Segunda fase: Integración

Segunda fase: Integración

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La segunda fase para crecer en madurez espiritual se basa en la primera. Algunos escritores espirituales lo llaman «integración».

Consiste en organizar todos los aspectos de nuestra vida en torno a nuestra decisión vital fundamental, como las limaduras de hierro se ordenan alrededor de un imán. Comienza en nuestro corazón y nuestra mente, es decir, el núcleo mismo de nuestro ser, y se va abriendo camino.

Cuando nuestro corazón está integrado, habitualmente deseamos agradar a Dios, extender su Reino, para permanecer fieles a él, para conocerlo más y mejor todos los días.

Cuando nuestra mente está integrada, habitualmente pensamos de acuerdo con los criterios de Cristo; miramos el mundo y lo que acontece a nuestro alrededor a través de la lente del Evangelio y las enseñanzas de la Iglesia de Cristo.

A medida que integramos nuestro corazón y nuestra mente, comenzamos a sentir la necesidad de integrar todo lo demás también.

Sentiremos la necesidad de reformar o abandonar las relaciones que generan lo peor en y de nosotros o que nos llevan a un comportamiento pecaminoso.

Dejamos ciertos malos hábitos; nuestro sentido de responsabilidad se intensifica, y sentimos la necesidad de desarrollar todos nuestros talentos y aprovechar al máximo todas nuestras oportunidades que se convierten en kairós, en tiempo de gracia.

Comenzamos a organizar nuestro tiempo mejor, a elevar nuestras conversaciones, a tratar a las personas con mayor respeto y dignidad…

En resumen, cada aspecto de nuestra vida comienza a sentir y responder al tirón de ese imán, y ayudamos a otros a encontrar el lugar que le corresponde.

En esta fase, además de la oración y la lectura espiritual, nos encontramos trabajando arduamente para reformar nuestros comportamientos, buscamos buenos consejos y, si es posible un buen director espiritual, y fortalecemos de nuestro imán a través de una vida sacramental más intensa.

Aunque esta tarea de integrar los elementos dispersos de nuestra vida nunca terminará.

Tal vez al principio requerirá un esfuerzo más intenso y concentrado, como limpiar nuestra habitación después de varios meses de abandono, pero después, cada cierto tiempo, si no, todos los días, requerirá atención constante. Hay que hacer sábado en nuestro interior de vez en cuando, mejor periódicamente.

Nunca crecemos fuera de esta fase. El crecimiento se basa en cada una y se retroalimentan entre sí.

San Maximiliano Kolbe solía decir a sus hermanos franciscanos más jóvenes que, cuando llegara al cielo, podría ayudarles el doble, porque aquí en la tierra solo podía usar una mano para ayudarles a ellos; ya que con la otra tenía que mantenerse a sí mismo. Tenía que estar constantemente ocupado en esta segunda fase de la vida cristiana.

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