Las 4 fases del crecimiento cristiano

 

Introducción

Ser cristiano es un don que recibimos en el bautismo impartido en nombre de la Trinidad (Cf. Mt 28, 20). Desde entonces hemos crecido física, psicológica y socialmente, no así espiritualmente. Muchos nos hemos quedado a nivel de la primera comunión porque la hemos considerado un fin en sí misma, por lo que no hacía falta nada más para ser cristianos.

Y es que los que fuimos bautizados de niños no vivimos ningún encuentro fundante con Jesús que exigiera de nosotros una respuesta a su amor y nos moviera a la conversión. Creemos que creer es una cuestión cultural pero no una opción, una decisión personal ante la propuesta del Señor: «¿Me amas?»

La mayor parte de los bautizados olvidamos que el crecimiento cristiano es el proceso de llegar a ser más maduro en la relación con Jesucristo. Quien está creciendo espiritualmente se va configurando cada día más con Cristo. Los espiritualmente maduros podrán «distinguir el bien del mal» (Hb 5,14). El crecimiento espiritual comienza en el momento en que una persona llega a la fe en Cristo y debe continuar hasta que se encuentre en la presencia de Cristo después de esta vida. 

Un cristiano que no crece en todas las dimensiones de su ser es un cristiano si no muerto, sí estéril. El autor de Hebreos reprende a sus lectores ya que «os entra por un oído os sale por el otro» (Hb 5,11) y son como «un niño de pecho» (Hb 5,13). La crítica lleva a la exhortación: «Por eso, dejando a un lado las enseñanzas elementales acerca de Cristo, avancemos hacia la madurez» (Hb 6,1). El apóstol Pedro dice: «Más bien, creced en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. ¡A él sea la gloria ahora y para siempre! Amén» (2Pe 3,18).

La Sagrada Escritura ofrece información valiosa sobre cómo un cristiano puede crecer. Es el poder de Cristo en el creyente lo que nos da la capacidad de crecer (2Pe 1,3; Ef 3,20). Al confiar en su poder y seguir sus enseñanzas, podemos desarrollar una mayor madurez. 

Pedro da un vistazo al proceso: «haz todo lo posible para complementar tu fe con la virtud y la virtud con el conocimiento y el conocimiento con autodominio y autocontrol con constancia y firmeza con la piedad y la piedad con afecto fraternal, y afecto fraternal con amor, porque si estas cualidades son tuyas y aumentan, te impiden ser ineficaz o infructuoso en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo» (2Pe 1,5-8). 

La participación en una iglesia local y el ejercicio de nuestros dones espirituales son invaluables para el desarrollo de la madurez (Ef 4,11-16). En lugar de dejarse influir por todas las doctrinas erróneas que se presenten, podemos hablar «la verdad en amor», con el resultado de que «creceremos hasta ser en todo como aquel que es la cabeza, es decir, Cristo» (Ef 4,15).

Para evaluar el crecimiento espiritual, podemos medir nuestra mejora en los «frutos del Espíritu». El Espíritu desea producir estas cualidades en nosotros: «En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas». (Gá 5,22-23). 

Debemos ser conscientes de que el crecimiento a menudo viene a través de pruebas. Así como la fortaleza física se construye mediante el esfuerzo y el esfuerzo hace la resistencia, la fuerza espiritual se desarrolla en los tiempos difíciles de la vida. Santiago nos da ánimo: «Hermanos míos, considérense muy dichosos cuando tengan que enfrentarse con diversas pruebas, pues ya saben que la prueba de su fe produce constancia. Y la constancia debe llevar a feliz término la obra, para que sean perfectos e íntegros, sin que les falte nada» (St 1, 2-4). 

Debido a que el crecimiento viene a través de pruebas, las Escrituras también enseñan que no debemos cansarnos en el proceso. La madurez espiritual es el resultado de la persistencia, de la perseverancia. «No os canséis de hacer el bien» (2Ts 3,13). «No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos». (Gá 6,9). 

En la segunda carta del apóstol San Pedro explica que Dios nos exige que soportemos pacientemente los sufrimientos de esta vida mientras esperamos la vida que vendrá tiene un propósito. Así es como lo describe: «Por eso, queridos míos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, intachables e irreprochables, y considerad que la paciencia de nuestro Señor es nuestra salvación, según os escribió también nuestro querido hermano Pablo conforme a la sabiduría que le fue concedida» (2Pe 3,14-15).

Es la voluntad de Dios que crezcamos para ser más como Jesús. También tenemos la promesa de que el Señor mismo supervisará nuestro crecimiento y nos llevará a la madurez. «Estoy convencido de esto: el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús» (Flp 1,6). 

La paciencia de Dios está dirigida hacia nuestra salvación, o como dice otra traducción: «Si el Señor detiene su mano, cuéntalo como parte de su misericordia»[1] (2Pe 3,15).

[1] Traducción de J. Knox (1514-24 de noviembre de 1572) fue un predicador escocés, líder de la Reforma Protestante en Escocia y considerado el fundador de presbiterianismo. Influido por los primeros reformadores, como George Wishart, se unió al movimiento reformista de la Iglesia escocesa. Estuvo envuelto en los eventos eclesiásticos y políticos relacionados con la muerte del Cardenal Beaton en 1546 y en la intervención de la regente de Escocia, María de Guisa. Fue hecho prisionero por las fuerzas francesas al año siguiente, y tras su puesta en libertad en 1549 se exilió a Inglaterra. Es reconocido como el Padre de la Reforma en Escocia.

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