Llamados a la santidad

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Santidad: ¿a qué nos suena, qué resonancias y recuerdos nos evoca?

Como punto de partida decir que Cristo es el redentor de todos los hombres, por todos murió en la cruz y resucitó (Cf. 2Co 5,15) y para bien de la humanidad entera renueva sacramental mente en la eucaristía el sacrificio de un cuerpo entregado y de una sangre derramada «por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados» (Cf. AG 2a, 6f).

Supuesto lo anterior, hay que afirmar de manera consistente y válida: en Cristo todos los hombres estamos llamados a la santidad, este llamamiento no se limita a quienes están visiblemente incorporados a la iglesia, sino que tiene un alcance verdaderamente universal.

 

 

La santidad de los no religiosos.

La mayor parte de la religiones han pasado han pensado que dios, en cuanto misterio y en cuanto santo, está más allá del hombre y de la historia, enteramente separado y distanciado. De ahí que se haya llegado a definir la santidad como separación y distanciamiento de lo profano. Santo, sagrado, separado… Vienen a ser sinónimos. Pero, para nosotros, desde Jesús, esto debe ser corregido. Dios, con su santidad, se ha encarnado, asumido nuestra naturaleza y nuestra historia y, desde entonces, se han roto las barreras entre lo sagrado y lo profano. Todo es sagrado, para quien sabe ver, bajo las leyes envolturas de la tierra y de la historia, la presencia de aquel que es y que viene.

Aunque esto sea así, en la historia del cristianismo volvieron a entrar en flujos filosóficos ajenos (idealismo, platonismo, maniqueísmo…) Que lograron desterrar la santidad a un forzado exilio de huida del mundo. La vida monástica se constituyó en prototipo de la santidad en la iglesia. El resultado popular fue contundente: la santidad es para los monjes y los clérigos.

El concilio Vaticano II Plantea la exigencia de volver a una concepción más cristiana de la santidad. Se trata, por tanto, de una santidad encarnada, no separada, no vida de este mundo. Repite insistentemente el texto conciliar (Cf. LG 41) que esta santidad de alcanzarse en la vida diaria, en las ocupaciones y preocupaciones de cada estado de vida y condición, no hay una separación o huida del mundo. El fundamento teológico de todo esto es, además de la ley de la Encarnación cristiana, el sacerdocio común de los fieles (Cf. LG 10-11), verdad teológica eminentemente bíblica, olvidada en el siglo XVI y redescubierta en el concilio. Esta fecundísima visión teológica implica una verdadera revolución en la existencia cristiana, en la que ya no hay que hacer distinción entre zonas o tiempo sagrados y profanos. En todo esto lo hacemos si no recuperar el mensaje puramente neotestamentario.

Muy importante es su rayar un aspecto de la santidad cristiana que repite el texto conciliar en diferentes lugares, como un involuntario estribillo que te lata una nueva forma de pensar: la santidad, la vida, el mensaje cristiano suscitan en el mundo un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena, presentan soluciones plenamente humana, responden a los anhelos y exigencias más hondo del corazón humano, son plenamente humanizar antes, perfeccionan cada vez más la propia dignidad humana…

Clave es el famoso párrafo último del capítulo quinto del lumen gentium:

Qué tal, pues, invitados y aún obligados todos los que les cristianos a buscar la santidad y la perfección de su propio estado. Vigilen, pues, todos por ordenar rectamente sus sentimientos, no sea que en el uso de las cosas de este mundo y en el apego a las riquezas, encuentren un obstáculo que les aparte, contra el espíritu de pobreza evangélica, de la búsqueda de la perfecta calidad, según el aviso de la apóstol: “los que usan de este mundo, no se detengan en eso, porque los atractivos de este mundo pasado“ [cf. 1Cor 7,31] (LG 42).

Sería bueno ver todo esto en perspectiva histórica de la evolución de los conceptos de santidad y de la espiritualidad correspondiente.

Todos los fieles, cada uno en su propio camino, son llamados a la santidad.

«Nuestro fin debe ser nuestra perfección, nuestra perfección es Cristo» (San Agustín. Comentario sobre el Salmo 69). El estilo de vida espiritual propia de los laicos debe recabar su nota característica del estado de Mac del matrimonio y de familia, de soltería o de viudez, de la situación de enfermedad, de la actividad profesional y social. No han de dejar de cultivar con asiduidad Las cualidades y no te escribí, a ver cuál es alta adecuadas a tales situaciones, pues han sido dadas, y hagan gusto de los dones personales recibidos del Espíritu (Cf. AA 4). Todos estamos llamados a la santidad; para todos hay las gracias necesarias y suficientes; nadie está excluido… La tentación más engañosa y que se repite siempre, es la de querer cambiar la sociedad, cambiando solamente las estructuras externas; querer hacer feliz al hombre en la tierra, satisfaciendo únicamente sus necesidades y sus deseos.

La llamada a la santidad y la consiguiente exigencia de santificación personal, es universal: todos, sacerdotes y laicos, estamos llamados a la santidad; y todos hemos recibido, con el bautismo, las primicias de esa vida espiritual que, por su misma naturaleza, tiende a la plenitud.

«Sabemos que en todas las cosas interviene dios para bien de los que le aman… A los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a esos también los llamo; Y a los que llamo, a esos también los justificó; a los que justificó, a esos también los glorificó» (Rm 8,28-30).

«Todos los fieles, de cualquier Estado régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» (LG 40). Todos son llamados a la santidad: «sed perfectos como vuestro padre celestial es perfecto» (Mt 5,48)

Para alcanzar esta perfección, los creyentes ande emplear sus fuerzas, según la medida del donde Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen, y siendo obediente en todo a la voluntad del padre. De esta manera, a la santidad del pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la iglesia la vida de los santos (Cf. LG 40).

El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama «mística», porque participa del misterio de Cristo mediante los Sacramentos, los santos misterios y, en él, en el misterio de la santísima Trinidad. Dios nos llama a todos a esta unión íntima con él, aunque las gracias especiales o los signos extraordinario de esta vida mística se han concedido solamente algunos para manifestar así el don gratuito hecho a todos.

El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cf. 2Tm 4). El progreso espiritual implica actuar ascesis y la mortificación que conduce gradualmente a vivir en la paz y el gozo de la bienaventuranza. El que asciende no cesa nunca de ir de comienzo el comienzo mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo que ya conoces (San Gregorio de Nisa, Homilía sobre el Cantar de los cantares 8).

Los hijos de nuestra madre la Santa Iglesia esperan justamente la gracia de la perseverancia final de la recompensa de Dios, su padre, por las obras buenas realizadas con su gracia en comunión con Jesús (Cf. Concilio de Trento: DS 1576). Siguiendo la misma norma de vida de los creyentes comparten la «bienaventurada esperanza» de aquellos a los que la misericordia divina congrega en la «ciudad santa, la nueva Jerusalén, que baja del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo» (Ap 21,2).

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