Primera Misa

PRIMERA MISA

El día en que un joven consagra por vez primera el pan de esta tierra en el Cuerpo del Señor sigue siendo una gran fiesta. Todavía seguimos recibiendo como un precioso regalo la primera bendición que nos da con sus manos recién consagradas. El sacerdocio sigue siendo un don, que esperamos nos sea concedido y por el que damos gracias llenos de alegría. Pero también sabemos que detrás de esta alegría festiva de hoy existe un fondo oscuro: nuestros seminarios están casi vacíos; son cada vez menos los que se atreven a dar el paso hacia el altar. Las sombras son cada vez mayores, la soledad más profunda ¿Tiene sentido hacerse sacerdote en un mundo en el que no existe otra meta que el progreso técnico y social? ¿Tiene futuro la fe? ¿Merece la pena jugarse la vida entera a esta única carta de la entrega a Dios? ¿No es el sacerdocio una reliquia del pasado, que ya nadie necesita, pues todas las fuerzas del hombre deben dirigirse sólo a hacer crecer el progreso?

¿Pero es todo esto realmente así? ¿No sucede más bien que la humanidad, al hacer ir cada vez más deprisa la máquina del progreso, se está metiendo en un círculo mortal? El famoso aviador francés Saint­ Exupéry escribía en una ocasión a un general: «En el mundo no hay más que un problema: cómo poder llegar a dar de nuevo a los hombres un sentido espiritual, una inquietud espiritual; lograr que surja del corazón del hombre algo semejante al canto gregoriano. Mire, no se puede seguir viviendo de .frigoríficos, de política, de balances económicos y de crucigramas». Y en su libro El pequeño príncipe escribe: «¡Qué insensato es el mundo de los adultos, de la gente lista! Ya no entienden más que de máquinas y de política. Y ya no entienden de aquello que es lo más auténtico: la luz, las nubes, el cielo y sus estrellas».

El poeta ruso Solschenitzyn nos habla del grito angustiado de un marxista encarcelado por Stalin: «Necesitaríamos otra vez catedrales en Rusia, que podrían dar un nuevo espacio al alma de los hombres de vida pura». Es cierto que el hombre no vive sólo de frigoríficos y de cuentas. Cuanto más intenta vivir así, tanto más crece su desesperanza, tanto más vacía queda su vida. También hoy -y hoy más que nunca­ necesitamos hombres que no se dediquen a extender el uso de artículos de consumo, ni a la propaganda política, sino que se preocupen por el alma del hombre, que le ayuden a no perderla en medio del bullicio diario. Necesitamos sacerdotes, tantos más cuanto más extraños resulten a este mundo de negocios y de política.

Pero, ¿cuál es la tarea del sacerdote? ¿Para qué recibe la ordenación? El Nuevo Testamento lo describe así: ha de ser pastor, ha de ser servidor, ha de ser otro Cristo, el verdadero Pastor. Jesús, el Hijo de Dios, es el verdadero Buen Pastor porque los hombres son suyos. Le pertenecen porque nadie sino El los ama. Los apacienta entregando su propia vida. Con su vida, les ha mostrado cómo han de vivir. Les ha mostrado la verdad, de la que el hombre tiene tanta necesidad como del pan. Les ha regalado la Vida, de la que tienen tanta necesidad como del agua de cada día. Y como su Palabra no fue suficiente, se entregó a Sí mismo: garantizó su Palabra con su propia Sangre.

El sacerdote ha de ser pastor, igual que Cristo ¿Cómo lo será? Ante todo, el sacerdote no es un oficinista, encargado de registros y de decisiones administrativas. Es cierto que siempre tendrá que realizar tareas de este tipo, pero no son ésas las principales, no es eso lo suyo específico; otros podrán y deberán ayudarle en ese cometido. Ser pastor al servicio de Jesucristo es mucho más. Es llevar a los hombres hasta Jesucristo, es decir, hasta la Verdad, hasta el Amor y hasta el Sentido que necesitan en sus vidas. Pues el hombre tampoco vive hoy de pan y de dinero. Y ese llevarlos hasta Jesucristo se realiza en la transmisión de las palabras de Jesús y en los sacramentos en los que el Señor sigue dando su vida: Palabra y Sacramento son la dos tareas principales del sacerdote. Esto suena trivial, pero ahí se encierra una riqueza capaz de colmar una vida entera.

Tenemos en primer lugar la Palabra. Lo primero que se nos ocurre preguntar es: ¿y qué es la palabra hoy? Hoy no cuentan más que los hechos; las palabras no son nada. Pero quien reflexione con más detenimiento verá la fuerza de la palabra, que produce realidades: una sola palabra falsa puede destrozar una vida entera, puede manchar de modo irremediable el nombre de una persona; y una sola palabra llena de bondad puede cambiar la vida de un hombre, cuando ninguna otra cosa puede ayudarle. Por eso debemos tener bien claro que es muy importante para la humanidad que en ella no se hable tan sólo de dinero y de guerra, de poder y de disfrute; que no exista tan sólo el parloteo de cada día, sino que se hable de Dios y de nosotros mismos, de Aquel y de aquello que hace del hombre un verdadero hombre. Un mundo en el que esto no suceda se convertirá en un mundo inmensamente aburrido y vacío, sin consuelo y sin camino. Hoy estamos experimentando más que nunca cómo la vida se convierte para el hombre en aburrimiento y contrasentido por más que tenga cuanto pueda desear. Los hombres de hoy ya no saben qué han de hacer, ni qué deben dejar de hacer. El hombre se convierte en un ser sin sentido, incapaz de soportarse a sí mismo ¡Nuestros niños han de aprender a vivir, no sólo a leer y a contar! Todos los números y todas las letras de nada les servirán si no saben para qué estamos sobre la tierra. Sólo ese saber les puede proporcionar libertad, alegría y bondad.

La Palabra de Dios no se proclama sólo en la predicación. Se oye también en la enseñanza en la escuela, en el diálogo con los ancianos, con los abandonados, con los enfermos, con los hombres para los que nadie tiene tiempo, para quienes la vida se ha hecho difícil y oscura ¡Qué necesidad tan grande tenemos hoy de hombres que escuchen! Que estén al lado de los que dudan, que puedan hablar con un enfermo en el ocaso de su vida y darle sentido y esperanza cuando se le apagan las luces de este mundo. De verdad, necesitamos la Palabra de Dios como el pan de cada día; y necesitamos hombres que estén al servicio de esta Palabra, precisamente más cuanto más extraña se nos ha vuelto. El servicio a la Palabra se ha hecho muy difícil. En ocasiones, al sacerdote de hoy puede sucederle como al profeta Jeremías, que no recibió más que disgustos a causa de su predicación, y que a veces juzgaba imposible de llevar el peso de la tarea que se le había impuesto. En medio de su angustia, exclama a Dios: «déjame en paz». Le hubiera gustado desprenderse de la palabra que lo convertía en un solitario entre los demás, en un loco, en alguien a quien se señalaba con el dedo y con quien nadie quería hablar. Pero hubo de soportar el peso de la Palabra. Y ese fue el gran servicio que prestó a los hombres que no querían escucharle. En todo esto deberíamos reflexionar cuando escuchamos la predicación sacerdotal; deberíamos rezar los unos por los otros: que Dios conceda a los que escuchan el don de escuchar bien, a los que hablan el don de hablar bien. Y que a todos nos siga dando su Palabra, el Pan de la Verdad del que nuestra alma está hambrienta, aunque no lo reconozcamos nosotros mismos.

Junto al servicio de la Palabra está también el servicio al Sacramento. Los sacramentos abarcan la vida entera del hombre e intentan hacérnosla visible en las manos de la Madre Iglesia, que son las manos del Señor. Goethe, el gran escritor alemán, describió una vez, casi con melancolía, el modo como los sacramentos de la Iglesia abarcan y transforman todos los momentos importantes de la vida, desde el nacimiento hasta la difícil hora de la última despedida. Precisamente por el Sacramento se convierte el sacerdote en un acompañante del hombre a lo largo de todo el camino de la vida, mostrando que la vida sólo puede ser buena si Dios nos da la mano.

Detengámonos ahora en dos sacramentos decisivos en la vida cotidiana del sacerdote: el sacramento de la Confesión y el sacramento de la Eucaristía. La práctica  de la confesión ha disminuido notablemente; pero esto no cambia en nada el hecho de que hoy sigue habiendo culpa y seguimos estando necesitados de perdón. El hecho de que un hombre tenga que arrepentirse significa que a lo largo del año necesita con cierta frecuencia no echar la culpa a los demás, sino reflexionar sobre sí mismo; ver su culpa y confesarla; reconocer que es culpable, que ha cometido pecados. Y el hecho de que exista perdón significa que  se puede volver a empezar, que existe un poder con facultad para decir al hombre: vete, tus pecados te son perdonados. Y en ese perdón de Dios, nosotros aprendemos a perdonar, pues un mundo sin perdón no sería más que un mundo de destrucción mutua. Poder pronunciar las palabras del perdón es una de las más hermosas y difíciles tareas del sacerdote: agobiante, porque él es el lugar en el que se deposita toda la suciedad del corazón del hombre. Y, sin embargo, es una actividad llena de esperanza: saber que todo puede ser transformado, que el hombre puede transformarse por la energía poderosa de Dios.

El culmen diario de la vida sacerdotal es el sacramento de la Eucaristía, la misteriosa fusión de cielo y tierra que en ella se produce. Dios nos invita a su mesa, quiere que seamos sus comensales. Y es El mismo quien se nos da: el don de Dios es Dios mismo. La Eucaristía es la santa fiesta que Dios nos regala, por más pobres que sean las condiciones exteriores en que se celebre. Dios está celebrando con nosotros una fiesta. Pero reflexionemos en esto: la fiesta -el gozo de la Eucaristía-  procede del Sacrificio de la Cruz. Sólo el grano de trigo que cae en tierra y muere produce fruto. El centro de la vida sacerdotal es el Sacrificio de Jesucristo. Y nosotros somos necesarios: ese Sacrificio precisa de la colaboración de nuestro personal sacrificio. Para el sacerdote esto significa que no puede realizar auténticamente su servicio sin sacrificio, sin el esfuerzo de la renuncia a sí mismo aprendida con paciencia. Seguir a Cristo significa seguir a Aquel que ha venido a servir y a entregarse a Sí mismo. Ahí está la grandeza y la dificultad de la tarea sacerdotal. Nunca la llevará del todo a cabo, pues el siervo no está por encima del señor. Y solamente podrá realizarla si está sostenido por una ayuda: la ayuda de lo alto y la que proviene de la oración de los demás; pues, en efecto, nuestra vida de cristianos depende también de los demás y cada Eucaristía es una llamada a ser los­ unos-para-los-otros.

Para terminar, quisiera recordar la historia de la vocación del profeta Samuel, siendo aún adolescente. Es de noche. Helí, el sumo sacerdote, es anciano y comienza a perder la vista. Israel, el pueblo de Dios, vive en la noche, ciego ante Dios.  La vida  se ha hecho rutinaria, los días pasan: los afanes de la vida diaria han alejado a los hombres de Dios; es como si El no existiese para el hombre; en una época de prosperidad nadie pregunta ya por El. Sin embargo, la voz de Dios, que nunca se apaga, llama a este joven cuyo corazón es puro y cuya alma permanece abierta. Dios puede hacer oír su voz sólo porque hay un hombre que puede escuchar, un hombre cuya vida no está saturada con las propias preocupaciones e intereses. Samuel oye, y del escuchar nace la vocación. Y de la vocación, un peso que hay que soportar a lo largo de toda una vida; pero del peso nace la Gracia para él mismo (una vida serena con ese gozoso peso difícil) y para los demás, que lentamente vuelven a encontrar a Dios y a encontrarse a sí mismos. ¡Qué hondamente nos conmueve esa historia en esta hora oscura, hora de tinieblas del tiempo en que vivimos! ¡Pidámosle a Dios que su lámpara tampoco se apague hoy! ¡Que también hoy despierte a hombres que puedan oírle! Y démosle gracias en estos momentos porque de nuevo envía a un joven con la misión de anunciar su Palabra y celebrar sus Sacramentos. En sus manos ponemos el camino que este joven empieza hoy: el Señor Jesucristo, Buen Pastor, bendiga este comienzo y lleve hasta la meta lo que El ha iniciado. AMEN.

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