Lectio divina_D5C_A

Lectio Divina del Domingo V de Cuaresma (A)

Resultado de imagen de Jn 11, 1-45

  1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.

Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Tí, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

  1. Lectura
  2. a) Una clave de lectura:

En el evangelio leemos el texto que describe la resurrección de Lázaro. Durante la lectura, trata de seguir al grupo, los discípulos, hombres y mujeres que siguen a Jesús desde la Galilea hasta Betania. Debes seguir con atención todo cuanto acontece, desde el momento del anuncio de la enfermedad del hermano que Marta y María han enviado a Jesús que se encuentra en Galilea, hasta la resurrección de Lázaro.

  1. b) Una división del texto para ayudar a la lectura:

Jn 11,1-16: Jesús recibe el aviso y regresa a Betania para resucitar a Lázaro.

Jn 11,17-31: El encuentro de Jesús con las dos hermanas y la profesión de fe de Marta.

Jn 11,32-45: El gran signo de la resurrección de Lázaro.

 

PRIMERA LECTURA

Ez 37, 12-14

Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis

Lectura de la profecía de Ezequiel.
ESTO dice el Señor Dios:
«Yo mismo abriré vuestros sepulcros,
     y os sacaré de ellos, pueblo mío,
     y os llevaré a la tierra de Israel.
Y cuando abra vuestros sepulcros
     y os saque de ellos, pueblo mío,
     comprenderéis que soy el Señor.
Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis;
     os estableceré en vuestra tierra
     y comprenderéis que yo, el Señor, lo digo y lo hago
     —oráculo del Señor—».

Palabra de Dios.

 

Salmo responsorial

Sal 129, 1-2. 3-4ab. 4c-6. 7-8

R/.   Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

        V/.   Desde lo hondo a ti grito, Señor;
                Señor, escucha mi voz,
                estén tus oídos atentos
                a la voz de mi súplica.   R/.

        V/.   Si llevas cuentas de los delitos, Señor,
                ¿quién podrá resistir?
                Pero de ti procede el perdón,
                y así infundes respeto.   R/.

        V/.   Mi alma espera en el Señor,
                espera en su palabra;
                mi alma aguarda al Señor,
                más que el centinela la aurora.
                Aguarde Israel al Señor,
                como el centinela la aurora.   R/.

        V/.   Porque del Señor viene la misericordia,
                la redención copiosa;
                y él redimirá a Israel
                de todos sus delitos.   R/.

SEGUNDA LECTURARom 8, 8-11

El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita entre vosotrosLectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.
HERMANOS:
Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.
Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

Palabra de Dios.

Versículo antes del Evangelio Jn 11, 25a. 26

Yo soy la resurrección y la vida —dice el Señor—;
el que cree en mí no morirá para siempre.

 

EVANGELIO (forma larga)

Jn 11, 1-45 Yo soy la resurrección y la vida

✠ Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, aquel tiempo, había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo:
    «Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo:
    «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
Solo entonces dijo a sus discípulos:
    «Vamos otra vez a Judea».
Los discípulos le replicaron:
    «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?».
Jesús contestó:
    «¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche tropieza, porque la luz no está en él».
Dicho esto, añadió:
    «Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo».
Entonces le dijeron sus discípulos:
    «Señor, si duerme, se salvará».
Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural.
Entonces Jesús les replicó claramente:
    «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su encuentro».
Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:
    «Vamos también nosotros y muramos con él».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano.
Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús:
    «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
    «Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
    «Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
    «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
    «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja:
    «El Maestro está ahí y te llama».
Apenas lo oyó se levantó y salió adonde estaba él, porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole:
    «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano».
Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
    «¿Dónde lo habéis enterrado?».
Le contestaron:
    «Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
    «¡Cómo lo quería!».
Pero algunos dijeron:
    «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
    «Quitad la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
    «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Jesús le replicó:
    «No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios ?».
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
    «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
    «Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
    «Desatadlo y dejadlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Palabra del Señor.

EVANGELIO (forma breve)

Jn 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45

Yo soy la resurrección y la vida

✠ Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo:
    «Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo:
    «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
Solo entonces dijo a sus discípulos:
    «Vamos otra vez a Judea».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús:
    «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
    «Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
    «Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
    «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
    «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
    «¿Dónde lo habéis enterrado?».
Le contestaron:
    «Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
    «¡Cómo lo quería!».
Pero algunos dijeron:
    «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
    «Quitad la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
    «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Jesús le replicó:
    «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
    «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
    «Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
    «Desatadlo y dejadlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Palabra del Señor.

© Conferencia Episcopal Española

 

Lectio

La historia de la resurrección de Lázaro puede considerarse una introducción real a la historia de la pasión, que terminará con la resurrección del mismo Jesús.

La narración comienza con la presentación de los protagonistas: Lázaro, forma griega de El-Azar, Dios da ayuda, las hermanas María y Marta (Jn 12,1-8; Mt 26,6-13; Mc 14,3-9). María es presentada como «la que roció al Señor con perfume y secó sus pies con su cabello» (Jn 11, 2); el verbo está en tiempo pasado, pero en realidad el gesto se narra en el próximo capítulo (Jn 12, 1-8; cf. Mt 26, 6-13) y se coloca en el banquete festivo después de la resurrección de Lázaro; Jesús relaciona el gesto de María con su entierro (Jn 12,7).

No debe haber confusión entre María, la hermana de Lázaro, y la pecadora nombrada en Lc 7,36ss. Esta identificación no es conocida por los padres antes de san Gregorio Magno, y los exégetas contemporáneos la niegan.

Lázaro se enferma gravemente y las hermanas lo denuncian a Jesús, sin solicitar explícitamente su intervención, al igual que la madre de Jesús, quien le indica la falta de vino en la boda en Caná sin agregar nada más (Jn 2, 3). No hace falta decir que Jesús, dada la familiaridad con estas personas, también comprende lo que guardan en silencio por discreción.

Jesús comenta las noticias diciendo que no es una enfermedad para la muerte, sino para la gloria de Dios y la glorificación del Hijo (Jn 11.4; cf. 9.3). En el Evangelio de Juan, la glorificación del Hijo es el acontecimiento pascual (cf. Jn 3,14: 8,28; 12,16-23; 13,31-32; 17,5) y la resurrección de Lázaro es la anticipación.

Jesús se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Luego, con gran determinación, invita a los discípulos: «¡Vayamos de nuevo a Judea!» (Jn 11,7). Él sabe que su misión debe cumplirse allí y quiere llevarla a cabo con coraje. Lucas también nos presenta a un Jesús resuelto cuando se embarca en su último viaje a Jerusalén, es un Jesús que «endurece su rostro como pedernal», es decir, recuerda todo su coraje, antes de abordar el camino de la pasión con determinación (cf. Lc 9,51).

Tan pronto como Jesús expresó su voluntad de ir a Judea, los discípulos le recordaron con temor que había sido amenazado de muerte allí (Jn 11, 8). Jesús responde con una parábola (Jn 11, 9-10) para tranquilizar a los discípulos, quienes, sin embargo, continúan vacilantes y, tan pronto como Jesús dice que Lázaro se ha quedado dormido y quiere ir a recogerlo del sueño, no quieren entender y avanzar la objeción de que si está dormido se recuperará. Quieren disuadir a Jesús de ir a Judea y no entienden el segundo sentido de las palabras de Jesús, que se refiere al sueño de la muerte. Entonces Jesús declara abiertamente que Lázaro está muerto y que es bueno que él no estuviera presente, porque ahora tendrán mayor fe en él. Luego renueva su invitación para irse a Judea. Entre los discípulos temerosos se destaca Tomas (llamado Didymus -gemelo-).

Cuando Jesús llegó a Betania, Lázaro llevaba enterrado cuatro días (Jn 11,18) y muchas personas se reunieron en la casa de Marta y María para participar en su duelo (Jn 11,19).

Tan pronto como Marta se entera de la llegada de Jesús, ella va inmediatamente a su encuentro, mientras que María se queda en casa (Jn 11, 20). Este detalle recuerda el episodio narrado por Lucas 10,38-42; probablemente ambos evangelistas tenían recuerdos muy vívidos de la misma familia y en particular de las dos hermanas.

La conversación de Jesús con Marta presenta las razones teológicas de la revelación de Jesús, que se presenta como «resurrección y vida». De hecho, la profesión de fe de Marta en la resurrección final (Jn 11,24, cf. Dn 12,1-3; 2Mac 7,22-24,12,44) es actualizada por Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11, 25). Es una recuperación más explícitamente referida a su persona de lo que ya había dicho: «En verdad, en verdad, te digo: se acerca la hora y ya está aquí en que los muertos escucharán la voz del Hijo de Dios y aquellos que la han escuchado vivirán» (Jn 5, 25).

A la pregunta de Jesús «¿Crees esto?». Marta responde con la hermosa profesión de fe similar a la de Simón Pedro: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (Jn 11,27, cf. Mt 16, 16).

Marta luego va a llamar a María, que también se apresura a encontrarlo. Sus invitados la siguen, que creen que ella salió para ir a la tumba (Jn 11, 28-31).

Cuando ve a María y a los demás llorando, Jesús está preocupado (tarasso) y llora (dakryo) (Jn 11,33.35). El llanto y la perturbación de Jesús frente a la muerte de Lázaro anticipan la perturbación frente a su propia muerte: «Ahora mi alma está agitada (tarasso) y ¿qué diré? ¿Padre líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora» (Jn 12,27).

En el sepulcro hay otra conversación con Marta que se opone a la solicitud de Jesús de abrir el sepulcro; ella aún no ha entendido completamente las palabras de Jesús.

Tan pronto como se quita la piedra, Jesús levanta con la plena confianza de recibir una oración de acción de gracias al Padre y lo hace en voz alta, para que los transeúntes escuchen y crean, luego en una «voz fuerte» exclama: «¡Lázaro, sal!» Y Lázaro obedece (Jn 11,41-44).

 

Meditatio

La transición de la muerte a la vida, es el centro del mensaje de este domingo, el episodio de la resurrección de Lázaro es el preludio a la Pascua cuya celebración se está acercando. La resurrección aparece como un evento histórico: la muerte en la que yacen los hijos de Israel es la situación de exilio en Babilonia de la que resucitarán regresando a la tierra de Israel (primera lectura); aparece como un evento espiritual que caracteriza al creyente que, al dejarse guiar por el Espíritu de Dios, pasa de la vida en la carne, es decir, en el egoísmo y el pecado, a la vida en Cristo (II lectura); aparece como un evento personal y corporal lo que lleva a Lázaro a salir de la tumba al escuchar la palabra de Jesús (evangelio). Los textos también destacan tres dimensiones de la muerte: si solo la muerte de Lázaro es física, la muerte espiritual de quienes viven encerrados en sí mismos y la muerte simbólica de las personas deportadas no son menos dramáticas y reales.

La muerte comunitaria de la que habla Ezequiel es la situación de muerte de la esperanza: «Nuestra esperanza se fue, estamos perdidos» (Ez 37,11). También nosotros, en nuestras relaciones (una amistad, un amor, un matrimonio), comunitaria y eclesial que vivimos, podemos experimentar la muerte de la esperanza, la ausencia de un futuro. Sin embargo, el nacimiento de la fe en la resurrección y la esperanza de la Pascua ocurre a través de la muerte de otras esperanzas. El Espíritu creador es también el Espíritu que da vida y despierta la esperanza donde reina la muerte.

Para Pablo, el hombre que vive «en la carne», en autosuficiencia egoísta, hace su propia tumba desde su corazón y se encuentra en la muerte espiritual. Pero el Espíritu de resurrección que fortalece la impenetrabilidad de la muerte y hace salir de las tumbas, puede penetrar los cierres individualistas y egoístas y, al colocar la vivienda en el corazón humano y habitarla, puede introducir al hombre en una nueva vida.

El pasaje del Evangelio es una pedagogía hacia la fe en Cristo, que es resurrección y vida. El diálogo entre Jesús y Marta se centra en creer: «el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11,25); «¿Crees esto?» (11,26); «Sí, Señor, creo» (11,27). Ante la inseguridad y la precariedad que la perspectiva de la muerte engendra en nuestras vidas («a causa de la muerte, nosotros, los hombres, somos como ciudades sin muros»: Epicuro), estamos tentados a construir baluartes, defensas y barreras con que protegernos. El miedo nos lleva a ponernos a la defensiva. Y así también hacemos de la vida una muerte, una esclavitud («los hombres son esclavos toda su vida por miedo a la muerte»: Heb 2,15): tratando de defendernos de la muerte, en realidad nos alejamos de la vida. Jesús, por otro lado, pidiendo fe, confianza, pide entrar en su actitud hacia la muerte («La fe es el lugar de la resurrección. La fe de Jesús es, por lo tanto, un magisterio porque aprendemos a creer: Padre «lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado» (Jn 11, 42). Proclama una homilía del Pseudo Hipólito: «¡Habiendo visto la obra divina del Señor Jesús, no dudes más de la resurrección! Lázaro sea para ti como un espejo: contemplándote en él, cree en el despertar».

Si la fe es el lugar de la resurrección, el amor es su fortaleza: Jesús amaba mucho a Lázaro (11,5) y este amor se hizo visible en su fuerte grito (11,35-36). El amor integra la muerte en la vida y encuentra su significado en el don: dar la vida se convierte en dar vida. Tener fe en Jesús, que es la resurrección y la vida, significa hacer del amor un lugar donde la muerte se ponga al servicio de la vida.

La fe y el amor se manifiestan en la palabra con la que Jesús levanta a Lázaro: el escándalo y la locura de llamar a los que murieron y yacen en el sepulcro es posible gracias a la fe en Dios que resucita a los muertos y al amor, al amor humanísimo que ligaba a Jesús y a Lázaro. El poder de la resurrección de la palabra de Jesús está en la fe y el amor que la habita.

 

Oratio

Tienes palabras de vida eterna

eres comida y bebida

Tú eres el camino, la verdad y la vida.

Eres la luz que brilla en la oscuridad

la lámpara en el candelabro, la casa en la montaña.

Eres el ícono perfecto de Dios.

Gracias a ti puedo ver al Padre Celestial,

y contigo puedo encontrar la manera de contactarlo.

Sé mi Señor, mi Salvador, mi Redentor.

mi guía, mi consolador, mi comodidad,

Mi esperanza, mi alegría, mi paz.

Quiero darte todo lo que soy.

Déjame darte todo

todo lo que tengo, pienso, hago y siento.

Es todo tuyo, Señor.

Por favor acéptalo y hazlo tuyo.

Amén.

 

Contemplatio

 

La vida eterna: ¿qué es?

«Tal vez muchas personas rechazan hoy la fe simplemente porque la vida eterna no les parece algo deseable. En modo alguno quieren la vida eterna, sino la presente y, para esto, la fe en la vida eterna les parece más bien un obstáculo. Seguir viviendo para siempre –sin fin– parece más una condena que un don. Ciertamente, se querría aplazar la muerte lo más posible. Pero vivir siempre, sin un término, sólo sería a fin de cuentas aburrido y al final insoportable. Esto es lo que dice precisamente, por ejemplo, el Padre de la Iglesia Ambrosio en el sermón fúnebre por su hermano difunto Sátiro: “Es verdad que la muerte no formaba parte de nuestra naturaleza, sino que se introdujo en ella; Dios no instituyó la muerte desde el principio, sino que nos la dio como un remedio […]. En efecto, la vida del hombre, condenada por culpa del pecado a un duro trabajo y a un sufrimiento intolerable, comenzó a ser digna de lástima: era necesario dar un fin a estos males, de modo que la muerte restituyera lo que la vida había perdido. La inmortalidad, en efecto, es más una carga que un bien, si no entra en juego la gracia”. Y Ambrosio ya había dicho poco antes: “No debemos deplorar la muerte, ya que es causa de salvación”».

(BENEDICTO XVI, Spe Salvi , 10).

 

Actio

En lo personal, voy a volver a releer este texto, viendo las acciones de Jesús y tratando de imitarlas, especialmente en sus momentos de oración. Y con esta idea, este texto tan importante, veré de buscar a algún amigo que esté pasando por un momento importante en su vida, para animarlo a que en su oración pueda ser confiado. Así demostraré que sí estoy cumpliendo con enseñar lo que Dios pide.

Con tu grupo, vas a insistir en las palabras de Jesús que repetimos en la contemplación. Y buscaremos una manera como grupo para enseñarle a los demás a tener confianza. Puede ser poner un cartel en la Iglesia sobre el tema. También es muy necesario que en este tiempo de cuaresma estemos cerca de las personas que sufren o que tienen necesidades. Vamos a buscarlas y darles ánimo para recordar que Dios siempre nos escucha.

 

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