Primera fase: La Conversión

Primera fase: La primera conversión

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La primera fase de la madurez espiritual se puede llamar la primera conversión. Una de las enseñanzas fundamentales de la primera catequesis cristiana es la exigencia de conversión.

La conversión en el Nuevo Testamento asume ciertamente rasgos que posee ya en el Antiguo. Su punto de partida es la exigencia profética de cambio de vida como transformación interior y completa del hombre. Sin embargo, la idea de conversión neotestamentaria se enriquece con el acontecimiento de la revelación de Dios Padre en Jesucristo por el Espíritu Santo[1], que se reviste ahora de algunas características importantes y novedosas.

Por eso religiosamente se identifica con la demanda de «conversión o mejora de vida» que reclamaban los profetas del Antiguo Testamento, que pidió Juan Bautista y que el mismo Jesús pedí­a a sus oyentes al comienzo de su vida pública (Mt. 34. 11; Mt. 4.17; Mc. 1.12; Lc 3. 3) La metanoia o conversión era el comienzo.

Etimológicamente significa cambio o transformación.

Psicológicamente indica transformación o cambio de sentimientos o actitudes en dirección a una situación mejor[2].

La conversión cristiana entra en la lógica de la fe y es un volverse hacia el Señor[3]. Consiste en tomar nuestra decisión vital más fundamental: elegir libre y conscientemente, nuestro lugar en la Iglesia como discípulos de Cristo y apóstoles de su Reino. Con esta primera conversión, ya no nos sentamos en el banco de la iglesia, sin más, todos los domingos, sino que nos encontramos ansiosos y decididos a ocupar nuestro lugar como piedras vivas, como miembros activos y corresponsables de la misión de la Iglesia que es la misión de Cristo.

Esta decisión a menudo es el resultado de una experiencia; de una experiencia llena de gracia en la que las ideas abstractas y teóricas que aprendemos sobre Dios se convierten de pronto en una experiencia existencial de Dios mismo: Jesús se convierte en una persona real para nosotros; lo encontramos y descubrimos que él nos ama; nos sentimos fascinados con él y tomamos la decisión de amarlo y seguirlo.

Las actividades espirituales que fluyen de esta experiencia se centran en una mayor y mejor oración personal y, a la vez, más profunda y en una lectura espiritual sincera: queremos pasar tiempo con el Señor y llegar a conocerlo mejor.

Este tipo de experiencia transformadora se describió bellamente en el famoso himno Amazing Grace (Gracia Sublime), escrito por un antiguo comerciante de esclavos que se había convertido en ministro. El primer verso es así:

Gracia asombrosa, cuan dulce el sonido 
que salvó  a un desgraciado como yo! 
Estuve perdido, pero ahora he encontrado el camino, 
Estaba ciego, pero ahora veo
[4].

La decisión de convertirse en discípulo y apóstol de Cristo es el requisito previo para las otras fases; si no hemos hecho un compromiso consciente con Cristo y su Reino, ciertamente no podremos cumplir ese compromiso.

Esta es la razón por la cual una parte importante de nuestra misión cristiana en la vida es ayudar a las personas que solo conocen a Dios de manera teórica a experimentarlo existencialmente, para que ellos también puedan tomar la decisión vital, la opción fundamental de seguir a Cristo.

[1] «La fórmula usual −señala Schulte− reza así: conversión a Dios y fe en el Señor Jesús, para recibir la plenitud del Espíritu Santo (cfr. Lc 24,46-49; Hch 2,28; 20,21; 5,28-32)». R. SCHULTE, «La conversión (Metánoia), inicio forma de la vida cristiana», en J. FEINER y M. LOHER (eds.), Mysterium Saíutis. Manual de Teología como Historia de la Salvación, V, Cristiandad, Madrid 1984, 123.

[2] Pedro Chico González, Diccionario de Catequesis y Pedagogía Religiosa, Editorial Bruño, Lima, Perú 2006

[3] Juan Alonso, La metanoia como lógica de la fe, en Scripta Theologica 42 (2010) 585-610

[4] John Newton, 1779: ¡Gracia sublime! ¡Cuán dulce es su melodía, que salvó a un infeliz como yo! Estaba perdido, pero ahora he encontrado el camino, estaba ciego, pero ahora veo. La gracia enseñó a mi corazón el verdadero temor, y la gracia alivió mis miedos; esa misma gracia  hizo que pareciera maravillosa la hora en que creí por primera vez. Hemos superado muchos peligros, fatigas y trampas; y fue esa gracia la que me salvó, la que me trajo a casa. El Señor me prometió el bien, su palabra garantiza mi esperanza, Él será mi escudo y mi riqueza, mientras me dure la vida. Y cuando esta carne y corazón desfallezcan, y la vida mortal termine, poseeré finalmente la vida de alegría y paz. Un día la tierra se disolverá como la nieve, y el sol dejará de brillar, pero Dios, que me llamó, entonces será mío para siempre.

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