Tercera fase: Generosidad

Tercera fase: Generosidad

Imagen relacionada

 

La tercera fase es generosidad. Una vez que hemos integrado más o menos nuestra vida con nuestra decisión de ser discípulos y apóstoles de Cristo, podemos comenzar a sentirnos bastante cómodos, tal vez incluso un poco seguros de nosotros mismos.

La generosidad es la virtud que nos conduce a dar y darnos a los demás de una manera habitual, firme y decidida, buscando su bien y poniendo a su servicio lo mejor de nosotros mismos, tanto bienes materiales como cualidades y talentos, las cuatro Ts: Tiempo, Talento, Tesoro y Testimonio.

Cuando llegue el momento adecuado, Dios nos presentará alguna situación o circunstancia que nos sacará de nuestra zona de confort, algo que requerirá más generosidad, más sacrificio, más entrega, más oblación.

Él hace esto porque nos ama. Él quiere lo mejor para nosotros, entonces él nos empuja. Él no quiere que nos conformemos por ser «buenos» cristianos o católicos practicantes; él quiere que seamos santos: santos reales, dinámicos, poderosos y renovadores del mundo.

Y como ser santo requiere más amor del que nuestro egoísmo natural le gusta dar, Dios nos pone en las circunstancias adecuadas en las que tenemos que estirarnos.

Por lo general duele; por lo general, es difícil para nosotros, y por eso la Iglesia nunca se cansa de señalar nuestra mirada hacia el crucifijo, lo que nos recuerda que la generosidad de Cristo fue total e incondicional. Él es nuestro modelo de amor generoso.

La llamada a la generosidad puede venir de muchas maneras diferentes.

Puede ser una invitación a seguir una vocación al sacerdocio o a la vida consagrada, lo que significa renunciar a nuestros propios planes y esperanzas al poner todos nuestros huevos en la canasta de Dios.

Puede ser una invitación a elegir una carrera profesional menos tradicional para dedicarse a tiempo completo al trabajo poco glamuroso de construir el Reino de Cristo.

Puede ser una enfermedad física como un ensayo o la muerte de un ser querido.

Pueden ser dificultades en el matrimonio o en la vida familiar (por ejemplo, cuando la pareja de recién casados se da cuenta de que no pueden tener hijos).

Debido a que no hay límite en cuánto podemos amar a Dios y a nuestro prójimo, normalmente seremos llamados a una mayor generosidad.

Una, dos o varias veces, la llamada a la generosidad será dramática, como cuando San Ignacio de Loyola abandonó los privilegios de la nobleza para seguir su vocación sacerdotal, o cuando la viuda Santa Isabel de Hungría rechazó la propuesta de matrimonio del emperador para poder dedicarse a la oración y obras de caridad cristiana.

Pero momentos dramáticos como esos no surgen de la nada. El Espíritu Santo trata de prepararnos para ellos con sesiones de práctica de generosidad, como sutiles invitaciones para pasar unos minutos extra ante el Sagrario, o hacer un esfuerzo adicional por otra persona incluso cuando no nos apetece, no tenemos ganas, o para hacer algunos ajustes en nuestras relaciones sociales.

La generosidad, como la acción de dar y compartir con los demás, es una cualidad que debemos fomentar. No solamente en momentos de desastres naturales, que es cuando más se necesita la ayuda humanitaria, sino como un hábito en nuestro vivir diario, los verdaderos cristianos no se quedan de brazos cruzados esperando que surjan tiempos de necesidad, sino que buscan oportunidades para actuar.

Vivir la generosidad significa

  • Dar con alegría.
  • Compartir de buen modo.
  • Dar algo que es valioso para mí.
  • Guardar parte de mi dinero o de mis cosas para ayudar a quien lo necesite.
  • Compartir con una sonrisa aunque me sienta mal.
  • Compartir mi tiempo escuchando con atención lo que otros tengan que decirme, aunque yo tenga otras cosas que hacer o realmente no me interese mucho lo que dicen.
  • Estar siempre pendiente de las necesidades de los demás, más que de las mías.
  • Estar siempre dispuesto a dar lo mejor de mí ante las necesidades de los demás.
  • Ayudar sin que nadie me lo pida.
  • Compartir mi tiempo ayudando aunque tenga que dejar de hacer otras cosas que me gustan.
  • Hacer algo cada día por el bien de los demás, buscando la manera mejor y más eficaz de hacerlo, dando siempre lo mejor de mí.

«El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho» [Lc 16,10]. Si respondemos fielmente a estas invitaciones sutiles y discretas a la generosidad oculta, estaremos bien preparados para responder fielmente a las más dramáticos, las que nos dan la oportunidad de crecer en santidad no a pasos sino a zancadas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *