Lectio Divina_Domingo IV de Cuaresma

Lectio Divina. Domingo IV de Cuaresma

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Oración

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.

Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

Introducción

El cuarto domingo de Cuaresma recibe tradicionalmente el nombre de «domingo laetare», de la alegría, porque están ya más cerca las fiestas pascuales. La Iglesia es llamada en este tiempo a una oración más intensa que nos devuelva a la comunión con Dios. Como en el caso del pueblo de Israel, los profetas y Jesús, la oración en el desierto puede ser de lucha pero también puede ser experiencia de gloria.

 

Estructura

Juan 9,1-5: La ceguera ante el mal que existe en el mundo
Juan 9,6-7: El signo del “Enviado de Dios” que provocará diversas reacciones
Juan 9,8-13: La reacción de los vecinos
Juan 9,14-17: La reacción de los fariseos
Juan 9,18-23: La reacción de los padres
Juan 9,24-34: La sentencia final de los fariseos
Juan 9,35-38: La conducta final del ciego de nacimiento
Juan 9,39-41: Una reflexión conclusiva

 

Lecturas

PRIMERA LECTURA

Sam 16, 1b. 6-7. 10-13a

David es ungido rey de Israel

Lectura del primer libro de Samuel.

EN aquellos días, el Señor dijo a Samuel:
    «Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino. Te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí».
Cuando llegó, vio a Eliab y se dijo:
    «Seguro que está su ungido ante el Señor».
Pero el Señor dijo a Samuel:
    «No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, más el Señor mira el corazón».
Jesé presentó a sus siete hijos ante Samuel. Pero Samuel dijo a Jesé:
    «El Señor no ha elegido a estos».
Entonces Samuel preguntó a Jesé:
    «¿No hay más muchachos?».
Y le respondió:
    «Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño».
Samuel le dijo:
    «Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa mientras no venga».
Jesé mandó a por él y lo hizo venir. Era rubio, de hermosos ojos y buena presencia. El Señor dijo a Samuel:
    «Levántate y úngelo de parte del Señor, pues es este».
Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante.
Palabra de Dios.

 

Salmo responsorial

Sal 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6 (R/.: 1)

R/.   El Señor es mi pastor, nada me falta.

        V/.   El Señor es mi pastor, nada me falta:
                en verdes praderas me hace recostar,
                me conduce hacia fuentes tranquilas
                y repara mis fuerzas.   R/.

        V/.   Me guía por el sendero justo,
                por el honor de su nombre.
                Aunque camine por cañadas oscuras,
                nada temo, porque tú vas conmigo:
                tu vara y tu cayado me sosiegan.   R/.

        V/.   Preparas una mesa ante mi,
                enfrente de mis enemigos;
                me unges la cabeza con perfume,
                y mi copa rebosa.   R/.
        V/.   Tu bondad y tu misericordia me acompañan
                todos los días de mi vida,
                y habitaré en la casa del Señor
                por los años sin término.   R/.

SEGUNDA LECTURA

Ef 5, 8-14

Levántate de entre los muertos, y Cristo será lo luz
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.

HERMANOS:
Antes erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor.
Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Buscad lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas.
Pues da vergüenza decir las cosas que ellos hacen a ocultas. Pero, al denunciarlas, la luz las pone al descubierto, descubierto es luz.
Por eso dice:
«Despierta tú que duermes,
levántate de entre los muertos
y Cristo te iluminará».

Palabra de Dios.

 

Versículo antes del Evangelio

Cf. Jn 8, 12b

Yo soy la luz del mundo —dice el Señor—; el que me sigue tendrá la luz de la vida.

 

 

EVANGELIO (forma larga)

Jn 9, 1-41

Él fue, se lavó, y volvió con vista

 

✠ Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.
Y sus discípulos le preguntaron:
    «Maestro, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?».
Jesús contestó:
    «Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».
Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:
    «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
    «¿No es ese el que se sentaba a pedir?».
Unos decían:
    «El mismo».
Otros decían:
    «No es él, pero se le parece».
El respondía:
    «Soy yo».
Y le preguntaban:
    «¿Y cómo se te han abierto los ojos?».
Él contestó:
    «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver».
Le preguntaron:
    «¿Dónde está él?».
Contestó:
    «No lo sé».
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó:
    «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».
Algunos de los fariseos comentaban:
    «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».
Otros replicaban:
    «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
    «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».
Él contestó:
    «Que es un profeta».
Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y que había comenzado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron:
    «¿Es este vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?».
Sus padres contestaron:
    «Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora no lo sabemos; y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse».
Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos; porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él».
Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron:
    «Da gloria a Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador».
Contestó él:
    «Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo».
Le preguntan de nuevo:
    «¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?».
Les contestó:
    «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?».
Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron:
    «Discípulo de ese lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene».
Replicó él:
    «Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es piadoso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si este no viniera de Dios, no tendría ningún poder».
Le replicaron:
    «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
    «¿Crees tú en el Hijo del hombre?».
Él contestó:
    «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
Jesús le dijo:
    «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».
Él dijo:
    «Creo, Señor».
Y se postró ante él.
Dijo Jesús:
    «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos».
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron:
    «¿También nosotros estamos ciegos?».
Jesús les contestó:
    «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís “vemos”, vuestro pecado permanece».

Palabra del Señor.

 

Lectio

Este es el sexto milagro narrado por Juan y pertenece al llamado «libro de los signos» (Jn 1-12). La pregunta que el evangelista hace a su comunidad y a sus oponentes, los judíos de la sinagoga de finales del siglo primero, es esta: «¿Quién es Jesús?». El contexto en el que ocurre el milagro es la festividad judía de las tiendas, que se celebraba entre los últimos días de septiembre y la primera quincena de octubre. Fue una fiesta en la que se recordaban los motivos del agua y la luz. Probablemente estamos en el año 29 (32).

El episodio comienza con una pregunta de los discípulos: «Maestro, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?». En la respuesta dada por Jesús encontramos que no hay correlación entre la enfermedad y el pecado. En la enfermedad, como lo será en la cruz de Jesús, se manifestará la gloria de Dios. Es un hombre nacido ciego, que nunca había visto la luz, cuya vida se limitó a pedir limosna: dependía exclusivamente de la compasión de su prójimo. Jesús no le da limosna más abundante de lo habitual. Inicialmente, parece hacer algo ofensivo para la ceguera del pobre hombre: la mancha en los ojos del lodo (en la antigüedad se atribuía a la saliva, especialmente si se mezclaba con la tierra, una virtud terapéutica). El ciego se siente sucio y se ve obligado por los hechos y las palabras de Jesús a ir a lavarse a la piscina de Siloé. Se lavó y recuperó la vista.

Entonces los fariseos entran en escena, negando resueltamente el milagro, porque Jesús había hecho barro en sábado, violando el día de reposo pues regía el mandato divino de descansar, por lo tanto, Él no podía venir de Dios. El comportamiento de los padres parece reticente, pero expresa bien la tensión entre los cristianos y la sinagoga a fines del siglo I. En los años 80 DC, la excomunión para los judeocristianos fue de hecho decretada.

El ciego sanado, expulsado de la sinagoga y aceptado por Jesús, lo reconoce como el Hijo del hombre, es decir, el juez escatológico del mundo y como el Señor, es decir, como el Hijo de Dios. Jesús no solo le devuelve la luz de los ojos sino también la de la fe. Los fariseos, por otro lado, poseedores de la verdad, se niegan a salir afuera para no cuestionar sus certezas. En su elección consciente de elegir la oscuridad en lugar de la luz, el juicio de Dios se pone en práctica, lo que los excluye de la salvación.

 

Meditatio

En el centro del cuarto domingo de Cuaresma está el tema de la iluminación, del paso de la oscuridad a la luz expresado en el Evangelio por el relato de la curación del ciego de nacimiento que adquiere el sentido de una pedagogía hacia la fe cristológica. En la segunda lectura, el tema tiene valor bautismal y se refleja en sus implicaciones éticas: la iluminación bautismal se compromete a una vida de conversión («Antes erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor. Vivid como hijos de la luz» Ef 5,8). Paralelamente a este anuncio, la primera lectura presenta la unción real de David por parte de Samuel: el gesto y las palabras del profeta que consagra al mesías se refieren a las palabras y gestos de Jesús, «luz del mundo» (Jn 9,5 ), que ilumina a los que están en la oscuridad con gestos y palabras que evocan la dinámica sacramental.

Las tres lecturas plantean el problema del discernimiento. Se trata del difícil discernimiento de Samuel para elegir a quien Dios ha elegido entre los hijos de Jesé. Para discernir es necesario mirar cómo ve Dios mismo, en la conciencia de que «el hombre ve la apariencia, pero el Señor ve el corazón» (1 Sam 16,7), o, como dice la antigua versión siríaca: «el hombre mira con los ojos, el Señor mira con el corazón». En la segunda lectura, se requiere el discernimiento de los bautizados que, en la situación en que son «luz en el Señor», están llamados a discernir lo que agrada a Dios (Ef  5, 10-11). El pasaje del Evangelio se abre con la mirada diferente de Jesús y los discípulos sobre un hombre ciego, y continúa con el camino que lleva al hombre ciego sanado a discernir la verdadera calidad de Jesús y a confesar su fe en él, mientras que otros protagonistas del episodio se acercan a este discernimiento y permanecen en la ceguera espiritual.

En el evangelio, Jesús y los discípulos se encuentran con un hombre ciego, pero lo miran con ojos muy diferentes. Cegados por un axioma teológico que vincula automáticamente la enfermedad al pecado, los discípulos ven en él un pecador, mientras que Jesús ve en la enfermedad de ese hombre la ocasión para la manifestación de la acción de Dios. La misma persona, mirada diametralmente opuesta. ¿A quién vemos cuando vemos a una persona enferma? ¿Qué vemos en el sufrimiento del otro? La mirada culpable de los discípulos se opone a la mirada solidaria de Jesús.

El texto se presenta como una iniciación en la cual el hombre que era ciego obtiene la vista y alcanza el conocimiento de la identidad profunda de Jesús, un conocimiento que también es un nacimiento nuevo, un renacimiento, el nacimiento de una vida completamente renovada por el encuentro con Jesús y expresado por la confesión lapidaria de fe: «Creo, Señor» (Jn 9, 38).

El gesto terapéutico realizado por Jesús sobre el ciego cuando mezclaba la saliva con la tierra, haciendo el lodo y lo untaba en los ojos del hombre (Jn 9,7), recuerda el gesto con el que Dios creó a Adán al moldearlo con polvo de la tierra (Gen 2,7) . La recreación no tiene nada de mágico o espiritualista, pero tiene un valor muy humano y lleva a quien solo fue objeto de palabras y juicios de otros a convertirse en sujetos, asumir su propia vida, tomar la palabra y reclamar su identidad: «Yo soy» (Jn 9,9). Ese «yo soy» es esencial para poder proclamar en libertad y con convicción: «¡Creo!». Convertirse en creyentes no está exento de convertirse en seres humanos. De hecho, lo exige.

Ante el ciego curado, una primera reacción es la de los conocidos que hacen preguntas, preguntas, pero no se cuestionan a sí mismos, nunca se cuestionan a sí mismos y, por lo tanto, permanecen en la superficie del evento (vv. 8-12). Luego está la actitud de los padres que, por miedo, no van más allá de una observación banal e indiferente del hecho (vv. 18-23). Hay conocimiento teológico de los fariseos, un conocimiento autosuficiente e impermeable que se vuelve obtuso y los lleva a acusar a Jesús (vv. 13-17) y al ciego mismo curado de ser pecadores (vv. 24-34) sin permitirse ser desafiados por el acontecimiento extraordinario. ¿Quién es ciego y quién ve? Esta es la pregunta que plantea el texto. Y esta es la respuesta: ve quién sabe cómo ver su propia ceguera y abrirse a la acción curativa e iluminadora de Cristo.

 

 Oratio

El hombre mira la apariencia, el Señor mira el corazón (1 Sam 16,7)

La secularidad es la forma en que dependemos de las reacciones de nuestro entorno. El ego secular, el ego falso, está hecho, como dice Thomas Merton, por restricciones sociales. «Constrictivo» es sin duda el mejor adjetivo para decir falso yo. Indica la necesidad de una afirmación continua y creciente. Quien soy yo Soy alguien a quien le gusta, ser alabado, admirado, o a quien no le gusta, ser odiado, despreciado … La constricción se manifiesta en el miedo inconsciente al fracaso y en el deseo obsesivo de prevenirlo, acumulando más y más las mismas cosas: más trabajo, más dinero, mas amigos.

Estas limitaciones son la base de dos de los principales enemigos de la vida espiritual: la ira y la codicia. Son el lado interno de la vida secular, los frutos ácidos de nuestras dependencias del mundo.

(JH Nouwen, El camino del corazón, en ID., Muéstrame el camino. Meditaciones

 

Contemplatio

Señor Jesucristo, has hecho brillar tu luz en las tinieblas de la muerte, la fuerza protectora de tu amor habita en el abismo de la más profunda soledad; en medio de tu ocultamiento podemos cantar el aleluya de los redimidos. Concédenos la humilde sencillez de la fe que no se desconcierta cuando tú nos llamas a la hora de las tinieblas y del abandono, cuando todo parece inconsistente. En esta época, en que tus cosas parecen estar librando un batalla mortal, concédenos luz suficiente para no perderte; luz suficiente para poder iluminar a los otros que también lo necesitan. Haz que el misterio de tu alegría pascual resplandezca en nuestros días como el alba, haz que seamos realmente hombres pascuales en medio del sábado santo de la historia. Haz que a través de los días luminosos y oscuros de nuestro tiempo nos pongamos alegremente en camino hacia tu gloria futura. Amén

(J. Ratzinger). Tres meditaciones sobre el Sábado Santo, Brescia, Queriniana, 2003, 93).

 

Actio

Debe haber un cambio notable en mi vida. Si no cambio, entonces, pues no soy un verdadero cristiano.

En lo personal, vuelvo a leer el texto, pausadamente, analizo los verbos, veo los personajes, y me propongo no ser como los fariseos. Busco a alguna persona concreta, conocida, a la que pueda dar testimonio de Jesús. Lo haré sin miedo, con valentía.

Con tu grupo, busca la forma de entender las actitudes de los fariseos y cómo muchas veces caemos en el mismo error. Como un acto de misericordia cuaresmal, decidan como grupo hacer algo concreto, para llevar el consuelo de Jesús a los más necesitados. Puede ser acompañar a personas sufrientes, dar de comer a personas que necesitan, algo que se note, que se vea, que nos estamos convirtiendo.

 

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