasta la cruz, lo cual manifiesta una fe inquebrantable, como un verdadero amigo de quien sí se puede fiar. No tiene miedo como los demás, de llegar a correr la misma suerte de su maestro, pues está allí junto a la cruz, presenciando la muerte de su maestro, lo cual le da autoridad de dar testimonio de haber visto salir del costado de Jesús sangre y agua (19,34-35). El estar hasta el último momento junto a Jesús, viene a sintetizar todo aquello que deberá caracterizar a los futuros discípulos, en su permanencia fiel y constante.

Modelo de acogida, a quien Jesús le encarga su madre María, pues sabe que tras su muerte quedaría sólo, por ello la entrega al discípulo amado como madre y éste a su vez se reconoce como su hijo, y desde aquel momento la acoge en su casa como tal (19,26-27).

Es el primero en creer en la resurrección de Jesús. En el relato de la visita a la tumba junto a Pedro, quien entra primero y al no encontrar el cuerpo de Jesús se decepciona, mientras que el discípulo amado aunque entra después, ve y cree inmediatamente (20,8). Por ello, es también el primero en reconocerle en la cotidianidad de la vida (21,4-7) recordándole al primero de los apóstoles, Pedro, que “es el Señor”.

A partir de lo anterior, es posible decir que se constituye en el más fiel portador del testimonio sobre la resurrección de Jesús; garante de la verdadera doctrina. Porque ha permanecido con una fe inquebrantable junto a Jesús, le ha reconocido resucitado, y por ello puede dar testimonio para las generaciones de discípulos de todos los tiempos (21,24a). No obstante, es la misma comunidad quien reafirma que lo dicho por éste discípulo es un testimonio verdadero, del que se puede fiar (21,24b).

Su fidelidad, cercanía, amor, entrega, acogida y fe, fueron los elementos que le llevaron a inmortalizarlo en la memoria imborrable de la comunidad por medio del Evangelio de Juan. De ahí que se coloque en boca de Pedro que no moriría, y en efecto así lo fue, pues su testimonio sigue vivo y seguirá significando como modelo y prototipo de un discípulo que se dispuso totalmente a la acción de Cristo, en su vida.

Por lo tanto, la mención especial que hace el Cuarto Evangelio desde el inicio (1,35-40) hasta el final (21,24) del discípulo, o del discípulo al que Jesús amaba, deberá entenderse que más allá de la persona, éste discípulo se constituye en prototipo a seguir por lo que encarna para la comunidad joánica y de esta manera se constituye en un referente obligatorio para las futuras generaciones de seguidores. Modelo fundamental a tener en cuenta en toda experiencia de discipulado, que posibilitará una verdadera configuración con Jesús.

La configuración de su vida con Jesús, se constituye en un modelo a imitar por todo hombre o mujer que quiera seguir a Jesús. Así, los discípulos de todos los tiempos están llamados a imitar su fidelidad constante y permanente, mediante su amor incondicional. Pues, el distintivo del discípulo de ayer como de hoy, deberá estar marcado por el amor que debe manifestarse mediante el testimonio de vida, llamado también a encarnar este amor que permanece.

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