Pablo VI y la Misión

San PABLO VI

Los misioneros, «la niña de nuestros ojos» (1963)

Entre 1963-1978, son 16 Mensajes misioneros: La honda espiritualidad de este Papa, su sólida formación teológica y humanista, su entusiasmo por Jesucristo y la misión de su Iglesia, con su esmerada exquisitez en las formas y en el lenguaje, se traslucen en todos ellos.

Pablo VI llevó a término el Concilio Vaticano II y tuvo que guiar la nave de la Iglesia en los primeros años de su aplicación, venciendo resistencias de unos y alborotos de otros. Regaló a la Iglesia la llamada «carta magna de la Evangelización», su Exhortación Apostólica sobre el Anuncio del Evangelio (Evangelii nuntiandi) la que más inspira al papa Francisco en «La alegría del Evangelio».

Recomienda vivamente las cuatro Obras Misionales Pontificias (Propagación de la Fe, Infancia Misionera, San Pedro Apóstol, Vocaciones Nativas y la Unión Misional, a la que llamó «alma de las otras tres», por promover la formación misionera permanente.

Anima a desarrollar todo el dinamismo misionero del Decreto La actividad misionera de la Iglesia, primer documento de un Concilio sobre la Misión de toda la Iglesia a todas las gentes.

(Agradecemos a Elías Alcalde, Delegado de Misiones de Granada, el trabajo de resumir todos los mensajes misioneros de San  Pablo VI)

1963

Desde las primeras horas… en que asumimos el supremo ministerio apostólico nos complacimos en saludar como «la niña de nuestros ojos» a los misioneros, los cuales representan el testimonio constante, elocuente y seguro de que la voluntad del Divino Fundador de difundir la luz y los beneficios del Evangelio a todos los hombres es siempre actual y eficiente en la Iglesia.

Todo el mundo católico conoce y ama las Obras Misionales Pontificias, que se proponen organizar y avalar la generosidad de los fieles en favor de los heraldos del Evangelio: la primera y principal de todas la Obra de la Propagación de la Fe, a la que se asocian como preciosas auxiliares la Obra de la Santa Infancia y la Obra de San Pedro Apóstol para el clero nativo de los países que se abren al Evangelio. Es alma de ellas la Pontificia Unión Misional del Clero que, por medio de los sacerdotes, nutre el espíritu misionero en todos los fieles.

Son llamadas Obras Pontificias porque son propias de la Sede Apostólica. En efecto, ellas, en nuestro nombre, proveen, según un plano universal y con una visión total de las más variadas necesidades, a la ayuda espiritual y material que ha de ser destinada a todas las misiones.

Deseamos por esto, siguiendo el ejemplo de nuestros predecesores (Pío XII, Juan XIII) recomendar con paternal solicitud y afectuosa insistencia nuestras Obras Misionales a nuestros venerables hermanos en el episcopado, al amplísimo clero secular y regular, a cuantos de diversos modos se consagran a los altísimos intereses del Reino de Dios, a todos los fieles que el Señor ha querido confiar a nuestros cuidados.

1964

El Concilio Vaticano II ha dado relieve plástico al problema misionero, encuadrándolo en la misma noción de la Iglesia y en el deber de apostolado de cada uno de sus miembros.

Según el Concilio, ningún cristiano digno de tal nombre puede eximirse de un deber o responsabilidad misionera.

En efecto, si se siente miembro vivo de un Cuerpo o de una familia, cual es la Iglesia, el anuncio del Evangelio, la revelación de la paternidad de Dios a todos los hombres y su consiguiente salvación, no pueden ser ya un problema facultativo, una obra de misericordia, objeto de limosna ocasional; se resuelve, en cam­bio, en una cuestión de fe vivida y de personal responsabilidad.

Pero la obra [de los misioneros] quedaría paralizada si no pudiera contar con una colaboración habitual, asidua, constante, que, proviniendo de la retaguardia, les asegure la posibilidad de vivir, de hacer el bien «hasta que Cristo sea anunciado a todos los pueblos.

La Jornada Mundial de las Misiones pone de relieve hoy precisa­ mente una voz, un llamamiento urgente: es la voz de los pueblos que piden luz, verdad y gracia; es la voz de los heraldos del Evangelio que piden ayuda y sustento; son voces de hijos que se elevan al Padre común. Pues bien, las Obras Misionales Pontificias son los canales seguros para hacer converger al Padre de todos la debida contribución de los hijos, porque ellas representan las estructuras constitucionales de la Iglesia: a través de cada uno de los párrocos, los donativos llegan al obispo y este los entrega al Papa.

No existe cauce más seguro y eficaz de ayudar a las misiones.

1965

Creemos que no puede haber momento más feliz y prometedor para un gran avance misionero de la Iglesia: la expectación de los pueblos es más ansiosa que nunca; las tribulaciones de los tiempos y los peligros de la paz hacen entrever que está próximo el tiempo de Dios.

Una respuesta concreta, activa, operante a la expectación de los pueblos es la del apostolado misionero propiamente dicho. Nuestro pensamiento, nuestro reconocimiento se dirigen a vosotros, queridos misioneros, sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares, apóstoles del Reino de Dios, que, respondiendo a una sublime vocación, dejando familia, casa, patria, os habéis hecho anunciadores de la paternidad de Dios, de la divinidad de Cristo, del misterio de la salvación en el Espíritu Santo que se real iza en la Iglesia.

Deseamos proponer a todo el mundo vuestro ejemplo.

Nuestro llamamiento se dirige a todo el Pueblo cristiano y se hace más angustioso, más apremiante, más persuasivo, a fin de que todos los hijos de Dios, que se encuentran ya en la casa del Padre, se acuerden de los hermanos que todavía quedan fuera, y se unan a Nos en las súplicas y en las obras de la caridad solidaria y fraterna.

Si pues, hoy la Iglesia, con la cooperación de todos los fieles de la cristiandad , unidos al Papa en el apoyo a las Obras Misionales Pontificias, pudiera multiplicar ampliamente las obras de cari­dad de las misiones, ello redundaría también en incomparable incremento de la propagación de la fe en el mundo .

Por este motivo recomendamos una vez más las Obras Misionales Pontificias como las que mejor realizan la unidad de la cooperación de los fieles con el Sumo Pontífice. Ellas son obras de la Iglesia.

1966

El Concilio Ecuménico afirma que todo hijo de la Iglesia es misionero por su misma vocación bautismal, y no puede eludir este deber sin sustraerse a las exigencias de su vida sobrenatural; y además, nadie es, en la Iglesia, tan pequeño o tan pobre que no pueda dar su contribución, según las propias posibilidades, a la edificación del Reino de Dios en la tierra .

Consciente de nuestras pobres posibilidades, pero fortalecido por la confianza en Dios y por la presencia de Cristo en su Iglesia, deseamos ante todo reunir a la cristiandad en una sola oración unánime, solidaria y simultánea, para el advenimiento del Reino de Dios.

La Jornada Misionera nos ofrece también más serenas perspectivas de luz y de caridad, y ellas nos aseguran la victoria definitiva del Amor de Dios que quiere manifestarse a los hombres mediante la caridad de sus hermanos.

El Concilio ha llamado a la cooperación misional a todos los hombres de buena voluntad: padres, madres, jóvenes, niños, a todos les ha recordado su vinculación a este deber por el hecho de ser cristianos y que un día serán juzgados sobre él.

Nuestra voz os repite hoy aquel grito: ¡nos os mostréis insensi­bles al mismo! Ofreced vuestras oraciones, vuestra ayuda, vuestro interés, demostrando la vitalidad de vuestra fe.

Es la voz misma de Cristo la que nos recuerda que hacemos por él cuanto hagamos en favor del menor de sus hermanos.

Ya, al repetirla, nuestra voz de humilde Vicario suyo en la tierra tiembla de conmoción pensando en tan graves necesidades; pero se alegra también por la respuesta que ella encontrará en tantos corazones buenos y generosos.

1967

La Jornada Misionera es por vosotros, misioneros y misioneras, obreros cualificados del Evangelio, consagrados a su primera expansión entre las gentes todavía no cristianas, que tenéis necesidad de sentir detrás de vosotros la solidaridad de toda la Iglesia, que por su dilatación en toda la tierra dais la vida en vanguardia, predicando, trabajando y sufriendo por Cristo .

La doctrina teológica y práctica sobre las misiones ha sido amplia y autorizadamente ilustrada por el decreto del Concilio Ecuménico Vaticano II sobre la actividad misionera de la Iglesia. Su idea-fuerza es el descubrimiento del plan de Dios sobre la suerte de la humanidad . Por esto es una idea divina, una idea misteriosa e inmensa, una idea estupenda y amorosa, una idea necesaria y urgente. Es una idea de fe para la fe.

«La razón de esta actividad misionera se basa en la voluntad de Dios», dice el Concilio (AG 7), el cual «quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad».

Una cadena de necesidades sostiene la actividad misionera. Dios, el Ser, la Vida es necesario. Cristo, el Salvador, es necesario . La Iglesia, arca de la salvación, es necesaria. El bautismo, sacramento de regeneración, es necesario. La fe para llegar al sacramento y a Cristo es necesaria. Para alcanzar la fe el misionero es necesario.

Por esto es derecho-deber de la Iglesia, por la fe que tiene en Cristo, por el amor que le profesa, difundir el Evangelio de la salvación, «de suerte que la actividad misionera conserva íntegra hoy, como siempre, su eficacia y necesidad» (AG 7).

El hecho misionero se realiza en la trayectoria de la caridad de Cristo, la prolonga, la difunde; es don, don inmenso, don gratuito, don de locura (como la del Crucificado); es sacrificio, es generosidad.

1968

Ha llegado la hora de las misiones… Es una vocación constitucional de la Iglesia; esta ha sido fundada para ser misionera. Se llama católica la Iglesia de Cristo, es decir, universal.

Está llamada a ser de hecho en la historia, en las filas de la humanidad, lo que es ya por derecho, lo que es por deber: el testimonio de Cristo para todos, el medio de salvación para todos, la sociedad mística y humana abierta a todos.

No para dominar, no para reemplazar o para sobreponerse a la ciudad terrena, sino para penetrar en los espíritus con su luz de verdad, con su fermento de libertad, con su estímulo al trabajo diligente en la justicia y en la fraternidad; para dar al mundo su unidad religiosa, en la armonía de sus naturales y respetables diferenciaciones étnicas, culturales, políticas.

Es católica por institución, debe ser católica en la realidad.

El que se mostrara distraído o indiferente ante esta epifanía de la santa Iglesia debería dudar de la propia fidelidad a Cristo y al propio bautismo. Las misiones son nuestras, de cada uno de nosotros, de cada comunidad de creyentes: lejanas en el espacio, deben estar próximas dentro del corazón. Las misiones necesitan todavía, y más que nunca, medios: vocaciones y donativos .

Las necesidades de los territorios de misión son inmensas. Se necesitan escuelas, hospitales, iglesias, oratorios, leproserías, seminarios, centros de formación y de reposo, viajes sin fin.

Todo obispo, todo sacerdote, todo fiel, aunque realice alguna actividad de apostolado misionero directa o indirectamente en un sector particular, debe prestar su colaboración también a las actividades generales de la Iglesia, es decir, a las Obras Pontificias, que al mismo tiempo que son del Papa, son también de todo el episcopado y de todo el Pueblo de Dios.

1969

¡Escuchadnos, por amor de Cristo! Procuremos hacer clara y fuerte en nosotros, y en torno de nosotros la idea misional. Y a la importancia nueva que esta idea adquiere para el Pueblo de Dios después del Concilio. Es una idea que afecta a todos los fieles, a toda la Iglesia. Integra la definición del cristiano: «El deber de difundir la fe», dice el Concilio, «incumbe a todo discípulo de Cristo en la parte a él correspondiente» (LG 17)… Todos estamos bajo esta presión, esta urgencia de la caridad de Cristo… Esta es la novedad en la conciencia de la Iglesia: la solicitud apremiante y universal del apostolado.

Empleamos aquí la palabra «misión» en su significado especí­fico de actividad intencionalmente concebida y prácticamente organizada para evangelizar a los pueblos que no son todavía cristianos, mediante la acción de personas a ello dedicadas, escogidas preparadas y autorizadamente mandadas, es decir, cualificadas como «misioneras». La proclamación conciliar de la libertad religiosa no enerva el deber apostólico, sino constituye más bien la condición civil para el ejercicio de la actividad misionera, a la vez que esta misma se obliga al respeto de las conciencias…

También la actitud del misionero ha evolucionado mucho: no es ya la que veía en la diversidad de las culturas un obstáculo irreductible a su predicación, sino que descubre valores indígenas merecedores de respeto y de admiración, dignos de ser comprendidos, favorecidos y asumidos, y consiguientemente «purificados, fortalecidos y elevados» (LG 13).

El misionero no es un extranjero que con su fe imponga la propia civilización, sino el amigo, el hermano que se compenetra con el modo de vivir honesto del ambiente, para infundir el fermento vivificador del Evangelio.

1970

Ha sonado una nueva hora para las misiones… Esto significa que la actividad misionera debe ser concebida con perspectivas amplias y modernas. Se impone una nueva planificación: en los principios teológicos, en la propaganda, en el reclutamiento, en la preparación, en los métodos, en las obras, en la organización. En esta revisión de la vocación misionera se confrontan dos concepciones distintas : evangelización y desarrollo.

Evangelización, la acción propia orientada al anuncio del Reino de Dios, del Evangelio como revelación del plan salvífico en Cris­ to Señor, mediante la acción del Espíritu Santo, que encuentra en el ministerio de la Iglesia su vehículo y en la edificación de la Iglesia misma su objetivo y en la gloria de Dios su término.

Desarrollo, la promoción humana, civil, temporal de aquellos pueblos que, al contacto con la civilización moderna y con la ayuda que esta puede darles, adquieren una nueva conciencia de sí mismos y se ponen en marcha hacia niveles superiores de cultura, de prosperidad: por esta promoción debe interesarse el misionero como deber suyo imprescindible.

Para nosotros, creyentes, sería inconcebible una actividad misionera que hiciese de la realidad terrena su objetivo único y principal, y perdiese de vista su fin esencial: llevar a todos los hombres la luz de la fe, regenerarlos mediante el bautismo…

No debe haber dilema… La cuestión se plantea más bien en el método: ¿debe preceder la evangelización o el desarrollo?

La respuesta no puede ser unívoca, sino dictada por la experiencia, la posibilidad, el modo de actuar vigilante y paciente, conforme al carácter apostólico y a las exigencias de las distintas ocasiones…

La actividad por el desarrollo coordinada con la evangelización irradia también ella una luz de Cristo, la luz de la dignidad humana.

1971

Nos corresponde anunciar el Evangelio en este período extraordinario de la historia humana… en el que a extremos de progreso nunca antes logrados se asocian abismos de perplejidad y desesperación también sin precedentes.

La Buena Nueva es esta: que Dios nos ama; que se ha hecho hombre para compartir nuestra vida y compartir su vida con nosotros; que él marcha con nosotros -cada paso del camino-, haciendo suyas nuestras inquietudes puesto que tiene cuidado de nosotros; y que, por tanto, los hombres no estamos solos, porque Dios está presente en toda nuestra historia, la de los pueblos y la de los individuos; que nos llevará, si queremos, a una felicidad eterna que trasciende los límites de toda esperanza humana.

Fieles a su espíritu, nuestros misioneros nunca han pensado en separar el amor de Dios del amor a los hombres, mucho menos en oponer el uno al otro… Así descubrimos la perenne necesidad de predicar el Evangelio, para ofrecer al hombre las últimas razones de sus esfuerzos por el desarrollo: el reconocimiento de los valores supremos, y de Dios, su fuente y fin…la fe… Tenemos que decir a los hombres y recordarles sin cesar que «la clave, el punto focal y la meta de la historia humana» se encuentran en nuestro Señor y Maestro (GS 21)… No; «no nos avergonzamos del Evangelio».

No podemos proveer de la ayuda necesaria a los misioneros de la Iglesia, ni al gran número de obras de religión y caridad que ellos emprenden sin cesar…Nos vemos forzados a urgir a todos y a cada uno de los fieles católicos a que hagan todavía mayores sacrificios por la fe; y lo pedimos no solo a los de las sociedades más prósperas, sino también a los que, como la viuda alabada por Cristo, deben dar «de su pobreza»… Nosotros te­nemos que sentirnos una cosa sola con nuestros misioneros…

1972

No podemos menos de recordar, dando gracias, a Dios tres importantes aniversarios: Hace 350 años, en 1622, el papa Gregario XV instituyó la Sagrada Congregación «de Propaganda Fide», que inauguraba una nueva época en la historia de las Misiones. En 1822 – hace ahora 150 años- debido al celo misionero y al amor a la Iglesia de la joven francesa Paulina Jaricot, surge en Lyon la obra llamada de la Propagación de la fe, con un claro programa de ayuda espiritual y material a todas las misiones.

Un siglo después, en 1922 -hace 50 años- Pío XI la transforma en «órgano propio de la Sede Apostólica» para ayudar a todas las misiones católicas, y declara también Pontificias a la Obra de San Pedro Apóstol en favor del Clero Indígena, y a la Obra de la Santa Infancia, encargando a los obispos que las promuevan en sus diócesis por medio de la Unión Misional del Clero.

Esperamos que en este año la Jornada Mundial de las Misiones determine para todo el Pueblo de Dios un decisivo paso adelante en la comprensión de sus deberes misioneros y en su colaboración a estas Obras de alcance universal. Existe en no pocos católicos el peligro de no preocuparse para nada de la actividad evangelizadora de la Iglesia entre los pueblos no cristianos…

Todos los cristianos quedan obligados a cooperar a las misiones en la medida de sus fuerzas: unos, con su palabra, otro s, con su pluma; con su dinero; con su trabajo manual; otros, de­dicarán a las misiones su tiempo.

A todos se presenta la oportunidad de ofrecer su oración, sus penas, sus mismas alegrías, sus dolores. Este deber podría parecer a algunos que solo exige la colaboración de un único día al año. Muy al contrario… Como la respiración no puede interrumpirse sin peligro de muerte, tampoco el afán misionero puede limitarse a una sola Jornada anual, so pena de comprometer el porvenir de la Iglesia y nuestra misma existencia cristiana.

1973

La fiesta de Pentecostés nos ha ofrecido siempre la ocasión de enviar a los pastores y a los fieles el Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones en la convicción de que esa fecha es más significativa que ninguna otra para reclamar la atención sobre la predicación del Evangelio…en el día consagrado al Espíritu Santo .

Aquel mismo día comenzó en las Iglesia s locales el movimiento espiritual del Año Santo de la Reconciliación que culminará en Roma en 1975… Este Mensaje se coloca en esta perspectiva .

Este año reclama nuestra solicitud de Pastor de la Iglesia el decrecido número de las vocaciones misioneras. Decrecen los sacerdotes por doquier, y no causa admiración que disminuyan también los misioneros y sus colaboradores.

La semilla evangélica ha fructificado y son más numerosos los misioneros indígenas que proclaman el Evangelio, pero todavía por mucho tiempo los países africanos y asiáticos necesitarán vocaciones, es decir, sacerdotes, religiosas y seglares, para satisfacer las exigencias de la evangelización.

Y la mitad del personal de origen extranjero es ya de edad avanzada y son pocos los jóvenes que los reemplazan.

Renovamos la invitación a las diócesis a enviar sacerdotes de modo que su número esté mejor distribuido en las diversas Iglesias. El mismo llamamiento dirigimos también en favor de las vocaciones indígenas, a fin de que reciban una formación adecuada y no sean nunca extinguidas o sofocadas por razones de orden económico o ambiental ¡No debe perderse ni una sola vocación… por falta de medios!

Surge para todos los cristianos el deber de ayudar, con un comportamiento de justicia a los sacerdotes, religiosos, religiosas, hermanos y catequistas que trabajan sin medios o con medios muy reducidos por el bien de sus connacionales.

1974

La celebración de esta Jornada Misionera anual discurre dentro del Año Santo… que «debe reflejar la catolicidad de la vocación al Evangelio y debe dar al corazón de la Iglesia las dimensiones del mundo». Esta fraternidad universal…exige una conversión, una apertura, un acercamiento a todos nuestros hermanos, que nos obliga a conocerlos, ya que debemos amar­ los. En segundo lugar, a compartir con ellos los bienes de que ellos carecen y nosotros poseemos, tanto de orden material, como moral y espiritual.

No puede concebirse una familia donde unos miembros mue­ran de hambre y otros están hartos; donde unos vivan a la in­ temperie y otros en cómodas casas; donde unos nunca hayan oído hablar de Jesucristo y otros estén rodeados de todos los medios de salvación que ofrece la Iglesia. Si formamos una sola familia con todos los hombres el amor fraterno nos obliga también a reconciliarnos con nuestros hermanos de todas las razas, lenguas, culturas y condiciones de vida.

Tenemos en nuestro «haber» muchos pecados de omisión por los que hemos de pedir perdón a nuestros prójimos…

La reconciliación con nuestros hermanos comprende la repara­ción de estas faltas de justicias y caridad.

La formación de una auténtica conciencia misionera debe ci­ mentarse sobre una profunda renovación espiritual: ¡antes de predicar el Evangelio hay que vivirlo!

La vida de un cristiano o de una comunidad constituye su primer anuncio misionero: sin haber experimentado antes perso­nalmente que Cristo es el Salvador, difícilmente sentiremos la necesidad de darlo a conocer a otros.

Esperamos confiadamente que durante el Año Santo todos los fieles y todas las comunidades tomen conciencia de este compromiso misionero… La marcha de la acción misionera continúa con excesiva lentitud.

1975

Este año nuestro mensaje no solo va destinado a vuestro favor, misioneros y misioneras, sino que lo dirigimos principalmente a vosotros. También, porque entre los peregrinos ve­ nidos a Roma para el Jubileo del año Santo, hemos visto con inmenso placer y gran conmoción, multitudes y multitudes de fieles de vuestras misiones, testimonios vivientes de vuestra laboriosidad misionera.

Ha nacido una conciencia nacional en muchos territorios donde trabajan los misioneros; surge la gran reacción: el misionero hoy ya no es necesario. El Evangelio, dicen los indígenas, no es para nuestra tradición, no es para nuestra raza. El Misionero llora. ¡No tanto porque lo rechazan a Él, cuanto porque rechazan a Cristo! Queremos confirmaros en la certeza de vuestra vocación: la misión, al anuncio del Evangelio a todas las gentes no ha sido superado. No estáis solos. ¡La Iglesia está con vosotros!

Nos dirigimos especialmente a los obispos, haciéndonos abogado humilde pero autorizado de vuestra causa, para que con su eficaz oración, con el sentido de su responsabilidad universal, con los carismas de su doctrina y de su caridad, y también con su generosa ayuda económica y material os asistan cada vez más.

Y a los superiores y superioras de las familias religiosas para que mantengan e intensifiquen su interés por las misiones.

Vuestra situación y la nuestra necesitan en común una cosa: la conciencia misionera, que la Iglesia ha incrementado y el Con­ cilio ha traducido en términos teológicos y modernos.

Profundizarla para descubrirla como raíz misma del plan divino de salvación. Las tareas difieren una de otra: la vuestra, la de la misión local, cómo fundar, cómo hacer crecer a la joven comunidad eclesial; la nuestra, la de sostener a las misiones, es principalmente un problema de hombres y de medios.

1976

La Jornada Mundial de las Misiones establecida por el papa Pío XI el 14 de abril de 1926, hace 50 años. En la intención de su iniciador esta Jornada anual se propone sobre todo la forma­ción de la conciencia misionera de todo el Pueblo de Dios, tanto de sus individuos como de las comunidades; el cultivo de las vocaciones misioneras; y el progresivo aumento de la cooperación, espiritual y material, a la actividad misionera, en toda su dimensión eclesial. Que este año adquiera un especial relieve mediante una profunda y extensa catequesis sobre el universalismo misionero de la Iglesia.

El universalismo misionero aflora continuamente en las páginas del Evangelio. Hemos de reconocer lamentablemente que, después de casi dos mil años de la fundación de la Iglesia, la situación religiosa de la humanidad no parece corresponder a la eficacia de esta acción apostólica. La situación religiosa del mundo moderno sería muy otra si todos los cristianos hubieran mantenido vivo en su alma el amor a Cristo y a sus hermanos, y si se hubieran esforzado más en difundir el Evangelio por todo el mundo según el mandato de Cristo.

Esta responsabilidad misionera universal dimana de la catolicidad de la Iglesia; del bautismo y la confirmación; de la liturgia, especialmente de la celebración eucarística; de la gravísima responsabilidad misionera del Papa y de los obispos; del extenso, reiterativo y claro Magisterio pontificio sobre el deber de cooperar a la actividad misionera de la Iglesia; y de los documentos del Concilio Vaticano II.

«Sería muy útil mantener comunicación con los misioneros salidos de la misma comunidad, o con alguna parroquia o diócesis de las misiones, para que se haga visible la comunión entre las comunidades y redunde en edificación mutua; pero a condición de no olvidar la obra misionera universal» (AG 47).

1977

El habitual mensaje se abre este año con la memoria de un luminoso ejemplo de mujer, de quien la Iglesia ha recibido y continúa recibiendo un fuerte impulso misionero: santa Teresa de Lisieux, que, hace ahora 50 años, fue proclamada, junto con san Francisco Javier, Patrona de las Misiones Católicas.

Durante este período han surgido innumerables vocaciones misioneras y se ha suscitado también intensa colaboración, acompañada y enriquecida con los sacrificios de tantos fieles, a la obra primaria de la difusión del Evangelio.

Recomendamos para la Jornada de este año la necesidad de la formación misionera. Solo con esta se obtendrá una eficaz cooperación, aún con modos diversos: oración, sacrificio, ayuda económica, prestación personal, tipos de participación en tiempos y grados diferentes, consagración total y permanente .

La formación además de impartirse mediante conferencias, lecciones escolares, libros, cursos, debe cultivarse también por medio de retiros, ejercicios espirituales, encuentros de oración y, especialmente, mediante el vivo contacto con quien ejercita la misión y conoce, por experiencia directa, sus exigencias y problemas.

Una tal formación contribuirá a suscitar un mayor número de vocaciones misioneras, así como a una mejor selección de las mismas y a una más consoladora perseverancia.

No deberá faltar en los centros de formación, en los seminarios, casas religiosas, noviciados, en las parroquias, y tendrá como polos de orientación un generoso servicio evangélico y la apertura al universalismo cristiano.

Un objetivo particular que se ha de conseguir es la inspiración y -diríamos- el carácter misionero en las vocaciones sacerdotales y en las diversas formas de vida consagrada.

1978

Deseamos exponer el tema de la cooperación, entendida como la ayuda específica y directa a la evangelización en las tierras de misión. Ante todo, el fin primario de la acción de la Iglesia, que es el anuncio y difusión del Evangelio de su divino Fundador . Por eso la ayuda no la podemos reducir a una obra de civilización humana, a la promoción del «Tercer Mundo».

La ayuda de los fieles debe destinarse con preferencia prioritaria a la evangelización propiamente tal, a fin de asegurar a toda la comunidad humana, haciéndolos bien visibles, los signos permanentes de la presencia salvadora de Jesucristo, mediante la Iglesia, «sacramento universal de salvación» (AG 1).

Con frecuencia hay que agregar a la actividad evangelizadora iniciativas de apremiante necesidad para la promoción material y cultural de las personas y de los pueblos en fase de desarrollo. Aún en estos casos, es necesario conservar el carácter preeminente del anuncio del Evangelio y de la fundación de las Iglesias locales, de modo que la ayuda técnica o económica aparezca como lógica consecuencia de la predicación de la ley del amor, aprendida en la escuela de Cristo.

De este modo la ayuda prestada por los misioneros se presentará en forma de entrega exquisitamente fraterna, esparciendo así la semilla y abriendo la puerta a la predicación que seguirá allá donde Jesucristo no se ha manifestado todavía en su trascendente plenitud.

Los primeros llamados a colaborar son los sacerdotes, los religiosos y los laicos que desean vivir coherentemente su vocación bautismal.

El espíritu de ayuda que queremos recomendar y promover es precisamente el de las Obras Misionales Pontificias… porque nacieron en el seno mismo de la comunidad cristiana para estimular la conciencia misionera de todo el Pueblo de Dios.

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