Lectio Divina 27 A

Lectio Divina

Domingo VI de Pascua A

17.05.2020

Lectio Divina Dominical VI de Pascua Ciclo A | Cristonautas.com

  1. Primera Lectura. 2

1.1.     Texto. 2

1.2.     Exégesis. 2

  1. Salmo. 2

2.1.     Texto. 2

  1. Segunda Lectura. 3

3.1.     Texto. 3

3.2.     Exégesis. 3

  1. Evangelio. 3

4.1.     Texto. 3

4.2.     Lectio. 4

4.3.     Meditatio. 4

4.4.     Contemplatio. 6

4.5.     Oratio. 8

4.6.     Actio. 8

 

 

1.   Primera Lectura

1.1.        Texto

Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo

 

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría. Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaría había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo; pues aún no había bajado sobre ninguno; estaban solo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

Palabra de Dios.

1.2.        Exégesis

La persecución de la Iglesia en Jerusalén es la circunstancia providencial para la expansión del Evangelio. La fuerza difusiva del Espíritu se extiende, en primer lugar, por Samaría (8, 5. 14). Así se va convirtiendo en realidad la promesa de Cristo (1,8).

El mensaje de Felipe a los judíos cismáticos de Samaría se centra en la proclamación del Mesías (8, 5, cfr Jn 4, 25-26). Es, ante todo, una proclamación pascual, como síntesis del misterio de Cristo, y que coincide con la «Buena Noticia» (8, 4. 12. 25. 35. 40). Proclamación confirmada por el Espíritu, que se manifiesta en «signos y curaciones» (8, 6-y), en «alegría» pascual y mesiánica, como consecuencia de la fe (8, 8; cfr 9, 31; 13, 52; 16, 34; Rm 14, 17; 15, 13).

Proclamación reconocida oficialmente por el colegio apostólico (8, 14) que «envía» a su jefe, Pedro, y a Juan, para completar y y ratificar el ministerio de Felipe (8, 16), mediante la oración, la imposición de las manos y el don del Espíritu (8, 15. 17). Así es el Espíritu el lazo de unión y la fuente de crecimiento, actuando a través de los responsables de la comunidad.

En la celebración eucarística, reunidos en torno al jefe de nuestra comunidad, proclamamos el mensaje pascual, que es Cristo, y recibimos la fuerza del Espíritu, que confirma nuestra unidad eclesial y alimenta nuestro testimonio de vida cristiana.

2.   Salmo

2.1.        Texto

R/.   Aclamad al Señor, tierra entera.

 

        V/.   Aclamad al Señor, tierra entera;
                tocad en honor de su nombre,
                cantad himnos a su gloria.

                Decid a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!».   R/.

 

        V/.   Que se postre ante ti la tierra entera,
                que toquen en tu honor,
                que toquen para tu nombre.
                Venid a ver las obras de Dios,

                sus temibles proezas en favor de los hombres.   R/.

 

        V/.   Transformó el mar en tierra firme,
                a pie atravesaron el río.
                Alegrémonos en él.

                Con su poder gobierna eternamente.   R/.

 

        V/.   Los que teméis a Dios, venid a escuchar,
                os contaré lo que ha hecho conmigo.
                Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica

                ni me retiró su favor.   R/.

3.   Segunda Lectura

3.1.        Texto

Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu

 

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.

QUERIDOS hermanos:

Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto, teniendo buena conciencia, para que, cuando os calumnien, queden en ridículo los que atentan contra vuestra buena conducta en Cristo.

Pues es mejor sufrir haciendo el bien, si así lo quiere Dios, que sufrir haciendo el mal.

Porque también Cristo sufrió su pasión, de una vez para siempre, por los pecados, el justo por los injustos, para conduciros a Dios. Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu.

Palabra de Dios.

3.2.        Exégesis

Pedro describe la conducta que ha de guardar el cristiano en las persecuciones. El fundamento de su conducta es la imitación de Cristo, que sufrió la muerte por todos, incluso por los pecadores.

—El cristiano debe considerarse feliz al sufrir persecuciones y no ha de tener miedo.

—Debe ser capaz de defender su vida cristiana, su esperanza, ante los tribunales.

—En su conducta personal no ha de dar motivo para ninguna acusación; la buena conducta, la dulzura, el respeto incluso con los perseguidores, es el modo cristiano de defender la verdad.

— Y toda esta conducta es una santificación del Señor: un acto de culto a él.

 

4.   Evangelio

4.1.        Texto

Le pediré al Padre que os dé otro Paráclito

 

✠ Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

Palabra del Señor.

4.2.        Lectio

  1. a) Para colocar el pasaje en su contexto:

Estos versículos nos conducen al lugar santo donde Jesús ha celebrado la última cena con sus discípulos: lugar de su revelación, de su gloria, de su enseñanza y de su amor. Aquí estamos invitados también nosotros a sentarnos a la mesa con Jesús, a inclinarnos sobre su pecho para recibir su mandamiento y prepararnos, así a entrar también nosotros, con Él, en la pasión y en la resurrección. Después del pasaje 13, 1-30,31, que relata los gestos, las palabras, los sentimientos de Jesús y de los suyos durante la cena pascual, con 13,31 entramos en las palabras del último gran discurso de Jesús, que terminará con la oración sacerdotal del capítulo 17. Aquí estamos, por tanto, todavía en los comienzos; en 14, 1-14 Jesús se había presentado, ofreciéndose como camino al Padre, mientras en estos pocos versículos introduce la promesa del envío del Espíritu Santo, como Consolador, como presencia cierta, pero también la promesa de la venida del Padre y de Él mismo en lo íntimo de los discípulos que, por la fe, creerán en Él y guardarán sus mandamientos.

  1. b) Para ayudar en la lectura del pasaje:
  2. 15-17: Jesús ante todo, dice claramente, delante de sus discípulos, que el amor a Él, si es verdadero amor, lleva infaliblemente a la observancia de los mudamientos. Quiere decirnos, en suma, que si no hay observancia, significa que nosotros no tenemos el amor; élla es una consecuencia esencial, irrenunciable, que nos revela si nos amamos de veras o nos creemos ilusoriamente que amamos. Jesús dice también que el don del Espíritu Santo por parte del Padre es fruto de este amor y de esta observancia, que suscitan la oración de Jesús, gracias a la cual nosotros podemos recibir al Espíritu. Y explica lo que él sea: el Consolador, el Espíritu de la verdad, aquél a quien el mundo no ve, no conoce, pero los discípulos sí, y aquél que mora junto a ellos y que está dentro de ellos.

vv.18-20: Jesús promete su venida, su regreso, que está por realizarse en su resurrección; anuncia su desaparición en la pasión, en la muerte, en la sepultura, pero también su reaparición a los discípulos, que lo verán, porque Él es la resurrección y la vida. Y revela su relación con el Padre, dentro de la cuál invita a ellos y también a nosotros; dice, en efecto, que conoceremos, es decir que experimentaremos en lo profundo. Consolación más grande que ésta, no puede ser prometida, de ningún modo, por ninguno al mundo, sino por Jesús.

  1. 21: Aquí el discurso de Jesús se extiende para todos; pasa del “vosotros” de los discípulos al “quien” de quienquiera que comience a amarlo, a entrar en relación con Él y a seguirlo. Lo que le ha sucedido a los discípulos, a los primeros elegidos, sucederá a todo el que crea en Él. Y aquí Jesús abre para nosotros, para cada uno, su relación de amor con el Padre, porque permaneciendo en Cristo, nosotros somos también conocidos y amados por el Padre. En fin, Jesús promete de nuevo su amor para quien lo ama y la revelación de sí mismo, a saber, una manifestación interrumpida de su amor por nosotros.

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4.3.        Meditatio

Los personajes que se nos presentan en el pasaje: el Padre, Jesús, el Espíritu, los discípulos, el mundo

El Padre. Esta presencia aparece enseguida como el punto de referencia de Jesús, el Hijo; es a Él a quien se dirige la propia oración. Dice, de hecho: “Yo rogaré al Padre”. Es este contacto tan particular e íntimo el que hace de Jesús el Hijo de su Padre, que lo confirma continuamente en esta realidad; la relación de amor con el Padre se alimenta y se tiene en vida precisamente por la oración, hecha durante las noches, en los momentos del día, en las necesidades, en las peticiones de ayudas, en el dolor, en la prueba más desgarradora. Si recorremos los Evangelios, muchas veces, encontraremos a Jesús así, unido en la relación con el Padre a través de la oración. Puedo leer algunos pasos: Mt 6,9; 11,25; 14,23; 26,39; 27,46; Lc 21,21s; 6,12; 10,21; 22,42; 23,34.46; Jn 11,41s; 17,1. Siento que este camino es también el mío; Jesús lo ha recorrido hasta el final, dejándome sus huellas luminosas y seguras, para que yo no tenga miedo de seguirlo en esta experiencia. También yo soy hijo del Padre, también yo puedo rezarle.
Inmediatamente después viene presentado por Jesús como Aquél que da. El dar, en efecto, es la característica principal de Dios, que es un don sin interrupción, sin medida, sin cálculo, para todos y en todo tiempo; el Padre es Amor y el Amor se da a sí mismo, da todo. No le basta habernos dado a Jesús, su Hijo predilecto, sino que aun quiere beneficiarnos, ofrecernos vida y nos envía el Espíritu Santo. Pues, como está escrito: “El que no perdonó a su propio Hijo, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos ha de dar con Él todas las cosas?” (Rom 8,32).

Pero, todavía más: ¡el Padre nos ama! (Jn 14,23; 16,27) Y este su amor nos hace pasar de la muerte a la vida, de la tristeza del pecado al gozo de la comunión con Él, de la soledad del odio, al compartir, porque el amor de Dios comporta necesariamente el amor por los hermanos.

El Hijo Jesús. En estos pocos versículos la figura y la presencia de Jesús emergen con una fuerza, con una luminosidad enormes. Él aparece primero como el orante, aquél que ora al Padre en nuestro favor; alza las manos en oración por nosotros, así como las alza en ofrenda sobre la cruz. Jesús es aquél que no se va para siempre, que no nos deja huérfanos, sino que vuelve: “Yo volveré”. Si parece ausente, no debo desesperar, sino debo continuar creyendo que Él, verdaderamente, volverá. “¡Sí, vendré pronto!” (Ap 22,20) Volverá y, como ha dicho, nos tomará con Él, para que estemos en donde Él está. (Jn 14,3)

Jesús es el viviente por siempre, el vencedor de la muerte. Él está en el Padre y está en nosotros, con una fuerza omnipotente, que ninguna realidad puede desbaratar. Él está dentro del Padre, pero también dentro de nosotros, habita en nosotros, permanece con nosotros; no hay otra posibilidad de vida plena y verdadera, para nosotros, sino en esta compenetración de ser que el Señor Jesús nos ofrece. Él dice sí, incesantemente y no se arrepiente, no se retrae.
¡Al contrario! Él nos ama, como el Padre nos ama y se manifiesta a nosotros. Se da, se ofrece, dejándose conocer por nosotros, dejándose experimentar, tocar, gustar. Pero es una manifestación que se espera con amor, como dice Pablo (2Tim 4,8).

El Espíritu Santo. En este pasaje el Espíritu del Señor parece la figura necesaria, que abraza toda cosa: él une al Padre con el Hijo, lleva el Padre y el Hijo en el corazón de los discípulos; crea una unión de amor impagable, unión de ser. Se le llama con el nombre de Paráclito, o sea, Consolador, aquél que permanece con nosotros siempre, que no nos deja solos, abandonados, olvidados; él viene y nos recoge de los cuatro vientos, de la dispersión y sopla dentro de nosotros la fuerza para el regreso al Padre, al Amor. Sólo él puede hacer todo esto: es el dedo de la mano de Dios, que aún hoy, escribe sobre el polvo de nuestro corazón las palabras de una alianza nueva, que no podrá ya ser olvidada.

Es el Espíritu de la verdad, a saber, de Jesús; en él no hay engaño, no hay mentira, sino la luminosidad cierta de la Palabra del Señor. Él ha construido su morada en nosotros; ha sido enviado y ha realizado el pasaje de estar junto a nosotros a dentro de nosotros. Se ha hecho una sola cosa con nosotros, aceptando esta unión nupcial, esta fusión; él es el bueno, el amigo de los hombres, es el Amor mismo. Por eso se dona así, llenándonos de gozo. ¡Cuidado con entristecerlo, con arrojarlo fuera, sustituyendo su presencia con otras presencias, otras alianzas de amor; moriremos, porque ninguno podrá ya consolarnos en su lugar!

Los discípulos. Las palabras dirigidas a los discípulos de Jesús son las que me interpelan más de cerca, con mayor fuerza; son para mí, entran en mi vida de cada día, alcanzan mi corazón, mis pensamientos, mis deseos más ocultos. Se me pide un verdadero amor, que sepa transformarse en gestos concretos, en atención a la Palabra y al deseo de aquél al que yo digo que amo, el Señor. Un amor verificable a través de mi observancia de los mandamientos. El discípulo, aparece como aquél que sabe esperar a su Señor, que vuelve; ¿a medianoche, al canto del gallo o ya cuando es de mañana? No importa; Él volverá y por eso es necesario esperarlo, estando preparados. ¿Qué clase de amor es, un amor que no vigila, que no guarda, que no protege? El discípulo es también uno que conoce: se trata de un conocimiento venido de lo alto, que se realiza en el corazón, o sea, en la parte más íntima de nuestro ser y de nuestra personalidad, allá donde nosotros tomamos las decisiones para obrar, allá donde comprendemos la realidad, formulamos los pensamientos, vemos, amamos. Es el conocimiento en sentido bíblico, que nace de una experiencia fuerte, prolongada, íntima, nace de una unión profunda y del don recíproco. Esto sucede entre el Espíritu y el verdadero discípulo de Jesús. Un conocimiento incontenible, siempre en expansión, que nos lleva a Cristo, al Padre y nos coloca dentro de su comunión de amor, infinita eterna: “Sabed que yo estoy en el Padre y vosotros en mí y yo en vosotros”. El discípulo es también aquél, que está en, o sea dentro, en unión increíble con su Señor; no permanece en la superficie, a distancia, a intervalos, sino que él esta siempre en relación de amor. Él mismo se va, vuelve y regresa, se deja atraer, tratar. Y así realiza las palabras del Evangelio: “Quien me ama, será amado por mi Padre”.
El discípulo de Jesús, finalmente, es un amado, un predilecto, desde siempre y por siempre.

El Mundo. El pasaje nos ofrece pocas palabras en referencia a esta realidad, que sabemos que es muy importante en los escritos de Juan: el mundo no puede recibir el Espíritu, porque no lo ve y no lo conoce. El mundo es ciego y está inmerso en las tinieblas, en el error, no ve y no conoce, no realiza la experiencia del amor de Dios. El mundo permanece lejano, se vuelve atrás, se cierra, se va. El mundo responde con odio al amor que el Señor tiene por él: el Padre ha amado tanto al mundo que ha dado su Hijo unigénito. Quizás nosotros debemos también amar al mundo, criatura de Dios; amarlo uniéndonos en el ofrecimiento, en el sacrificio del Jesús por él. ¿Está aquí, en este punto preciso, en el ofrecimiento de Cristo, también nuestra llegada, nuestra verdad más plena, más luminosa, como hijos del Padre, como discípulos, como amantes?¿Está aquí la conclusión de esta lectio divina, de este encuentro con Cristo, con el Padre y con el Espíritu? A lo mejor, verdaderamente es así; debemos llegar a la plenitud del amor, que es la observancia de los mandamientos de Jesús: amad, como yo he amado.

4.4.        Contemplatio

Paráclito es un término griego que significa: o bien consolador o bien defensor o bien ambas cosas a la vez. Aplicado al Espíritu Santo este título constituye el arribo de un tema presente en toda la Biblia. En el Antiguo Testamento Dios es el gran consolador de su pueblo, el que proclama: «Yo, yo soy tu consolador» (al pie de la letra en la versión de los Setenta, ¡tu Paráclito!) (Isaías 51, 12), aquel que «consuela como una madre» (Isaías 66, 13). Esta conso­lación de Dios o este «Dios de la paciencia y del consuelo» (Romanos 15,5) se ha «encarnado» en Jesucristo, que se define indirectamente como el primer consolador, defensor o Paráclito.

Es él quien clama en el Evangelio: «Venid a mí todos los que estáis cansados y fatigados, y yo os daré descanso» (Mateo 11, 28). El Espíritu Santo siendo en esto, como en cualquier otro ámbito, quien continúa la obra de Cristo y quien lleva a cumplimiento las obras comunes de la Trinidad, no podía no definirse, también él, como el Consolador, «defensor, que esté siempre con vosotros», como lo define Jesús.

Pero, todo esto no basta para explicar por qué Juan en su Evangelio insista tanto en el título de Paráclito. Eso debe su origen y su importancia asimismo en la experiencia. La Iglesia entera después de Pascua ha hecho una experiencia viva y fuerte del Espíritu como consolador, defensor y aliado en las dificultades externas e internas, en las persecuciones, en los procesos y en la vida de cada día.

En los Hechos leemos: «Las iglesias por entonces gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaria; pues se edificaban y progresaban en el temor del Señor y estaban llenas de la consolación (paraclesis) del Espíritu Santo» (Hechos 9,31).

Paráclito, he dicho, puede significar dos cosas: defensor y consolador. En los primeros siglos, cuando la Iglesia está en estado de persecución y hace la experiencia cotidiana de procesos y condenas, se ve en el Paráclito sobre todo al abogado y al defensor divino contra los acusadores humanos. Él se ha ejercitado como el que asiste a los mártires y ante los jueces en los tribunales; el que pone en su boca la palabra que nadie está en disposición de contradecir.

Saliendo de la era de las persecuciones se traslada el acento y el significado predominante del Paráclito llega a ser el de consolador en las tribulaciones y en las angustias de la vida. San Buenaventura pone en comparación entre sí a la consolación de los hombres y la del Espíritu Santo y ve tres diferencias fundamentales entre las dos.

«La consolación del Espíritu es verdadera, perfecta y proporcionada. Es verdadera, porque usa la consolación allí donde ha de aplicarla, esto es, en el alma, no en los instintos de la carne, lo cual es lo opuesto de cuanto hace el mundo, que consuela la carne y aflige al alma, semejante en esto a un hospedero malo, que cuida al caballo y desatiende al caballero.

Es perfecta, porque consuela en cada tribulación; no como hace el mundo, que, al dar una consolación, proporcionados tribulaciones, como uno que remienda un viejo gabán cerrando un agujero y abriendo otros dos. Es proporcionada, porque allá donde hay una mayor tribulación aporta una mayor consolación; no como hace el mundo que consuela y lisonjea en la prosperidad y en la adversidad irrita y condena».

Ahora, debemos sacar de nuestra contemplación del Paráclito una consecuencia práctica y Operativa. En efecto, no basta estudiar el significado del término Paráclito y ni siquiera honrar e invocar al Espíritu Santo con este nombre. ¡Es necesario que nosotros mis­mos lleguemos a ser paráclitos!

Si es verdad que el cristiano debe ser un alter Christus u otro Cristo, es asimismo verdadero que debe ser «otro Paráclito». Éste es un título para imitar y para vivir, no sólo para comprender.

Mediante el Espíritu Santo ha sido derramado el amor de Dios en nuestros corazones (cfr. Romanos 5, 5); esto es, bien sea el amor con que somos amados por Dios bien sea el amor por el que somos hechos capaces, a nuestra vez, de amar a Dios y al prójimo. Aplicada a la consolación (la forma que toma el amor ante el sufrimiento de la persona amada) la palabra del Apóstol viene a decirnos una cosa importantísima: que el Paráclito no se limita a darnos algo de consuelo, como un deleite, sino que nos enseña el arte de consolar.

En otras palabras, no sólo nos consuela sino que también por nuestra parte nos hace capaces de consolar a los demás. Nos lo explica bien san Pablo. Él escribe: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación, que nos con­suela en toda tribulación nuestra para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios!» (2 Corintios 1, 3-4).

La palabra griega, de la que proviene el nombre Paráclito, vuelve a aparecer en este texto, al menos, cinco veces, bien como verbo bien como sustantivo. Contiene lo esencial para una teología de la consolación.

El consuelo verdadero viene de Dios, que es el «Padre de toda consolación». Viene sobre quien está en la aflicción; pero, no se detiene en él. Su fin último es logrado cuando quien ha experimentado el consuelo se sirve, a su vez, de él para consolar a otros.

Pero, ¿consolar cómo? Aquí está lo importante. Con la consolación misma con que él ha sido consolado por Dios; con un consuelo divino, no humano. No contentándose con repetir inútiles palabras de circunstancias, que pronto abandonan el terreno que encuentran («¡ánimo, no te desanimes; verás que todo se resolverá según lo mejor!»), sino «para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza» (Romanos 15, 4). Así se explican los milagros que una sencilla palabra o un gesto, puestos en un clima de oración, son capaces de realizar junto a la cabecera de un enfermo con la fe en la presencia del Espíritu. Es Dios el que está consolando a través de ti.

En un cierto sentido, hasta el Espíritu Santo tiene necesidad de nosotros para ser Paráclito. Él quiere consolar, defender, exhortar; pero, no tiene boca ni manos ni ojos para «dar cuerpo» a su consuelo. O mejor, tiene nuestras manos, nuestros ojos y nuestra boca.

Nuestra alma puede hasta desear hacer una sonrisa o una caricia (a un niño, a la mujer o al marido); pero, de por sino puede conseguirla; tiene necesidad que la mano traduzca en acto su deseo. Como el alma actúa, se mueve, sonríe, a través de los miembros de nuestro cuerpo, así el Espíritu Santo actúa con los miembros de «su» cuerpo, que es la Iglesia.

Cuando el Apóstol les exhorta a los cristianos de Tesalónica diciendo: «Consolaos mutuamente» (1 Tesalonicenses 5, 11) es como si nos dijese: «Haceos paráclitos» los unos de los otros. Si el consuelo, que recibimos del Espíritu, no pasa de nosotros a los demás, si queremos guardarlo egoístamente sólo para nosotros, el consuelo bien pronto se corrompe.

 

4.5.        Oratio

«Ven, Espíritu divino,

manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre;

don, en tus dones espléndido;

luz que penetra las almas;

fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,

descanso de nuestro esfuerzo,

tregua en el duro trabajo,

brisa en las horas de fuego,

gozo que enjuga las lágrimas y

 reconforta en los duelos».

 

4.6.        Actio

  • Lee de nuevo el texto del evangelio. Reflexiónalo, vívelo, comunícalo.
  • Aprende a vivir en paz, en la paz de Dios, aunque las circunstancias sociales, políticas, económicas… te inviten a vivir en continuo sobresalto. Los grandes santos fueron almas llenas de paz interior, de la paz de Dios.
  • En tu familia, en tu grupo de fe o comunidad, entre tus amigos/as…, cuando haya discrepancias o tensiones ayuda a acercar posturas y a crear un clima de entendimiento, de mutua aceptación y diálogo.
  • Siembra la paz y busca el bien de todos, no excluyas a nadie, respeta las diferencias, fomenta lo que une…

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