Kerigma 1

1. DIOS TE AMA PERSONALMENTE PORQUE ÉL ES TU PADRE, Dios ama a todos los hombres pero también ama a cada uno de manera personal, como cada uno necesita ser amado.Resultado de imagen de DIOS TE AMA PERSONALMENTE PORQUE ÉL ES TU PADRE

Escucha la canción pinchando en la imagen

  • El Señor se le apareció de lejos:  Con amor eterno te amé,  por eso prolongué mi misericordia para contigo. (Jer. 31,3)

  • Como un padre siente ternura por sus hijos,  siente el Señor ternura por los que lo temen. (Sal. 103,13)

Juan Pablo II y la Misión

San JUAN PABLO II

La s misiones también hoy necesarias e insustituibles (1980)

Entre 1978- 2005, son 27 Mensajes misioneros. Fue el primer Papa que viajó a casi todos los territorios que llamamos de Mi­sión. Convocó en cinco Sínodos a los obispos de cada continente, como preparación para el Jubileo del año 2000 y la misión subsiguiente.

Pues el día de Epifanía del 2001, invitó a toda la Iglesia a una nueva acción misionera, que no podrá ser delegada a unos pocos «especialistas’: sino que acabará por implicar la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios (NMI, 40).

En 1990 publicó su encíclica misionera La misión del Redentor. La empieza así: La misión de Cristo redentor confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse, está todavía en sus comienzos…

Quiero invitar a la Iglesia a un renovado compromiso misionero. En tantos mensajes pudo tocar la amplia gama de todas las cuestiones relativas al desarrollo de la Misión, que él bien que la practicó en todos sus viajes apostólicos, «misioneros».

(Agradecemos a Elías Alcalde, Delegado de Misiones de Granada, el trabajo de resumir todos los mensajes misioneros de San Juan Pablo II)

1979

«La misión no es nunca una destrucción, sino una reasunción de valores y una nueva construcción» (RH, 12). Los valores pre­sentes en el hombre: los específicos de su naturaleza, como la vida, la espiritualidad, la libertad, la sociabilidad, la capacidad de donación y de amor; los que provienen del contexto cultural en que está situado, como el lenguaje, las formas de expresión religiosa, ética, artística; los que proceden de su compromiso y de su experiencia en la esfera personal y en las de la familia, del trabajo y de las relaciones sociales.

El misionero, en su obra de evangelización, entra en contacto precisamente con este mundo de valores, preocupándose de no sofocar nunca, sino por el contrario de salvar y desarrollar tales bienes acumulados a lo largo de tradiciones seculares.

La actitud básica en los mensajeros de la Buena Nueva del Evan­gelio a los pueblos consiste en proponer, y no en imponer la verdad cristiana.

La misión es reasunción de valores: La actividad evangelizadora debe tender por lo tanto a destacar y a desarrollar los elemen­tos válidos y sanos presentes en el hombre evangelizado y en el contexto socio-cultural a que pertenece.

La misión es una nueva construcción: Aquí encontramos las ba­ses del «humanismo cristiano», en el que los valores naturales se compenetran con los de la Revelación : la gracia de la filiación adoptiva divina, de la fraternidad con Cristo, de la acción santi­ficadora del Espíritu.

Crecido en la escuela del Evangelio, el «hombre nuevo» se sien ­ te comprometido a sostener la justicia, la caridad y la paz en el contexto socio-político al que pertenece, y se hace artífice o, al menos, colaborador de esa «civilización nueva» que tiene su Carta Magna en el Sermón de la Montaña. 

1980

Después de dos mil años de cristianismo, el Evangelio del Se­ ñor está muy lejos de ser conocido y difundido en su integridad, entre todos los hombres. Hay que reconocer entre [unas de las causas] el escaso número de aquellos que trabajan en la evan­gelización.

Ante esta verdadera carencia, la Iglesia no puede permanecer callada ni tranquila, ignorando las necesidades de tantos millo­nes de hermanos que esperan el anuncio del mensaje de salva­ción.

Las misiones se revelan también hoy necesarias e insustitui­bles, hasta el punto de que, sin ellas, la actuación de este plan y la expansión del Reino hasta los confines de la tierra no podrían siquiera concebirse; sin ellas no podría nacer y desarrollarse la civilización nueva basada -bajo el signo de Cristo- en la justicia, en la paz y en el amor, porque en la misión es donde se plasma el hombre nuevo, consciente de su dignidad y de su destino tras­cendente de criatura redimida.

También en las situaciones donde se ponen trabas a la predica­ción de la Palabra, la simple presencia del misionero, con su testimonio de pobreza, de caridad, de santidad, constituye por sí misma una eficaz forma de evangelización y crea muchas veces las bases para un diálogo constructivo. Una vez más, aprovecho complacido esta ocasión para elogiar y dar cordiales gracias a los misioneros que, con inmensos sacrificios y entre dificultades de todo tipo, esparcen la semilla de la Palabra de la que procede después el desarrollo de la Iglesia y su arraigo en el mundo.

Y en cuanto a la cooperación… hay que añadir como premisa irrenunciable, la de la oración. Es necesario rezar por las vocaciones, por los misioneros, por los hermanos a quienes hay que evangelizar.

1981

Todos deben meditar los textos del Concilio Vaticano II, en los que se afirma que toda la Iglesia es misionera, que la obra de evangelización es el deber fundamental del Pueblo de Dios (cf. AG, 35) y que a cada discípulo de Cristo le corresponde su parte en la tarea de difundir la fe (cf. LG, 17). Es necesario volver incesantemente a las enseñanzas del Concilio, expresadas en tantos documentos, profundizadas por el Sínodo de los Obis­ pos de 1974 y sintetizadas por el Papa Pablo VI en su Exhorta­ción Apostólica Evangelii nuntiandi (8-Xll-1975).

Otro fenómeno, que nos alegra… es el desarrollo de un nuevo movimiento misionero en las Iglesias-jóvenes, que, de evange­lizadas, pasan a ser evangelizadoras. En todas partes se encuen­tran ya misioneros provenientes de todos los países del mundo.

Una Iglesia cerrada en sí misma, sin apertura misionera, es una Iglesia incompleta o una Iglesia enferma. El ejemplo del despertar misionero en las Iglesias jóvenes pueden recordar esta verdad a las Iglesias de vieja cristiandad, que, después de haber desarro­llado una actividad admirable, parece que a veces se abandonan al desaliento y a la duda acerca de su deber misionero.

La evangelización de la familia constituye, pues, el objetivo prin­cipal de la acción pastoral, y ésta, a su vez, no alcanza plenamen­te la propia finalidad si las familias cristianas no se convierten ellas mismas en evangelizadoras y misioneras: la profundiza­ción de la conciencia espiritual personal hace ver a cada uno, pa­dres e hijos, la propia función y la propia importancia en orden a la vida cristiana de todos los otros miembros de la familia.

El afán misionero manifestará un elemento esencial de la san­tidad de la familia cristiana. Como afirmaba Juan Pablo I: «A tra­vés de la oración en familia la Iglesia doméstica se convierte así en realidad efectiva y lleva a la transformación del mundo».

1982

Mi mensaje toma ocasión, este año, de un evento altamente significativo: el XXV aniversario de la Encíclica Fidei donum de Pío XII. Con dicha Encíclica se inició en la pastoral misionera un nuevo e importante rumbo hacia las orientaciones del Concilio Vaticano 11. En ella recordó en primer lugar el principio de la corresponsabilidad de los obispos, en cuanto miembros del Colegio Episcopal, en la evangelización del mundo. Recordan­do que «han sido consagrados no solo para una diócesis deter­minada, sin o para la salvación de todo el mundo» (AG, 38).

Todas las diócesis deben tomar cada vez más plena concien­cia de esta dimensión universal, descubrir o renovar su propia naturaleza misionera, «ensanchando los espacios de la caridad hasta los últimos confines de la tierra, demostrando por los que están lejos la misma solicitud que sienten por sus propios miembros» (AG, 37).

Una forma concreta de cooperación es el envío de sacerdotes diocesanos a las misiones, pues uno de los apremios más fuer­ tes de muchas Iglesias es actualmente la falta inquietante de apóstoles y de servidores del Evangelio. Esta es la gran novedad a la que la Fidei donum ha legado su nombre. «la vida de la Igle­sia… hoy se presenta como un intercambio de vida y de energía entre todos los miembros del Cuerpo místico de Cristo» (FD, 1 c).

Las Iglesias locales se han transformado progresivamente en sujetos primarios de misionariedad (cf. AG, 20), responsables por sí mismas de la misión (cf. ib., 36-37), como lo he constatado per­sonalmente durante mis viajes a África, América Latina y Asia.

La misión pasa a ser, pues, no sólo ayuda generosa de Iglesias «ricas» a Iglesias «pobres», sino gracia para cada Iglesia, condición de renovación, ley fundamental de vida (cf. AG, 37). 

1983

La Jornada Mundial de las Misiones adquiere este año un re­lieve especialísimo por celebrarse durante el Jubileo extraordi­nario de la Redención que Cristo trajo al mundo, por lo que el Jubileo adquiere un profundo significado misionero.

Compenetrarse con el espíritu del Año Jubilar equivale pues a em­paparse de espíritu misionero, a enfocar el corazón no sólo hacia la profunda interioridad de la propia conciencia, sino también hacia todos aquellos que, por ser hermanos nuestros, tienen derecho a conocer a Cristo y a compartir las riquezas de su Co­ razón, «ricos en misericordia». ¡Vamos al encuentro del Salvador, llevémosle a todos los hombres! ¡Llevémosle con la fuerza ava­salladora y persuasiva del Espíritu Santo, invocado y alcanzado mediante la oración misionera!

Digo, pues, a los jóvenes: ¡No tengáis miedo! No temáis en do­naros a Cristo, en dedicarle vuestra vida mediante el servicio generoso al más alto ideal, el misionero. Os espera una empresa maravillosa de gran dinamismo.

La obra de animación por parte de los guías del Pueblo de Dios es indispensable porque de ellos depende una concreta toma de conciencia en los fieles sobre el problema de la evangelización, y por lo tanto su compromiso en el sector de la cooperación.

Empeño especialmente necesario y urgente si consideramos que la actividad misionera -que comprende también la construcción improrrogable de iglesias, escuelas, seminarios, universidades, centros asistenciales, etc., para la promoción religiosa y humana de tantos hermanos-, se ve muy condicionada por múltiples di­ficultades de tipo económico.

Ofrecer este socorro generoso es una obligación, un honor y un motivo de gozo, porque significa contribuir a hacer partícipes de los inestimables beneficios de la redención a todos los que toda­ vía no conocen las «insondables riquezas de Cristo» (cf. Ef 3, 8)

1984

Durante mi reciente viaje apostólico a Extremo Oriente tuve la alegría de canonizar a 103 confesores de la fe católica que, al evangelizar Corea anunciando el mensaje de Cristo, tuvieron el privilegio de testimoniar con el supremo holocausto de su vida terrena la certeza de la vida eterna en el Señor resucitado . Cristo mismo llevó a cabo su obra redentora de la humanidad sobre todo mediante la pasión dolorosa y el martirio más atroz, e indicó este camino a sus discípulos: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16, 24).

Exhorto ardientemente a todos los fieles a que valoren el su­ frimiento en sus múltiples formas, uniéndolo al sacrificio de la cruz en orden a la evangelización, es decir, para la redención aquellos que no conocen todavía a Cristo.

San Francisco Javier, Patrono de las Misiones, no dudó en afrontar todo tipo de penalidades: hambre, frío, naufragios, per­secuciones, enfermedades; sólo la muerte interrumpió su mar­ cha apostólica.

Santa Teresa del Niño Jesús, Patrona de las misiones, concre­ tó el carácter universal y apostólico de sus deseos con el sufri­miento pedido a Dios y en el precioso ofrecimiento de sí misma como víctima voluntaria del Amor misericordioso. Sufrimiento que alcanzó su cenit en las tribulaciones de la oscuridad de la fe, ofrecidos heroicamente para hacer llegar la luz de la fe a tantos hermanos sumergidos todavía en las tinieblas.

También la valoración del sufrimiento para fines misioneros constituye una de las expresiones más nobles del apostolado de Obras Misionales Pontificias que ha suscitado inmediata adhe­sión entre los enfermos, ancianos, abandonados, marginados, así como entre los encarcelados. Esta la más valiosa forma de cooperación misionera por la unión de los sufrimientos de los hombres con el sacrificio de Cristo, renovado en los altares.

1985

La Iglesia nació, por impulso del Espíritu Santo, el día de Pen­tecostés.

La Iglesia es desde su origen la comunidad de los discípulos que tiene su razón de ser en la realización, a través de los tiempos, de la misión de Cristo mismo: la evangelización del mundo.

Es una comunidad en perenne estado de misión, es comunidad misionera. Todos sus miembros poseen la vocación misio­nera: los obispos, los sacerdotes, los religiosos, las religiosas y los laicos.

En este Año Internacional de la Juventud, me dirijo a vosotros, jóvenes, exhortándoos, en nombre de Cristo Señor, a que os ha­gáis anunciadores del Evangelio, a difundir con todas vuestras fuerzas la Palabra salvadora, la Verdad de Dios.

Cada uno de vosotros debe hacer comprender a los que están a su alrededor, en la familia, en la escuela, en el mundo de la cultura, del trabajo, que Cristo es el camino, la verdad y la vida; que sólo Él puede desvanecer la desesperación y la alienación del hombre, dando razón de su existencia como criatura dotada de altísima dignidad, hecha a imagen y semejanza de Dios.

Os envío como Cristo envió a los Apóstoles: ¡De vosotros de­ pende el futuro de la Iglesia, la evangelización del mundo en los próximos decenios depende de vosotros!

¡Sed Iglesia! Haced joven a la Iglesia, conservadla joven con vuestra fervorosa presencia, dándole por doquier vitalidad y vi­gor profético!

No podemos menos de experimentar en la intimidad de la pro­pia conciencia el apremio del mandato de Cristo; no podemos dejar de advertir el grave deber que incumbe a todo cristiano de apoyar el progreso de la evangelización.

1986

La Iglesia dedica este año especial atención a la circunstancia del 60 aniversario de la Jornada Mundial de las Misiones.

Hoy, al percibir mejor que nunca la visión global de las necesida­des de todas y cada una de las Iglesias, sentirnos más apremian­ te el empeño por identificar nuevamente la vocación fundamen­tal de anuncio, testimonio y servicio al Evangelio; sentimos más impelente la necesidad de ayudar a los misioneros, sean éstos sacerdotes, religiosos, religiosas, y también jóvenes plenamente comprometidos en una vida de consagración a Dios en el mun­do o laicos voluntarios que dan su aportación al desarrollo de las Iglesias jóvenes.

¿Qué nos dicen los sesenta años de historia de la Jornada Misio­nera mundial?AI comienzo de esta historia escuchamos la voz genuina de una pequeña porción del Pueblo de Dios que, con su adhesión a la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe, supo hacerse intérprete de la misión universal de la Iglesia católica que, por su misma naturaleza, se inserta en las diversas culturas locales, sin perder nunca su profunda identidad de ser «sacra­mento universal de salvación».

La Jornada Misionera mundial puede y debe ser, en la vida de cada una de las Iglesias particulares, ocasión para llevar a la práctica la pastoral de catequesis permanente de abierta di­mensión misionera, proponiendo a cada uno de los bautizados y de las comunidades cristianas, un programa de vida «evangeli­zada y evangelizadora».

Todos los sectores de la comunidad eclesial -la familia, los ni­ños, los jóvenes, el mundo de la escuela, del trabajo, de la téc­nica, de la ciencia, de la cultura, de las comunicaciones sociales­ están implicados en esta misma perspectiva.

Se puede, por eso, afirmar que la Iglesia que se proyecta hacia el tercer milenario es una Iglesia esencialmente misionera.

1987

Todos los laicos cristianos, precisamente en virtud del bautis­mo, son llamados por Dios a un apostolado efectivo: «La voca­ción cristiana es, por su naturaleza misma, vocación también al apostolado» (AC, 2).

Ante el ya próximo Sínodo de los Obispos, apremio gratamente a los laicos, sobre todo a los jóvenes, a que reconozcan la rea­lidad de estos dones divinos y asuman con espíritu de responsa­bilidad personal la tarea de la evangelización mediante la pala­bra, el testimonio, la sementera de la sabiduría y esperanza tan anheladas, muchas veces inconscientemente, por la humanidad. Sí, la Iglesia necesita hoy laicos maduros que actúen como dis­cípulos y testigos de Cristo, artífices de comunidades cristianas, transformadores del mundo con los valores del Evangelio.

Hago llegar mi gratitud y aliento apostólico a todos los laicos operantes ya en la actividad misionera de la Iglesia, confirman­ do a cada uno de ellos en su respectivo trabajo.

Recuerdo a los tan numerosos catequistas, hombres y muje­res, que dan una aportación insustituible a la propagación de la fe, y hoy se les pide un servicio de la máxima importancia.

¿Cómo no reconocer que, sin estos agentes especializados en tierras de misión, tantas Iglesias hoy florecientes, no habrían sido edificadas? Los catequistas han sido y son testigos directos de la fe, a veces hasta los pioneros, cronológicamente, en anun­ciarla, haciéndose así activos colaboradores para implantar, de­sarrollar e incrementar en la misión la vida cristiana.

Recuerdo también otra forma de compromiso laica! misionero de la que, hoy sobre todo, la Iglesia espera mucho: la del volun­tariado laical. Animados de fe y caridad evangélicas, dan tes­timonio de amor y de servicio al hombre en toda su integridad corporal y espiritual.

1988

Cuando está para terminar el Año Mariano, exhorto a todos los miembros del Pueblo de Dios a reflexionar sobre la presen­cia de María en la misión universal de la Iglesia.

María, Estrella de la evangelización y Madre de todos los pueblos: La presencia e influencia de la Madre de Jesús han acompaña­ do siempre la actividad misionera de la Iglesia. Los heraldos del Evangelio, al presentar el misterio de Cristo a los pueblos no cristianos, han ilustrado también la persona y la función de María que, «por su íntima participación en la historia de la sal­vación, reúne en sí, y refleja en cierto modo, las supremas ver­dades de la fe», y «cuándo es anunciada y venerada atrae a los creyentes a su Hijo, a su sacrificio y al amor del Padre» (LG, 65).

Es consolador observar que, junto a las Iglesias de antigua fun­dación, las Iglesias jóvenes de África, de Asia y de América La­ tina participan cada vez más en la misión universal. El envío de misioneros ad gentes por parte de estas comunidades eclesiales, en fase de desarrollo todavía, es prueba del auténtico espíritu católico y misionero que debe animar a las nuevas Iglesias.

Los heraldos del Evangelio, con frecuencia ignorados, olvidados o perseguidos, que gastan la vida en las avanzadas misioneras de la Iglesia, tienen un modelo perfecto de consagración y fide­lidad en María, que «se consagró plenamente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo» (LG, 56).

La Santísima Virgen interceda ante su Hijo para que un nuevo espíritu de Pentecostés anime a todos aquellos que, con el bau­tismo, han recibido el don inestimable de la fe.

María los haga cada vez más conscientes de su responsabilidad misionera, para que, con su perseverancia y generosidad, el Evangelio se anuncie a todos los pueblos, y la fe en Cristo lleve luz y salvación al mundo entero.

1989

En este mensaje quiero destacar sobre todo la necesidad y el valor de la presencia del clero autóctono en las jóvenes comu­nidades cristianas. Las vicisitudes de la formación y del desa­rrollo del clero autóctono marcan el camino de la evangelización misionera.

Con el Concilio Vaticano 11 se ha abierto una nueva época en la historia siempre apasionante de la actividad misionera.

La Iglesia es misionera por su naturaleza y toda Iglesia particular es llamada a reproducir en sí misma la imagen de la Iglesia uni­versal; por eso, también las nuevas Iglesias han de «participar cuanto antes activamente en la misión universal de la Iglesia, enviando también ellas misioneros que anuncien el Evangelio por toda la tierra, aunque sufran escasez de clero.

Este año se cumple el centenario de fundación de la Obra Ponti­ficia de San Pedro Apóstol. A cien años de su fundación, conser­va todo su valor en la perspectiva de su finalidad original: «Sensibilizar al pueblo cristiano sobre el problema de la forma­ción del clero local en las Iglesias misioneras e invitarlo a cola­borar en la formación de los candidatos al sacerdocio mediante una ayuda espiritual y material».

La Obra de San Pedro Apóstol evoca la función propia e insus­tituible del clero en la misión evangelizadora. Las comunidades cristianas necesitan su servicio pastoral como guía para su vida de Fe y para formarse en el espíritu misionero.

El reto más importante que la misión universal presenta a toda la Iglesia es el de las vocaciones a la vida sacerdotal, religiosa y laica!. «Para la evangelización del mundo hacen falta evangeli­zadores. Por eso, todos, comenzando de las familias cristianas, debemos sentir la responsabilidad de favorecer el surgir y ma­ durar de vocaciones específicamente misioneras, tanto sacerdo­tales y religiosas como laicales…».

1990

El Domingo mundial de las misiones (Domund) tiene lugar este año en coincidencia con la Asamblea general del Sínodo de lo s obispos sobre el tema de la formación de los sacerdotes en el mundo actual.

«La vocación pastoral de los sacerdotes es grande, y el Concilio enseña que es universal: está dirigida a toda la Iglesia y, en con­ secuencia, es también misionera». «Todo sacerdote es propia­ mente misionero para el mundo»; invito a todos los sacerdo­tes de la Iglesia a «ofrecerse al Espíritu Santo y al obispo para ir, como enviados a predicar el Evangelio más allá de los confines de su país».

La evangelización de los no-cristianos que viven en el área de una diócesis o de una parroquia es un deber primario del respec­tivo pastor. Por eso, los sacerdotes se han de esforzar personal­ mente, asociando también a los fieles, por predicar el Evangelio a aquellos que no forman parte todavía de la comunidad eclesial. Los sacerdotes, en su mayor parte, viven la dimensión misione­ ra en una Iglesia particular, bien ocupándose de las situaciones misioneras en ella existentes, bien educando y estimulando a sus comunidades a participar en la misión universal de la Iglesia. La educación de los futuros sacerdotes en el espíritu misione­ ro debe ser tal que el sacerdote se sienta y actúe, allí donde se encuentre, como un párroco del mundo, al servicio de toda la Iglesia misionera. El es el animador nato y el primer responsable del despertar de la conciencia misionera de los fieles.

Para demostrar tal corazón y llevar a cabo tan amplia actividad pastoral, se necesita una sólida formación misionera que se deberá impartir en primer lugar en el seminario durante los años de preparación de los futuros sacerdotes.

Es importante que la misionología ocupe un espacio destacado en el programa de estudios de la teología.

1991

La misión de evangelizar el amor de Dios a los hombres -a todos y cada uno de los hombres y las mujeres- y el amor de los hombres a Dios y entre sí, encomendada por Cristo a su Iglesia, está tan lejos de completarse que se puede considerar más bien apenas iniciada. Esta constatación me ha movido a hacer una llamada especial a todos los miembros de la Iglesia con la en­ cíclica La Misión del Redentor; y ahora les pido asimismo que consideren este grito como una nueva llamada a una renovada misión que les im pulse a un mayor esfuerzo pastora l y a una catequesis más adecuada.

Es muy bello y estimulante recordar la vida de las comunidades de los primeros cristianos, cuando éstos se abrían al mundo, al que por vez primera miraban con ojos nuevos: era la mirada de quien ha comprendido que el amor de Dios se debe traducir en servicio por el bien de los hermanos.

El recuerdo de su experiencia de vida me induce a reafirmar la idea central de la reciente encíclica: «La misión renueva la Igle­sia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola!»(n. 2).

El primer ámbito de desarrollo del binomio fe-misión es la comu­nidad familiar. La primera comunidad de la fe, en su adquisición, crecimiento y también en la donación y, por tanto. en la misión.

Otro ámbito, asimismo importante, es la comunidad parroquial, o la comunidad eclesial de base, la cual, mediante el servicio de sus pastores y animadores, debe ofrecer a los fieles el alimento de la fe e ir en busca de los alejados y extraños, realizando así la misión. Ninguna comunidad cristiana es fiel a su cometido si no es misionera: o es comunidad misionera o no es ni siquie­ra comunidad cristiana, pues se trata de dos dimensiones de la misma realidad, tal como es definida por el bautismo y los otros sacramentos.

1992

Ningún creyente en Cristo, ninguna institución de la Iglesia pue­de eludir el deber supremo de anunciar a Cristo a todos los pue­blos. Dos terceras partes de la humanidad no conocen todavía a Cristo, y tienen necesidad de él y de su mensaje de salvación.

En el contexto del V Centenario de la evangelización de Amé­rica, evocamos la memoria de los misioneros que, partiendo de Europa, anunciaron el Evangelio a los pueblos de aquellas tierras. Celebramos este aniversario en espíritu de humildad y verdad, dando gracias a Dios por los beneficios espirituales otorgados a aquellas antiguas y nobles poblaciones.

Hoy nos alegra ver que los misioneros no provienen sólo de las Iglesias evangelizadas de antiguo, sino también de las Iglesias de Africa, de Asia y de América Latina, donde son ya muchos los que se consagran a la primera evangelización. En los países de misión continúa la actividad preciosa e indispensable de los catequistas locales, animados de gran espíritu misionero y após­toles incansables de fe y esperanza.

Para que el Domingo mundial de las misiones asuma un signi­ficado y valor de plena solidaridad con las misiones, es necesario prepararlo con esmero y vivirlo con fervor .

La celebración de la eucaristía constituye el momento central para dar a conocer el problema misionero y suscitar el compromiso responsable de todo bautizado, de toda familia cristiana y de toda institución eclesial, sin descuidar otras oportunidades de sensibilización misionera.

La Jornada de las misiones constituye, desde hace 70 años, la movilización eclesial más importante para incrementar la coo­peración espiritual y material. Recuerdo las sabias indicaciones de los Papas Pío XI y Juan XXIII, en las que se dispone que todas las ofrendas recogidas en la Jornada mundial de las misiones se destinen a las necesidades de la misión ad gentes.

1993

Educar en el evangelio de la vida es la gran tarea de la familia y de la misma comunidad cristiana con respecto a los jóvenes, ya desde la infancia. Ésta fue la intuición fundamental que movió al obispo de Nancy, mons. Charles Forbin-Janson, a fundar, en el año 1843, la Obra de la Santa Infancia, institución que celebra este año su 150º aniversario.

El servicio eclesial que esta Obra, honrada luego con el título de pontificia, lleva a cabo en todos los continentes, resulta cada vez más valioso y providencial, pues contribuye a dar nuevo impulso a la acción misionera de los niños en favor de sus coetáneos, y sostiene el derecho de los niños a crecer en su dignidad de hom­bres y de creyentes, ayudándoles sobre todo a realizar su deseo de conocer, amar y servir a Dios. La colaboración de los jóvenes en la evangelización es necesaria: la Iglesia tiene puestas grandes esperanzas en su capacidad de cambiar el mundo.

Con ocasión del Día mundial de las misiones deseo invitar a los creyentes de todo el mundo, y en particular a los padres, los edu­cadores y los catequistas, así como a los religiosos y religiosas, a impulsar la formación misionera de los niños, conscientes de que la educación en el espíritu misionero debe comenzar ya des­ de la más tierna edad. Si se les guía oportunamente en el ámbito de la familia, de la escuela y de la parroquia, los niños pueden llegar a ser misioneros de sus coetáneos, y no sólo de ellos.

Estoy convencido de que, del compromiso de la evangelización y del de la promoción humana, en los que es preciso sensibili­zar también a los niños, podrán brotar nuevas vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa. La promoción y el cuidado de las vocaciones misioneras constituye, por consiguiente, una tarea actual y urgente. En efecto, cada vez aumenta más el número de personas a quienes la Iglesia debe llevar el mensaje salvífica y «el anuncio del Evangelio requiere anunciadores…».

1994

La Iglesia, enviada a todo el mundo para anunciar el Evangelio de Cristo, ha dedicado el año 1994 a la familia, orando con ella y por ella, y reflexionando sobre los problemas que le conciernen.

Cristo mismo eligió a la familia humana como ámbito de su en­carnación y de su preparación para la misión que el Padre ce­lestial le había confiado. Además, fundó una nueva familia, la Iglesia, como prolongación de su acción universal de salvación. Por tanto, la Iglesia y la familia, en la perspectiva de la misión de Cristo, manifiestan vínculos recíprocos y finalidades convergen­ tes. Si todos los cristianos son corresponsables de la actividad misionera, constitutiva de la familia eclesial a la que todos per­tenecemos por la gracia de Dios (cf. RM, 77), con mayor razón la familia cristiana, que se basa en un sacramento específico, ha de sentirse impulsada por el celo misionero.

La familia participa en la vida y en la misión eclesial según una triple acción evangelizadora: dentro de sí, en la comunidad de pertenencia y en la Iglesia universa l. En efecto, el sacramento del matrimonio «constituye a los cónyuges y padres cristianos en testigos de Cristo ‘hasta los últimos confines de la tierra ‘, como verdaderos ‘misioneros’ del amor y de la vida» (FC, 54).

La familia es misionera, ante todo mediante la oración y el sa­crificio. Como toda oración cristiana, la oración familiar ha de incluir también la dimensión misionera, a fin de que resulte efi­caz para la evangelización.

La manifestación más elevada de generosidad es la entrega total de sí. Queridos jóvenes, el Señor os ha dado un corazón abierto a grandes horizontes : no tengáis miedo de comprometer enteramente vuestra vida al servicio de Cristo y de su Evangelio. María, Madre de la Iglesia, y san José, obtengan que en cada co­munidad doméstica se desarrolle el espíritu misionero.

1995

Me dirijo, ante todo, a vosotros, queridos misioneros y misione­ ras, y especialmente a los que están sufriendo por el nombre deJesús. Decid a todos que «abrirse al amor de Cristo es la verdadera liberación. En él, sólo en él, somos liberados de toda forma de alienación y extravío, de la esclavitud al poder del pecado y de la muerte». Él es camino y verdad, resurrección y vida; él es el «Verbo de la vida».

Anunciad a Cristo con la palabra, anunciadlo con manifestacio­nes concretas de solidaridad, haced visible su amor al hombre, colocándoos, con la Iglesia y en la Iglesia, siempre «en la primera línea de la caridad»…

Vuestra vocación especial ad gentes y ad vitam conserva toda su validez: representa el paradigma del compromiso misionero de toda la Iglesia, que necesita siempre entregas radicales y tota­les, impulsos nuevos y audaces. Habéis consagrado vuestra vida a Dios para dar testimonio del Resucitado entre las gentes: no os dejéis atemorizar por dudas, dificultades, rechazos y persecucio­nes: reviviendo la gracia de vuestro carisma específico, continuad sin vacilaciones el camino que habéis emprendido con tanta fe y generosidad.

Dirijo esta misma exhortación a las Iglesias de antigua y de reciente fundación, a sus pastores, «consagrados no sólo para una dióce­sis, sino para la salvación de todo el mundo», que con frecuencia sufren por la falta de vocaciones y de medios. Me dirijo singular ­ mente a las comunidades cristianas en situación de minoría.

El intrépido anuncio del Evangelio os está confiado de modo es­pecial a vosotros, los jóvenes. En Manila os recordaba que «son muchas las exigencias del Señor. Os pedirá la plena entrega de todo vuestro ser para difundir el Evangelio y servir a su pueblo. Pero ¡no tengáis miedo! Sus exigencias son también la medida del amor personal que os tiene a cada uno».

1996

¿Qué es el cristiano? Un hombre «conquistado» por Cristo (Flp 3, 12) y, por ello, deseoso de darlo a conocer y hacer que sea amado por doquier, «hasta los confines de la tierra». La fe nos impulsa a ser misioneros, sus testigos. Si no lo somos, significa que nuestra fe es aún incompleta, parcial, inmadura.

«La misión es un problema defe, es el índice exacto de nuestra fe en Cristo y en su amor por nosotros» (RM, 11). La fe y la misión van juntas: cuanto más robusta y profunda sea la fe, tanto más se sentirá la necesidad de comunicarla, compartirla, testimoniar­ la. Si, por el contrario, se debilita, el impulso misionero disminuye y pierde vigor la capacidad de testimonio. Siempre ha sido así en la historia de la Iglesia: la pérdida de vitalidad en el impulso mi­sionero ha sido siempre síntoma de una crisis de fe.

Todo cristiano, incorporado a la Iglesia mediante el bautismo, está llamado a ser misionero y testigo. Se trata de un mandato explícito del Señor. Y el Espíritu Santo envía a todo bautizado a proclamar y dar testimonio de Cristo a todas las gentes: es, por tanto, un deber, al igual que un privilegio, pues es una invitación a cooperar con Dios para la salvación de cada uno y de la huma­nidad entera.

Si somos verdaderamente dóciles a la acción del Espíritu, lograre­mos reproducir e irradiar en nuestro entorno el misterio de amor que habita en nosotros. Ésa es la identidad del cristiano-testigo, copia, signo e irradiación viva de Jesús. La Jornada mundial de las misiones tiene sentido si im pulsa, en las parroquias y en las fami­lias cristianas, la oración por las vocaciones misioneras y susci­ta un ambiente adecuado para su maduración.

A los bautizados Cristo hoy les pregunta: «¿Sois mis testigos?’.

Y cada uno está invitado a preguntarse con sinceridad: «¿Doy ante el mundo el testimonio que el Señor me pide?

1997

Jesucristo, el enviado del Padre, el primer misionero, es el úni­co Salvador del mundo.

Pero ningún hombre podrá invocar nunca a Jesús, creer en él, si antes no ha oído hablar de él, es decir, si antes no se le ha dado a conocer ese nombre (cf. Rm 1O, 14- 15).

De ahí el mandato supremo del Maestro a los suyos antes de volver al Padre: «Id (…), haced discípulos» (Mt 28, 19); «Predicad (…); el que crea y sea bautizado, se salvará» (Me 16, 16).

Ante los muchos que, aun siendo amados por el Padre (cf. RM, 3), no han recibido todavía la buena nueva de la salvación, el cris­tiano no puede menos de experimentar en su conciencia el ansia que estremeció al apóstol Pablo, y le hizo exclamar: «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!»(1 Co 9, 16). En efecto, en cierta medi­da, cada uno es responsable personalmente ante Dios de la «fe malograda» de millones de hombres.

La magnitud de la empresa y el constatar la insuficiencia de las propias fuerzas puede, a veces, inducir al desaliento, pero no he­mos de tener miedo: no estamos solos. El Señor nos ha asegura­ do: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Debe animarnos pensar que, por muy laudables e indispensa­bles que sean los esfuerzos del hombre, la misión sigue siendo siempre, principalmente, obra de Dios, obra del Espíritu Santo, el Consolador, que es su indiscutible «protagonista».

Una respuesta ejemplar a la llamada universal a la responsabi­lidad en la obra misionera la dio en su tiempo Santa Teresa del Niño Jesús, de cuya muerte este año conmemoramos el cente­nario. Ojalá que cada bautizado haga suyo y trate de vivir lo me­jor posible, de acuerdo con su situación personal, el programa de la santa patrona de las misiones: «En el corazón de la Igle­sia, mi madre, seré el amor (…): así seré ¡todo!».

1998

La Jornada Mundial de Misiones de este año, dedicado al Espí­ritu Santo, y segundo de inmediata preparación al Gran Jubileo del 2000, no puede menos de tener en Él su punto de referencia. El Espíritu, en efecto, es el protagonista de toda la misión ecle­sial, cuya «obra resplandece de modo eminente en la misión ad gentes, como se ve en la Iglesia primitiva» (RM, 21).

El Espíritu Santo no ha perdido la fuerza propulsora que tenía en la época de la Iglesia naciente; hoy actúa como en los tiempos de Jesús y de los Apóstoles.

El Espíritu está presente en la Iglesia y la guía en la misión ‘ad gentes Es consolador saber que no somos nosotros, sino que es Él mismo el protagonista de la misión. Esto da serenidad, alegría, esperanza, intrepidez. El Espíritu ensancha además la perspecti ­va de la misión eclesial a los confines del mundo entero.

Incluso el hecho de que en la Iglesia, nacida de la cruz de Cris­ to, haya todavía hoy persecución y martirio, constituye un fuerte signo de esperanza para la misión.

En las Iglesias jóven es, la presencia del Espíritu se revela también con otro signo muy fuerte: las jóvenes comunidades cristianas son entusiastas de la fe y sus miembros, especialmente los jóve­nes, se hacen sus propagadores convencidos.

El panorama que, al respecto, tenemos ante nuestros ojos es consolador. Fieles de reciente conversión, o incluso aún catecú­menos, sienten fuertemente el soplo del Espíritu y, entusiastas de su fe, se hacen misionero s en su ambiente.

El «tiempo del Espíritu», que estamos viviendo, nos orienta cada vez más hacia una variedad de expresiones, un pluralismo de métodos y formas, en los que se manifiestan la riqueza y vitali­dad de la Iglesia. Invito a reafirmar, contra todo pesimismo, la fe en la acción del Espíritu, que llama a todos los creyentes a la santidad y al empeño misionero.

1999

En este último año del siglo que nos prepara al Gran Jubileo del 2000, es fuerte la invitación a alzar la mirada y el corazón ha­cia el Padre, para conocerlo «tal como Él es, y tal como el Hijo nos lo ha revelado».

La Iglesia es misionera porque anuncia incansablemente que Dios es Padre, lleno de amor a todos los hombres. Todo ser hu­mano y todo pueblo busca, a veces incluso inconscientemente, el rostro misterioso de Dios que, sin embargo, sólo el Hijo unigé­nito, que está en el seno del Padre, nos ha revelado plenamente (cfr Jn 1,18). Dios es «Padre de nuestro Señor Jesucristo», y «quie­re que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tim 2,4). Todos los que acogen su gracia descubren con estupor que son hijos del único Padre y se sienten deudores hacia todos del anuncio de la salvación.

En la cultura moderna es difuso un sentido de espera de una era nueva de paz, bienestar, solidaridad, respeto de los derechos, amor universal.

Iluminada por el Espíritu, la Iglesia anuncia que este reino de jus­ticia, de paz y de amor, ya proclamado en el Evangelio, se real i­ za misteriosamente en el curso de los siglos gracias a personas, familias y comunidades que optan por vivir de modo radical las enseñanzas de Cristo, según el espíritu de las Bienavanturanzas. Mediante su empeño, la misma sociedad temporal es estimulada a dirigirse hacia metas de mayor justicia y solidaridad.

En nuestro tiempo es muy fuerte la conciencia de que todos tienen derecho al «pan cotidiano», es decir, a lo necesario para vivir. Se siente igualmente la exigencia de una debida equidad y de una solidaridad compartida que una entre sí a los seres humanos.

Dios, Padre lleno de amor, da fuerza para vencer el mal con el bien y hace capaz a quien recambia su amor de contribuir a la redención del mundo.

2000

Este año, la Jornada se enriquece de significado a la luz del gran jubileo, año de gracia, celebración de la salvación que Dios, en su amor misericordioso, ofrece a la humanidad ente­ ra. Recordar los dos mil años del nacimiento de Jesús quiere decir celebrar también el nacimiento de la misión: Cristo es el primero y el más grande misionero del Padre .

La misión, nacida con la encarnación del Verbo, continúa en el tiempo a través del anuncio y el testimonio eclesial.

El jubileo es tiempo favorable para que toda la Iglesia se empeñe, gracias al Espíritu, en un nuevo impulso misionero.

Toda la misión de la Iglesia y, de modo especial, la misión «ad gentes«, necesita apóstoles dispuestos a perseverar hasta el fin, fieles a la misión recibida, siguiendo el mismo camino recorrido por Cristo, «el camino de la pobreza, de la obediencia, del servicio y del sacrificio de sí hasta la muerte» (AG, 5).

Dos mil años después del inicio de la misión son todavía vastas las áreas geográficas, culturales, humanas o sociales en las que Cristo y su Evangelio no han penetrado aún. ¿Cómo no escuchar la llamada que implica esta situación?

Es aún vasto el campo y queda todavía mucho que hacer: es ne­cesaria la colaboración de todos. En efecto, nadie es tan pobre que no pueda dar algo. Se participa en la misión en primer lugar con la oración, en la liturgia o en la propia habitación, con el sacri­ficio y la ofrenda a Dios de los propios sufrimientos.

Esta es la primera colaboración que cada uno puede ofrecer. Luego es importante dar una contribución económica, que es vi­ tal para muchas Iglesias particulares.

«Hemos de fomentar en nosotros el afán apostólico por transmi­tir a los demás la luz y la alegría de la fe, y para este ideal debe­mos educar a todo el pueblo de Dios».

2001

Es fruto del gran jubileo la actitud que el Señor pide a cada cristiano: mirar hacia el futuro con fe y esperanza… «Esta pasión suscitará en la Iglesia una nueva acción misionera, que no podrá ser delegada a unos pocos «especialistas», sino que ha de implicar la responsabilidad de todos los miembros del pueblo de Dios. Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí; debe anunciarlo».

De modo especial, la llamad a a la misión adquiere singular urgen­cia al mirar a la porción de la humanidad que aún no conoce o no reconoce a Cristo. Sí, queridos hermanos y hermanas, la misión ad gentes es hoy más válida que nunca. Llevo muy grabado en mi corazón el rostro de la humanidad que he podido contemplar a lo largo de mis peregrinaciones: es el rostro de Cristo reflejado en el de los pobres y los que sufren; el rostro de Cristo que res­plandece en los que andan como «ovejas sin pastor» (Mc 6, 34).

Para todos es una invitación, una llamada urgente, a la que es preciso dar una respuesta pronta y generosa. ¡Hay que ponerse en marcha!

La misión exige oración y compromiso concreto. Son muchas las necesidades que implica la difusión capilar del Evangelio.

«Las misiones no piden solamente ayuda, sino compartir el anuncio y la caridad para con los pobres. Todo lo que hemos recibido de Dios -tanto la vida como los bienes materiales- no es nuestro». Esta Jornada es importante en la vida de la Iglesia, también «porque enseña cómo se ha de dar: en la celebración eucarística, esto es, como ofrenda a Dios, y para todas las misio­nes del mundo».

María, Madre de la Iglesia, Estrella de la evangelización, nos acompañe en este camino, como permaneció junto a los discípu­los en el día de Pentecostés.

2002

La misión evangelizadora de la Iglesia es esencialmente el anuncio del amor, de la misericordia y del perdón de Dios, reve­ lados a los hombres mediante la vida, la muerte y la resurrección de Jesucristo, nuestro Señor.

Al inicio del tercer milenio cristiano se impone con mayor urgen­ cia el deber de la misión, porque, como recordé ya en la encíclica La Misión del Redentor, «el número de los que aún no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta constantemente; más aún, desde el final del Concilio, casi se ha duplicado.

Para esta humanidad inmensa, tan amada por el Padre que por ella envió a su propio Hijo, es patente la urgencia de la misión». Son bien conocidas las horribles guerras y revoluciones que han ensangrentado el siglo que ha concluido, y los conflictos que, por desgracia, siguen afligiendo al mundo de modo casi endémico.

El centro del mensaje cristiano es el anuncio del misterio pas­cual de Cristo crucificado y resucitado. En la cruz Dios nos ha revelado todo su amor. El grito de Jesús en la cruz (cf. Mt 27, 46) no revela la angustia de un desesperado, sino que es la oración del Hijo que ofrece su vida al Padre para la salvación de todos.

Mediante la evangelización, los creyentes ayudan a los hom­bres a reconocerse hermanos y, como peregrinos en la tierra, aunque por sendas diversas, todos encaminados hacia la patria común que Dios no cesa de señalarnos a través de caminos que sólo él conoce.

Nunca hay que avergonzarse del Evangelio y nunca hay que te­ner miedo de proclamarse cristianos, silenciando la propia fe. Al contrario, es necesario seguir hablando, ensanchando los es­pacios del anuncio de la salvación, porque Jesús ha prometido permanecer siempre y en toda circunstancia presente en medio de sus discípulos.

2003

La Iglesia toma cada vez mayor conciencia de que es «madre» como María. En octubre del año pasado, convoqué un Año es­pecial dedicado al redescubrimiento de la oración del Rosario. En la escuela de la Virgen y siguiendo su ejemplo, toda comuni­dad podrá cultivar mejor su dimensión «contemplativa» y «misio­nera». El recurso confiado a María con el rezo diario del Rosario y la meditación de los misterios de la vida de Cristo pondrán de relieve que la misión de la Iglesia se debe sostener, ante todo, con la oración. María misma se convierte en nuestra maestra y guía.

Todos los creyentes están llamados, por el bautismo, a la santi­dad. Santidad y misión son aspectos inseparables de la vocación de todo bautizado. El esfuerzo por llegar a ser más santos está es­trechamente vinculado al de difundir el mensaje de la salvación.

«Todo fiel está llamado a la santidad y a la misión». Si todos los misterios del Rosario constituyen una significativa escuela de santidad y de evangelización, los misterios de luz ponen de relie­ve aspectos singulares de nuestro «seguimiento» evangélico.

En ninguna época la Iglesia ha tenido tantas posibilidades de anunciar aJesús como hoy, gracias al desarrollo de los medios de comunicación social.

Precisamente por esto, la Iglesia está llamada a reflejar el Ros­ tro de su Esposo con una santidad más resplandeciente. En este esfuerzo, nada fácil, sabe que la sostiene María. De ella «apren­de» a ser «virgen», totalmente dedicada a su Esposo, Jesucristo, y «madre» de muchos hijos que engendra para la vida inmortal. Urge preparar evangelizadores competentes y santos; es ne­cesario que no decaiga el fervor en los apóstoles, especialmente para la misión «ad gentes». La tarea de la animación misionera debe seguir siendo un compromiso serio y coherente de todo bautizado y de toda comunidad eclesial.

2004

EUCARISTÍA Y MISIÓN

Los desafíos sociales y religiosos a los que la humanidad hace frente en estos tiempos nuestros motiva a los creyentes a reno­varse en el fervor misionero. ¡Sí!

Es necesario promover con valentía la misión «ad gentes», par­ tiendo del anuncio de Cristo, Redentor de cada criatura humana. Reunida alrededor del altar, la Iglesia comprende mejor su ori­gen y su mandato misionero.

«Eucaristía y Misión» forman un binomio inseparable.

 «La Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía». Fin de la Eucaristía es precisamente «la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo».

Cuando se participa en el Sacrificio Eucarístico se percibe más a fondo la universalidad de la redención, y consecuentemente, la urgencia de la misión de la Iglesia, cuyo programa «se cen­tra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste».

Alrededor de Cristo eucarístico la Iglesia crece como pueblo, tem­plo y familia de Dios: una, santa católica y apostólica.

Al mismo tiempo, comprende mejor su carácter de sacramen­to universal de salvación y de realidad visible jerárquicamente estructurada. Ciertamente «no se construye ninguna comunidad cristiana si ésta no tiene como raíz y centro la celebración de la sagrada Eucaristía».

Al término de cada santa Misa, cuando el celebrante despide la asamblea con las palabras «lte, misa est», todos deben sentirse enviados como «misioneros de la Eucaristía» a difundir en to­ dos los ambientes el gran don recibido.

De hecho, quien encuentra a Cristo en la Eucaristía no puede no proclamar con la vida el amor misericordioso del Redentor.

2005

MISIÓN: PAN PARTIDO PARA EL MUNDO

La Eucaristía, mientras hace comprender plenamente el sentido de la misión, anima a cada creyente, y especialmente a los misio­neros, a ser «pan partido para la vida del mundo».

El mismo Redentor, que a la vista de la muchedumbre necesita­ da sintió compasión «porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9, 36), presente en la Eucaristía, continúa a lo largo de los siglos manifestando compasión ha­cia la humanidad que se encuentra en la pobreza y en el sufri­miento. En su nombre, los agentes pastorales y los misioneros recorren caminos no explorados para llevar a todos el «pan» de la salvación con la conciencia de que unidos a Cristo «no sólo centro de la historia de la Iglesia, sino de la historia de la humanidad es posible satisfacer los anhelos más íntimos del corazón humano .

La Comunidad eclesial, cuando celebra la Eucaristía, de manera especial el domingo, día del Señor, experimenta a la luz de la fe, el valor del encuentro con Cristo resucitado, y adquiere cada vez más conciencia de que el Sacrificio eucarístico es «para todos» (Mt 26, 28). Si uno se alimenta del Cuerpo y de la Sangre del Se­ ñor crucificado y resucitado, no puede tener sólo para sí mismo este «don». Al contrario, es necesario difundirlo. El amor apasio­nado por Cristo conduce al anuncio valiente de Cristo; anuncio que, con el martirio, se convierte en ofrenda suprema de amor a Dios y a los hermanos. La Eucaristía apremia a una generosa acción evangelizadora y a un compromiso activo en la edificación de una sociedad más equitativa y fraterna .

También hoy Cristo manda a sus discípulos: «dadles vosotros de comer» . En su nombre, los misioneros acuden a tantas partes del mundo para anunciar y ser testigos del Evangelio.

Ellos mismos se hacen «pan partido» para los hermanos, lle­gando a veces hasta el sacrificio de la vida.